Los pájaros silbaban una melodía extraña, casi irreconocible. El suelo ardía bajo mis pies, como si estuviera parado directamente sobre el sol. Mi piel sudaba, una sensación que no había experimentado en décadas, y se sentía pesada, ajena.
Mis ojos se abrieron lentamente, luchando por adaptarse a la luz intensa del entorno.
"¿Cuánto tiempo dormí?".
Mi pequeño cuerpo estaba adolorido y rígido. Mis piernas y manos estaban cubiertas de lodo seco, y mi cabello, ese color naranja brillante que siempre me había caracterizado, estaba opaco, cubierto por una fina capa de polvo que parecía haberse asentado allí por años.
Un sonido leve fuera de mi casita atrajo mi atención. Me levanté con dificultad y caminé despacio hacia la salida. Al poner un pie afuera, lo que vi me heló la sangre.
Aquel árbol de la Ceiba, mi compañero de siglos, estaba marchito. Su tronco, antes grueso y lleno de vida, estaba seco, agrietado y gris; de sus ramas no brotaba ni una sola hoja verde. El bosque que siempre había estado lleno de cantos y movimiento, ahora estaba aterradoramente vacío. Mi altar no estaba mejor: el círculo de piedras blancas que delimitaban mi hogar se había perdido entre hojas podridas y troncos caídos. El techo de huano se veía opaco, oscuro, como si el tiempo y el abandono lo hubieran quemado. El descuido era absoluto, como si nadie hubiera pisado este lugar desde hace una eternidad.
"Él no volvió", fue el primer pensamiento que cruzó mi mente.
Sabía que era verano de nuevo, lo sentía en el calor, pero... ¿cuántos veranos habían pasado sin mí? El tiempo no espera a nadie, y definitivamente no es amigo de quienes duermen profundamente. Ver este abandono significaba que nadie había venido, nadie había ofrendado, nadie había recordado.
Aun así, intenté hacer lo único que me quedaba: levanté mi mano, concentré lo poco que quedaba de mí y traté de materializar una flor blanca. El dolor fue inmediato y agudo, como si me arrancaran la piel de la palma.
"Estoy terriblemente débil".
Caminé hacia el fondo del bosque, mirando a mi alrededor con desesperación. Lo que antes era selva alta, llena de frutos y sombras frescas, se había convertido en un camino de árboles delgados, escasos, con más ramas secas que hojas. La hierba verde había desaparecido, sustituida por tierra dura y hojas muertas que se deshacían al pisarlas.
Al llegar al claro donde estaba su casa, esperaba verla igual de destrozada... pero no. La cabaña de madera rústica ya no existía. Ahora las paredes eran lisas, pintadas de un color naranja intenso, típico de las construcciones modernas de la zona. Las ventanas antiguas fueron cambiadas por grandes arcos de cristal que dejaban ver el interior iluminado. El techo tenía nuevas piezas rectangulares y blancas. Lo único que se mantenía igual, como un ancla al pasado, era el patio delantero; las mismas flores y el pequeño enrejado de madera negra seguían ahí, intactos.
Me acerqué con el corazón a mil, dejé la pequeña flor que había logrado crear sobre el umbral de la puerta, tal como hacía cada año. Toqué la madera y corrí rápido a esconderme detrás de un árbol grande, con la esperanza de que, por primera vez en mucho tiempo, alguien abriera.
Y como si el cielo me hubiera escuchado, sucedió.
La puerta se abrió de golpe. En medio del marco, parado bajo la luz del sol, estaba él. O al menos... tenía todo su ser. El mismo cabello oscuro, los mismos ojos grandes, la misma piel clara.
"Es él", pensé con un salto de alegría que se rompió al instante.
—No estoy para bromas —gritó al aire, molesto por la flor que encontró en el suelo.
Su voz no era la que yo recordaba. Ya no era esa voz joven, gruesa y gélida de cuando era niño. Esta voz era más suave, más cálida, con un atisbo de burla que antes no tenía. Fue entonces cuando noté las diferencias sutiles pero innegables: su cabello tenía las puntas de un color amarillo quemado por el sol, sus ojos brillaban con una curiosidad que Nixte no tenía, y era mucho más alto, de cuerpo fuerte y ágil.
No era Nixte.Era su rostro, su sangre, su familia... pero no era él. Algo dentro de mí se desmoronó al comprender la gravedad del tiempo y lo que eso significaba para nosotros.
"El Cenote... tengo que ir al Cenote".
Corrí a la máxima velocidad que mis cortas piernas me permitieron, con el miedo de que también hubiera desaparecido. Al llegar, solté el aire retenido. El lugar había cambiado, se veía distinto, pero seguía ahí, profundo y sagrado.
Me senté en el borde de piedra. Los espíritus del agua, esas luces que siempre jugaban, detuvieron sus murmullos y se quedaron quietos, como si verme allí fuera una anomalía, algo que no debía existir.
—¿Chaak? ¿Estás aquí? —susurré, esperando encontrar al único ser antiguo que siempre me aconsejaba.
—Es bueno verte de nuevo, pequeño —su voz resonó en el aire, sobresaltándome.
Sin darme cuenta, ya estaba ahí. Había pasado de ser luz a su forma humana, sentado a mi lado, mirando el agua con una melancolía que le quedaba grande.
—¿Qué sucedió? —pregunté, necesitando entenderlo todo—. ¿Por qué todo está así?
—Te pasó a ti —respondió con calma—. Entraste en hibernación. Cuando dejaron de venir las ofrendas, cuando la fe se apagó y nadie más necesitó de este lugar, tu energía se fue consumiendo. Tu cuerpo de alux entró en descanso para sobrevivir.
—¿Y el bosque? ¿Y todo lo demás?
—Humanos —dijo, y una rabia fría tiñó sus palabras—. Ya sabes cómo es esto. Les gusta tomar la tierra, cambiarla, convertirla en concreto gris y muerto. Olvidan que antes de ellos, éramos nosotros los que sosteníamos todo.
—¿Cuánto tiempo... cuánto tiempo estuve dormido? —pregunté, más como una súplica que como una pregunta.
Chaak desvió la mirada, mirando las nubes que corrían veloces.
—Primero necesitas reponer fuerzas, estás muy débil...
—¡¿Cuánto?! —lo interrumpí, ya no tenía paciencia.