Sak nikté

Cuatro

Una semana. Siete días habitando esta piel prestada, siete amaneceres sintiendo el peso de la gravedad en los huesos, siete ciclos de hambre y sueño que me recordaban lo lejos que estaba de mi verdadera naturaleza. Y siete días compartiendo el espacio con K'ak'.

Después de aquella tarde en el cenote, algo había cambiado entre nosotros. La tensión juguetona se había transformado en una corriente subterránea, más densa, más cargada. Yo había mentido, diciendo que vivía «un poco más adentro del bosque», en un lugar que, por supuesto, no existía. Fue entonces cuando K'ak', con esa mezcla de descaro y vulnerabilidad que lo caracterizaba, me había ofrecido quedarme.

—Si no te molesta compartir con un fantasma moderno —dijo, encogiéndose de hombros, pero sus ojos evitando los míos—. Este lugar es demasiado grande para una sola persona. Y la verdad... a veces los silencios pesan más de lo que deberían.

No pude negarme. La alternativa era dormir en mi casita en ruinas, sintiéndome más muerto que vivo. Así que acepté. Y durante una semana, compartimos el espacio de la casa naranja en una danza de miradas sostenidas y conversaciones que terminaban justo antes de cruzar una línea invisible. Dormía en el sofá, y cada mañana despertaba con el aroma del café que él preparaba, un ritual doméstico que se volvía extrañamente íntimo.

Esta mañana fue diferente. El aroma del café me despertó, como siempre, pero la casa estaba inusualmente silenciosa. No había música, ni el sonido de sus pasos rápidos, ni su voz canturreando. Un vacío extraño se instaló en mi pecho. Me vestí y bajé, encontrando la taza llena y humeante sobre la mesa, pero a K'ak' en ningún lado.

Una punzada de preocupación, un sentimiento nuevo y desagradable, me atravesó. Salí al patio trasero. Vacío. Recorrí el sendero hacia el bosque, y fue entonces cuando un sonido inesperado llegó a mis oídos: el golpeteo rítmico y decidido de un martillo.

Aceleré el paso, confundido. El sonido provenía del claro del antiguo altar. Y lo que vi allí me dejó sin aliento.

K'ak' estaba allí, de espaldas a mí, con unos jeans llenos de polvo y una camiseta sudada pegada a su espalda. Sobre un tronco caído, había colocado varias tablas nuevas de madera y haces de huano fresco. Con una concentración que le fruncía el ceño, medía, serraba y clavaba, reparando con manos decididas el tejado derrumbado de mi pequeña casita de piedra. El sudor le brillaba en la nuca, pegando los mechones oscuros de su cabello a la piel. A sus pies, reposaban una cantimplora y un libro abierto cuyas páginas, manchadas de tierra, mostraban diagramas de construcciones tradicionales con tejados de palma.

Me quedé paralizado en el borde del claro, observando. Cada golpe de martillo resonaba como un latido nuevo en el silencio del lugar, un sonido de vida donde solo había habido muerte. Él no me había visto. Estaba completamente absorto en su tarea; su lenguaje corporal denotaba un esfuerzo físico genuino, una determinación obstinada que no le conocía. No era el chico coqueto y despreocupado; era un hombre concentrado en un trabajo que importaba.

—K'ak'... —logré decir, mi voz un susurro ronco que apenas logró sobreponerse al ruido.

Se giró de golpe, sorprendido. Una sonrisa amplia, un poco avergonzada pero llena de orgullo, se dibujó en su rostro al verme.

—¡Ah! Buenos días, dormilón. Pensé que el café te levantaría antes. ¿Qué tal? ¿Duermes bien en el sofá? Siempre pensé que era incómodo.

—¿Qué... qué estás haciendo? —pregunté, acercándome lentamente, como si me acercara a una visión frágil.

Él se encogió de hombros, un gesto que intentaba parecer casual, pero fallaba miserablemente ante la evidencia de su sudor y su esfuerzo.

—Bueno, después del otro día... —hizo una pausa, buscando las palabras, su sonrisa se suavizó hacia algo más serio—, después de verte así, tan... destrozado, entendí que esto no era solo un montón de piedras para ti. Es algo más. Algo importante. Así que pensé... si vas a compartir tus historias conmigo, lo menos que puedo hacer es ayudar a mantener el escenario en pie. Estuve investigando un poco en internet. —Señaló el libro—. Es más complicado de lo que parece, la verdad. Este maldito huano no se deja amansar fácilmente.

Miré las tablas, los clavos, sus manos ya marcadas con un par de rasguños frescos. Lo miré a él, con su cabello despeinado por el esfuerzo, sus ojos brillando con un candor que desarmaba todas mis defensas. Y entonces, algo extraordinario, algo que creía imposible, ocurrió.

Por primera vez desde que mis ojos se posaron en él, el recuerdo de Nixte no se superpuso a su imagen. No vi al abuelo en la curva de su sonrisa, ni en el color de sus ojos. Solo vi a K'ak'. A K'ak', sudando, esforzándose, invirtiendo su tiempo y su energía en reparar algo que, por asociación, era una parte fundamental de mi mundo, de mi historia. No por el legado de Nixte. No por obligación. Lo hacía, aparentemente, por mí.

La emoción que me inundó fue tan violenta, tan abrumadora, que no pude contenerla. Un temblor me recorrió y, antes de que pudiera detenerlas, dos lágrimas calientes y silenciosas escaparon de mis ojos y rodaron por mis mejillas, limpiando pequeños caminos en el polvo del aire.

K'ak' vio mis lágrimas y su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una preocupación genuina y inmediata.

—Oye, ¿estás bien? —dijo, su voz perdiendo toda su ligereza—. ¿Hice algo mal? Lo siento, si no te gusta, si sientes que es una invasión, lo quito todo ahora mismo, lo juro, solo...

—No —interrumpí, sacudiendo la cabeza con vehemencia, una risa entrecortada y húmeda mezclándose con el llanto—. No. Está... perfecto. Es... la cosa más... —No había palabras. Ninguna palabra humana podía contener la magnitud de lo que sentía.

Cerró la distancia entre nosotros en dos pasos largos. Su mirada, intensa y escrutadora, recorría mi rostro, buscando una explicación en mis ojos nadando en lágrimas.



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En el texto hay: mayas, bl juvenil, yucatán

Editado: 18.06.2026

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