El tiempo, que antes fluía con la lentitud de la savia en los árboles, ahora corría como un río desbocado. Había creído que un mes sería una eternidad, un suplicio de días contados. Pero no. Casi dos semanas habían pasado en un suspiro, dejándome a mitad del camino, atrapado en una agonía que yo mismo me había creado.
K'ak' había mantenido su palabra. La distancia que puse entre nosotros la respetó, pero no con un silencio hostil, sino con una cortesía que era casi peor. En tres días, su forma de ser había vuelto a ser la misma de cuando llegué: despreocupada, charlatana, llena de una energía ligera que ahora sentía falsa. Era una actuación magistral. Me hablaba de sus series, de música, de cualquier trivialidad, pero sus ojos ya no buscaban los míos con esa intensidad hambrienta. Sus manos ya no encontraban excusas para rozarme al pasar.
Y había terminado el altar.
Lo había hecho en silencio, mientras yo me refugiaba en la casa o deambulaba por el bosque. Un día, simplemente, estaba terminado. El techo de huano nuevo se alzaba, limpio y ordenado, sobre las paredes de piedra que él había barrido y limpiado de maleza. El círculo de piedras estaba reconstruido, cada una en su lugar ancestral, como si el tiempo no hubiera pasado. Era un acto de pura bondad, una culminación del gesto que había iniciado, y cada vez que lo miraba, sentía que una de esas piedras me pesaba en el corazón.
No podía soportarlo más. Necesitaba una voz que no fuera la de mi propia confusión. Necesitaba un reproche, una condena, algo que me confirmara que estaba haciendo lo correcto al aferrarme al dolor en lugar de arriesgarme al placer.
Fui al cenote.
El aire estaba quieto, pesado. El agua, oscura y silenciosa. Me senté en la piedra habitual, sintiendo la ausencia como una presencia física.
—Chaak —llamé; mi voz sonó hueca en la quietud—. Sé que estás ahí. Sé que me desprecias por esto. Por sentir... esto.
No hubo respuesta. No hubo aparición furiosa. Solo el silencio, que era el peor castigo posible. Pero en el fondo de mi ser, en el lugar donde alguna vez residió mi conexión con lo divino, pude sentir su desaprobación. No como un sonido, sino como un frío que se extendía desde mis huesos. Era como si el propio cenote me negara su consuelo.
—¿Qué hago? —susurré, desesperado, hablando más conmigo mismo que con él—. Cada vez que lo miro, es como si Nixte y K'ak' se pelearan dentro de mí. Uno es un recuerdo, un amor seguro en su dolor. El otro es... es un huracán. Un huracán que me asusta porque no sé hacia dónde me arrastrará. ¿Cómo puedo saber lo que es real? ¿El amor por un fantasma o el deseo por un hombre que se desvanecerá en un suspiro?
Estaba tan perdido en mi miseria que no noté el cambio en el agua al principio.
Un suspiro, profundo y resonante, como si saliera de las propias profundidades del cenote, hizo que levantara la cabeza. La superficie del agua, antes inmóvil, comenzó a rizarse suavemente. Y entonces, de entre las sombras líquidas, la figura de Chaak comenzó a materializarse. No con la furia de la vez anterior, sino con una lentitud pesada, casi cansada. Su forma era más tenue que nunca, como un espejismo acuoso, pero estaba ahí. Sus ojos, antiguos como la lluvia, me observaban sin ira, con algo que se parecía mucho a una lástima profunda.
—Pequeño Alux —su voz no era un trueno, sino el rumor de un río subterráneo—. Siempre tan dramático.
—Chaak —susurré, aliviado y avergonzado a la vez de que me hubiera visto en tal estado.
—Te escuché lamentarte —dijo, y su forma fluctuó ligeramente—. Gritando al vacío como si tuviera todas las respuestas.
—¿No las tienes? —pregunté, con un atisbo de esperanza.
—Tengo más años que los que tu frágil mente humana puede contar, y aún no comprendo del todo el corazón de los mortales —respondió—. Y mucho menos el de un Alux que juega a serlo.
Sus palabras no eran un reproche, sino una constatación.
—¿Y entonces? ¿Qué hago?
Chaak guardó silencio un momento, como si escogiera sus palabras con cuidado.
—Me preguntas cómo saber qué es real. El amor por el humano que se fue, o el deseo por el humano que está aquí. —Su mirada pareció perforarme—. Es la pregunta equivocada, Akbal.
—¿Equivocada?
—Sí. Porque ambos son reales. El dolor por Nixte es real. Lo que sientes por el nieto... también lo es. El problema no es cuál elegir. El problema es que crees que al aferrarte al primero, honras su memoria. Y al rechazar al segundo, te proteges a ti mismo.
Sus palabras me golpearon con la fuerza de una ola. Era verdad. Había convertido mi amor por Nixte en una losa, en una excusa.
—Pero... —tragué saliva—. ¿No es una traición? ¿Amar al nieto, cuando fue el abuelo quien...
—¿Quién? —interrumpió Chaak, y por primera vez, un destello de su antigua impaciencia brilló en sus ojos—. ¿Quién hizo las reglas de esta traición imaginaria? ¿Acaso el humano que se fue te pidió que guardaras luto eterno? ¿O es tu propio miedo el que ha construido este altar al dolor?
Me quedé sin palabras. Nixte nunca me pidió nada. Él siguió su vida. Yo era el que me había quedado congelado en el tiempo.
—El miedo... —murmuré.
—Sí, el miedo —asintió Chaak, su voz volviéndose más suave—. Miedo a que este sentimiento nuevo sea tan fugaz como tu forma humana. Miedo a sufrir otra pérdida. Miedo, sobre todo, a que esta vez el dolor sea diferente. Más profundo. Porque con el primero eras un espíritu que amaba a un humano. Con este... —hizo una pausa significativa—, eres casi un humano amando a otro humano. Y eso duele de otra manera.
Era como si me hubiera leído el alma. Había puesto en palabras la terrorífica verdad que me negaba a admitir.
—Entonces... ¿qué hago? —repetí, pero esta vez mi pregunta era un genuino grito de auxilio.
Chaak suspiró, y su forma comenzó a desvanecerse lentamente.
—No puedo decirte qué hacer, guardián. Solo te recuerdo una cosa: Yum Kaax no te dio un mes para que torturaras tu espíritu con preguntas sin respuesta. Te lo dio para que vivieras. Para bien o para mal. El precio... el precio se revelará. Pero no dejará de ser menos caro por haber vivido estos días con el corazón cerrado. Al contrario.