Sak nikté

Seis

Dos semanas. Catorce días desde que el hechizo de Yum Kaax tejió esta piel humana alrededor de mi esencia. La cuenta regresiva era un latido sordo en mi conciencia, un recordatorio constante de que cada risa, cada mirada, cada aliento compartido con K'ak' tenía los días contados. La angustia paralizante que me consumió después del beso había dado paso, no a la paz, sino a una determinación febril. Chaak tenía razón. ¿De qué servía este mes si lo pasaba atormentado por un fantasma y aterrorizado por un futuro incierto? Decidí saborear cada sensación, por mundana que fuera, como si fuera la primera y la última vez.

Y eso me llevó a la cocina, un lugar que hasta entonces había evitado como si fuera un pantano de confusión moderna. Hoy, sin embargo, era el escenario de mi capitulación.

—No, no, así no —la voz de K'ak', cargada de una mezcla de exasperación y diversión, cortó el aire—. Es batir, Akbal, no como si estuvieras intentando matar a la masa.

Mis brazos, mucho más fuertes que los de mi forma de Alux pero terriblemente torpes en esta tarea, se movían de forma errática dentro del tazón. La masa para lo que supuestamente serían hotcakes salpicaba por todos lados, manchando mi camisa y el mesón.

—Pensé que era cuestión de... vigor —dije, deteniéndome, jadeando un poco.

K'ak' se rió, un sonido claro que llenaba la cocina soleada. Se acercó por detrás de mí, y de repente su cuerpo estaba pegado a mi espalda, su calor una línea firme a lo largo de mi columna. Mi respiración se cortó.

—Vigor controlado —murmuró cerca de mi oído, su aliento caliente en mi piel. Sus manos, largas y seguras, cubrieron las mías en el tazón—. Déjame guiarte.

Y lo hizo. Sus manos movieron las mías con una firmeza experta, creando un ritmo suave y circular. El contacto era electrizante. Podía sentir cada callo en sus palmas, la presión de sus dedos entrelazados con los míos. El olor de su champú, una fragancia limpia a manzana verde, se mezclaba con el aroma dulzón de la vainilla. Era una tormenta de sentidos, y yo, voluntariamente, me había puesto en su ojo.

—Así —susurró, su barbilla rozando mi hombro—. Suave, pero constante.

El símil me hizo estremecer. Mi propio corazón parecía estar batiendo la masa a un ritmo frenético. Él debió sentirlo, porque una sonrisa, lenta y satisfecha, se formó contra mi cuello.

—Estás tenso —observó; sus manos no se separaban de las mías, pero sus pulgares comenzaron a trazar pequeños círculos en el dorso de mis manos. Un gesto casual, íntimo, que me desarmó por completo.

—No estoy acostumbrado a... esto —confesé, mi voz un poco ronca.

—¿A cocinar? —preguntó, inocente como un zorro.

—A que me ayuden —rectifiqué, evitando la verdadera respuesta: a tu cercanía, a tu calor, a este deseo que crece cada vez que me tocas.

—Bueno, acostúmbrate —dijo, y finalmente, con un último apretón, soltó mis manos—. Ahora sí. A ver, vierte un poco en el sartén.

Lo hice, torpemente. La masa cayó en un montón informe. K'ak' observó, con los brazos cruzados y una sonrisa juguetona.

—Un desastre —declaré, mirando la cosa pálida y burbujeante.

—Es perfecto —él se inclinó sobre mi hombro para ver mejor, su mejilla rozando la mía—. Tiene carácter. Como tú.

Volteé el hotcake. Por un lado estaba quemado; por el otro, crudo. Fue un fracaso absoluto. Pero cuando lo probamos, sentados hombro con hombro en el piso de la cocina, con los rayos del sol de la mañana calentándonos las piernas, K'ak' cerró los ojos y exhaló con éxtasis.

—Increíble —mintió descaradamente—. El mejor hotcake que he probado en mi vida.

—Eres un mentiroso terrible —dije, pero una sonrisa escapó de mis labios. La alegría que sentí en ese momento fue simple, pura, y completamente humana.

—Sí, pero soy tu mentiroso terrible —respondió, y su tono, aunque ligero, tenía un deje de verdad que hizo que mi sonrisa se congelara.

La tarde la pasé devolviendo el favor. Lo llevé al claro donde crecían unas plantas de huano jóvenes y resistentes.

—Tu turno —dije, arrancando una hoja larga y flexible—. La cocina es tu dominio. Esto es el mío.

K'ak' me miró con escepticismo, pero con una curiosidad genuina. Le mostré cómo limpiar la hoja, cómo ablandarla con un movimiento específico de las manos, y luego, con una serie de pliegues y giros que parecían magia para sus ojos, comencé a tejer una flor sencilla pero hermosa.

—¿Cómo sabes hacer esto? —preguntó, observando mis dedos con fascinación.

—Mis... padres —dije, usando la mentira habitual—. Me enseñaron que todo en la naturaleza tiene un uso, una belleza oculta. Incluso una hoja seca puede convertirse en algo que alegre el corazón.

Sus dedos, tan diestros con los utensilios de cocina, eran torpes con el huano. Se le escapaba, se le rompía. Me reí, un sonido libre que me sorprendió a mí mismo.

—Vigor controlado —repetí sus palabras de la mañana, acercándome para guiar sus manos como él había guiado las mías.

Fue mi turno de envolverlo por detrás, de colocar mis manos sobre las suyas, de sentir el calor de su cuerpo contra el mío bajo el sol de la tarde. La lección fue lenta, llena de risas y de mis correcciones suaves en su oído. Cuando finalmente logró formar una flor reconocible, aunque torcida, la sostuvo en su palma como si fuera un tesoro.

—Es horrible —declaró, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Es perfecta —dije yo, y esta vez no mentía—. Tiene carácter. Como tú.

La tensión entre nosotros, que nunca se había ido, se espesó con el intercambio. Cada lección era una excusa para tocarnos, para estar cerca. Sus miradas se hicieron más largas, más intensas. Mis respuestas, antes tímidas, se volvieron más atrevidas. Le enredé una de las flores de huano en el pelo, y él me dejó, con una sonrisa que prometía una venganza dulce.

Al anochecer, estábamos de nuevo en el sofá, la luz de la luna reemplazando a la del sol. La casa olía a la cena que habíamos cocinado juntos (o que él había cocinado y yo había intentado no arruinar) y a huano fresco. La flor torcida de K'ak' descansaba sobre la mesa de centro, un testigo silencioso de nuestro día.



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En el texto hay: mayas, bl juvenil, yucatán

Editado: 18.06.2026

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