Sak nikté

Tres

El amanecer me encontró acurrucado en el suelo de mi propia casita en ruinas, temblando. No de frío, sino de la ausencia. La noche había sido un silencio atronador. Donde antes el mundo susurraba, cantaba y respiraba a mi alrededor, ahora solo había un vacío mudo. Chaak tenía razón. Estaba encadenado a una existencia plana, sorda y ciega. Cada latido de este corazón humano era un martillazo que alejaba mi esencia.

Pero con la luz del día, otra sensación, terrenal y urgente, se impuso: el hambre. Un retorcimiento agudo y vulgar en el estómago que no conocía. Y, más fuerte aún, la memoria del calor de la mano de K'ak' en mi nuca, la promesa en sus ojos. Era un anzuelo envenenado, pero era lo único tangible en este nuevo y desolado paisaje.

Decidido, me levanté. Mi cuerpo protestó, recordándome su novedad. Caminé hacia la casa naranja, sintiéndome como un fantasma que intenta parecer sólido.

Toqué la puerta, esta vez sin esconderme. Los pasos fueron rápidos, y la puerta se abrió de par en par. K'ak' estaba allí, con el cabello revuelto y una sonrisa que parecía haber estado esperando para estallar.

—Buenos días, fantasma —dijo, su voz aún ronca por el sueño. Llevaba solo unos pantalones holgados y su torso desnudo mostraba una delgadez atlética que mi mirada no pudo evitar recorrer—. Pensé que te habías asustado y no volverías.

—Prometí otro día —respondí, forzando mi voz a mantenerse estable. El simple hecho de verlo, de estar cerca, hacía que el silencio espiritual fuera un poco más soportable.

—Y yo prometí que se pondría interesante —replicó, abriendo la puerta de par en par en una invitación clara—. Pasa. El café está listo.

El interior de la casa olía a café tostado y a limón. Era un caos organizado: libros apilados en el suelo, una guitarra en un rincón, ropa sobre los muebles. La vida de K'ak' estaba esparcida por todas partes, desordenada y vibrante.

—¿Café? —pregunté, recordando la ofrenda amarga que la anciana a veces dejaba en los altares antiguos.

—El elixir de los dioses modernos —bromeó, sirviendo un líquido negro y aromático en una taza de barro—. Te hará bien. Pareces... pálido. Como si no hubieras descansado en siglos.

—No estoy acostumbrado a... despertar así —dije, aceptando la taza. Nuestros dedos se rozaron un instante. Un nuevo escalofrío, diferente al del vacío espiritual, me recorrió de pies a cabeza.

Nos sentamos en los cojines del suelo. La luz de la mañana se colaba por los arcos de cristal, iluminando el polvo que danzaba en el aire como pequeñas partículas de estrella. K'ak' me observaba por encima del borde de su taza, con esa intensidad que ya empezaba a reconocer.

—Entonces, Akbal —comenzó, jugueteando con el asa de su taza—. Ayer fuiste evasivo. Hoy quiero respuestas. ¿Quién eres? De verdad. No la versión de cuento de hadas que me contaste.

Tomé un sorbo; el líquido quemó mi garganta, despertando mis sentidos bruscamente. Evité su mirada, fijándome en el vapor que se elevaba.

—Mis padres... eran gente de costumbres antiguas. Me criaron lejos de todo esto —dije, haciendo un gesto vago hacia la ventana, hacia el bosque—. Me enseñaron oficios que el mundo ya olvidó. Saber leer la tierra, escuchar a las plantas, entender los ciclos que gobiernan todo lo que vive.

Sus ojos se iluminaron, genuinamente sorprendidos.
—¿Como agricultura? ¿Jardinería? Eso es genial. Es... real.

—¿Real?

—Sí. Algo que puedes tocar, que crece, que tiene sentido —hizo un gesto de desprecio hacia una laptop abierta en una mesa cercana—. Yo estudio Marketing Digital. Es básicamente inventar formas de hacer que la gente quiera cosas que no necesita, todo a través de pantallas y luces brillantes. A veces siento que estoy vendiendo humo.

Fruncí el ceño, tratando de entender ese concepto extraño.
—¿Vender humo? ¿Por qué alguien querría comprar humo? No alimenta, ni cobija, ni da sombra.

K'ak' se rió, una risa genuina que le arrugó los ojos y que hizo que mi corazón diera un salto torpe.
—¡Exacto! Es una mierda, ¿verdad? Pero paga bien. O eso dicen. Mi madre quiere que sea "alguien en la vida", con un título y un sueldo seguro. —Encogió los hombros, y por primera vez vi un destello de algo que no era confianza o burla en su rostro: era resignación, una sombra parecida a la que yo conocía bien—. Por eso estoy aquí. Para "desconectarme" antes de vender mi alma a una corporación.

No entendía la mitad de las palabras que usaba, pero entendía perfectamente el sentimiento que subyacía en ellas. Una prisión. Una obligación que iba contra la propia naturaleza.

—Tu abuelo... Nixte. ¿Él hizo lo que quería? ¿Vivió como quería?

—Creo que sí. Al final. Fue carpintero. Hacía muebles con sus propias manos, con madera de aquí, de la selva —Señaló una mesa de madera maciza junto al sofá, de líneas sencillas y perfectas—. Esa es de él. Mi madre la trajo cuando remodeló la casa. Dice que es lo único que quiso salvar de la cabaña vieja. Lo demás se cayó a pedazos, pero la mesa... ahí sigue.

Miré la mesa. Era robusta, simple, hermosa en su funcionalidad. Podía casi sentir las horas de trabajo, la paciencia, la dedicación puesta en cada junta, en cada lijada. Era un pedazo de Nixte, tangible y quieto en medio del caos moderno de la vida de K'ak'. Un dolor agudo y nostálgico me atravesó el pecho. Allí había comido, allí había pensado, allí había dejado sus huellas.

—Se ve... sólida —murmuré, con la voz atascada.

—Como él, según dicen —asintió K'ak'. Su mirada se posó en mí, intensificándose, buscando mis ojos—. Oye, ¿y si me muestras eso? Lo de los oficios antiguos, lo que sabes. Este patio es un desastre, lleno de maleza y olvido. Podrías... no sé, enseñarme algo. Demostrarme que lo que sabes sirve de algo.

La propuesta me tomó por sorpresa, pero al instante comprendí que era una oportunidad. Un puente. Una forma de acercarlo a mi mundo, a nuestro mundo.



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En el texto hay: mayas, bl juvenil, yucatán

Editado: 18.06.2026

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