Sak nikté

Siete

Veinte días. La cuenta regresiva ya no era un susurro en mi mente, sino un tambor constante que resonaba en mis huesos, un recordatorio feroz de que cada respiro compartido, cada risa robada al tiempo, era un tesoro con las horas contadas. Esta mañana, una necesidad desesperada de normalidad, de fingir que esta frágil realidad podía volverse permanente, me impulsó a enfrentar la cocina en solitario. El proceso fue un caos de olores discordantes: el café tostándose de más, desprendiendo un aroma amargo y ahumado que se adhería al paladar; el pan quemándose en los bordes, llenando el aire de un olor a ceniza. Mis manos, tan diestras para tejer flores de huano o sentir el pulso de la tierra, eran torpes herramientas de destrucción ante los sencillos instrumentos humanos. El resultado fue un café turbio que parecía lodo líquido y unos sándwiches cuyos bordes parecían haber sido mordisqueados por una criatura del bosque.

Pero cuando K'ak' probó, tomó un sorbo largo del café oscuro y mordió el sándwich con decisión. Cerró los ojos, no por placer, sino por concentración, como si estuviera saboreando algo mucho más complejo que la comida.

—Perfecto —mintió, y al abrir los ojos, la luz que había en ellos no era de burla, sino de una ternura profunda que me desarmó—. Cada vez mejor. Pronto serás un chef.

Sabía que mentía. Cada palabra suya era un regalo deliberado, un intento consciente de construir un mundo donde mis torpezas fueran encantadoras y mis fracasos, triunfos menores. Y yo, un ser que había percibido la verdad en el susurro de las hojas, me dejaba engañar voluntariamente, bebiendo su mentira como si fuera el néctar más dulce.

Luego, mientras recogía las migas con sus dedos ágiles, su expresión se nubló. El gesto era casual, pero el cambio en la energía de la habitación fue palpable.

—Oye, Akbal... —comenzó, su voz perdiendo su tono ligero—. Tengo que ir a la ciudad hoy. Una reunión de la universidad, no puedo evitarlo. Una entrevista para una pasantía.

La palabra «ciudad» cayó entre nosotros como una losa de granito. Para mí, no era un lugar en un mapa; era la antítesis de todo lo que yo era. Una jungla de concreto donde el aire olía a escape y ansiedad, donde el sonido constante era un martilleo en los sentidos, un lugar donde mi esencia, ya de por sí diluida en esta forma humana, se sentiría completamente aniquilada, perdida en un mar de individualidades desconectadas de la tierra.

—¿Ciudad? —logré preguntar, y mi voz sonó ronca, como si el polvo del camino ya me estuviera cubriendo la garganta.

—Sí —confirmó, y noté un brillo en sus ojos, un destello de ambición y propósito que rara vez veía en su habitual despreocupación—. Es solo por unas horas. ¿Quieres... venir conmigo?

El miedo, frío y familiar, me agarró de la garganta con garras de hielo. Salir del bosque. Cruzar el umbral que durante siglos había sido mi deber proteger, la línea que separaba lo sagrado de lo profano. Pero un terror mayor, más visceral y enraizado en la memoria de otra despedida, se apoderó de mí: la imagen de Nixte alejándose por el sendero, su espalda cada vez más pequeña hasta desaparecer para siempre. El silencio que siguió. Los veranos vacíos. La hibernación. No podía soportar la idea de ver a K'ak' cruzar esa misma puerta, de quedarme mirando su espalda, preguntándome si, como su abuelo, se convertiría en otro eco doloroso en mi eternidad.

—Iré —dije, las palabras saliendo como un jadeo, antes de que el pánico pudiera ahogarlas.

La sonrisa que iluminó su rostro fue un rayo de sol en medio de mi tempestad interna.

—No te preocupes —dijo, su mano encontrando la mía sobre la mesa, un contacto firme y cálido—. Te cuidaré. Será una aventura.

El viaje en autobús fue una prueba de fuego para cada uno de mis sentidos, una tortura exquisita. El rugido del motor era un monstruo de metal que tronaba en mis oídos, vibrando a través del suelo y hasta mis dientes. Los olores se mezclaban en una niebla nauseabunda: el dulzón del anticongelante, el acre del combustible, el sudor de decenas de cuerpos apiñados, el perfume barato de una mujer sentada frente a nosotros. Me aferré al borde del asiento de vinilo, mis nudillos blancos de la fuerza con que me sujetaba, sintiéndome como un animal de presa desorientado, listo para saltar ante la primera amenaza. El paisaje, una vez un tapiz de verdes y marrones infinitos, se desdibujaba en un maremoto de edificios grises, cables negros que cortaban el cielo y anuncios luminosos que parpadeaban con colores agresivos.

K'ak', sentado a mi lado, notó mi pánico mudo. Sin decir palabra, deslizó su mano sobre la mía, que yacía rígida en mi muslo, y la cubrió por completo. Su calor fue un ancla inmediata, un punto de referencia tangible en medio del caos sensorial.

—Respira —susurró, su aliento caliente en mi oído, un contraste con el aire viciado—. Es solo otro tipo de jungla. Con sus propias reglas. Yo te las enseñaré.

Su confianza era un bálsamo. Dejé que mi mirada se perdiera en su perfil, en la línea segura de su mandíbula, y me aferré a su presencia como un náufrago a un madero.

Llegamos a un lugar llamado «El Rincón de las Páginas». Al cruzar la puerta, el mundo exterior se desvaneció. Era un oasis en el desierto de concreto. El aire estaba cargado de un olor reconfortante y complejo: el aroma profundo y terroso del café recién molido, mezclado con el perfume seco y polvoriento del papel viejo y la cera de madera. Estantes altos, desbordados de libros con lomos desgastados, se alzaban como paredes de conocimiento y sueños. La luz era tenue, filtrada a través de ventanas sucias, creando un espacio íntimo y protector.

—Espérame aquí —dijo K'ak', guiándome con una mano en la espalda hacia una mesa de madera gastada en un rincón apartado, iluminada por una lámpara con pantalla verde—. Seré rápido. Pide lo que quieras. Su pastel de zanahoria es increíble.

K'ak' se fue, y su ausencia fue física, como si me hubieran quitado un abrigo en pleno invierno. Me sentí expuesto, increíblemente vulnerable, un espíritu del bosque perdido en un templo de tinta y palabras humanas. Para calmarme, busqué refugio en los estantes polvorientos. Mis dedos temblorosos recorrieron lomos desgastados hasta detenerse en uno titulado Flora y Fauna de los Bosques Mesoamericanos. Era un consuelo encontrar algo que hablara de mi mundo, aunque fuera a través de los ojos secos de la ciencia humana.



#1428 en Fantasía
#259 en Magia

En el texto hay: mayas, bl juvenil, yucatán

Editado: 18.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.