La transformación fue un torbellino de sensaciones contradictorias. Donde antes había levedad, la capacidad de ser viento o niebla, ahora había un peso denso y tangible, como si llevara puesta una armadura de piedra. Mis huesos, una estructura nueva y quejumbrosa, protestaban con cada movimiento, crujiendo con un sonido extraño que solo yo parecía oír. La piel, antes una barrera etérea que nada tocaba ni dañaba, ahora registraba cada roce: el viento como una caricia áspera y fría, el sol como una daga de fuego que quemaba. Respirar dejó de ser automático y se convirtió en un acto consciente y pesado; el aire llenaba unos pulmones que parecían demasiado pequeños para la inmensidad del mundo.
Me acerqué a la superficie quieta del cenote y me miré reflejado, temblando. Ya no estaba el pequeño ser de orejas puntiagudas y estatura diminuta que había sido por siglos. Devolvió mi mirada un joven de cabello anaranjado salvaje, brillante como una llamarada viva que ardía sobre su cabeza, piel bronceada por un sol que ahora sentía con intensidad dolorosa, y ojos verdes, del color profundo de la selva en la temporada de lluvias. Era alto, para mi sorpresa, aunque una voz interna, el eco débil de mi antigua naturaleza, me susurraba que aun así seguiría siendo más bajo que Nixte. Que él siempre sería la medida de todo. Y este... este era su mundo, y ahora yo estaba en él.
Yum Kaax había desaparecido, dejando solo el aroma dulce a tierra mojada y la promesa —o quizás era una amenaza— de que al final de este camino habría un precio ineludible por pagar. Treinta días. Un mes para encontrar respuestas, para saciar un hambre que llevaba siglos creciendo dentro de mí.
El primer desafío, y el más grande, fue aprender a habitar este nuevo cuerpo. Caminar era una batalla constante contra la gravedad, contra la masa de carne y hueso que ahora debía cargar y coordinar. Tropiecé con una raíz semienterrada y caí de bruces contra el suelo, sintiendo el golpe vibrar y doler en cada hueso. Un sonido extraño, una palabra humana áspera y gutural, surgió de mis labios sin que yo lo pensara. Era instintivo. Era... extrañamente liberador.
Me incorporé con dificultad, frotándome la rodilla dolorida. Lo busqué con la mirada, esperando ver los destellos azules danzantes o su forma transparente y ligera. No había nada. Solo el agua quieta y los sonidos cotidianos del bosque mustio, que ahora me parecían más lejanos.
—¿Chaak? —llamé, confundido y de pronto aterrado por la soledad.
—Aquí —su voz resonó justo frente a mí, y entonces lo vi. O más bien, lo percibí. Una silueta sutil, como un espejismo de calor sobre la tierra seca, tomando la forma del joven sereno que conocía. Pero era tenue, casi translúcido, como si luchara con fuerza por mantenerse en mi percepción.
Entendí algo que me heló la sangre, más que cualquier viento frío: los otros destellos, las risas susurrantes, las conversaciones de los demás espíritus que siempre llenaban el aire... se habían esfumado por completo. El mundo espiritual, mi hogar, se había cerrado para mí. Solo podía ver a Chaak, y apenas.
—Es más complejo de lo que parece —refunfuñé, señalando mis propias manos con desconfianza y asombro—. Todo es... mucho más pesado. Más lento.
—Como todo lo humano —espetó, y su voz, aunque clara, sonaba distante, como llegando a través de un muro de agua—. La debilidad, los deseos viscerales, la ceguera espiritual... es un estado lamentable, Akbal. Mira a tu alrededor. ¿Qué ves?
Miré fijamente. Vi el agua cristalina. Las piedras cubiertas de musgo. Los árboles marchitos y silenciosos.
—Veo el cenote —dije, seguro de mí mismo.
—Superficial —su voz cortó el aire con desdén—. Antes veías la vida que palpita debajo de la corteza. Veías las corrientes de energía, los ecos de la memoria guardada en el agua, a mis hermanos jugando en las profundidades. Ahora solo ves agua. Eso eres ahora: un ser de superficie. ¿Estás seguro de que este intercambio vale la pena?
—No fue un intercambio, fue una concesión —repliqué, defendiéndome de su juicio, aunque mis piernas temblaban—. Y no es cuestión de "valer la pena". Es lo que necesito.
—¿Necesitas? —Chaak rió, un sonido amargo que no concordaba con su forma juvenil y tranquila—. Lo que necesitas es recordar quién eres. Un Alux no se ata a un solo corazón humano. Un Alux es el latido del bosque mismo. Al aceptar esta forma, no solo te has quedado ciego y sordo a tu mundo... te estás muriendo para él. Cada respiro que das en ese cuerpo es un adiós al nuestro.
Sus palabras pesaban más que el cuerpo que ahora cargaba.
—No he olvidado quién soy —mentí, con menos convicción de la que hubiera querido.
—¿No? —Se acercó, o al menos, la impresión de su presencia se hizo más fuerte—. Entonces dime, guardián, ¿cuándo fue la última vez que sentiste la canción de la tierra bajo tus pies? ¿Cuándo fue la última vez que una semilla te susurró que estaba lista para brotar? Esas sensaciones se están apagando en ti, poco a poco, como una lenta intoxicación. Yum Kaax no te dio solo un cuerpo, Akbal. Te puso un reloj de arena dentro del pecho. Y cada grano que cae es un lazo que se rompe con tu verdadera esencia.
Miré mis manos humanas. Eran grandes, fuertes, capaces. Pero ya no sentía el hormigueo de la energía vital fluyendo a través de ellas. Chaak tenía razón. Me estaba muriendo para mi mundo, minuto a minuto.
—Lo sé —susurré, y esta vez no hubo mentira—. Lo siento en cada paso. Es como... como llevar una armadura de plomo. Pero dentro de esta armadura, Chaak, por primera vez... el silencio es diferente. Ya no es la quietud de la ausencia. Es el silencio antes de un grito. Y necesito gritar. Necesito encontrar ese grito, aunque sea la última cosa que haga.
Chaak guardó silencio por un largo momento. Su forma fluctuó, haciéndose aún más tenue, casi transparente hasta desaparecer un instante.
—Entonces ve —dijo al fin, y su voz sonó resignada, casi triste—. Ve a buscar tu grito humano. Pero recuerda esto: cuando ese mes termine, y te ofrezcan la elección final, no mires solo el fuego de ese cabello naranja o el calor de esa piel. Mira también el precio. Y recuerda el canto de la tierra que ya no puedes oír. Ahora, vete. Tu tiempo... humano... corre.