La paz que había encontrado en el cementerio se desvaneció con el anochecer. Las dudas, como enredaderas venenosas, treparon por los muros de mi ser mientras dormía, tejiendo una pesadilla vívida y desgarradora.
Soñé que volvía a ser un Alux. Pequeño, de orejas puntiagudas, sentado en el altar reconstruido bajo la luz de la luna. K'ak' estaba allí, pero no era el K'ak' que conocía. Su rostro estaba distorsionado por el asco y el horror. Me señalaba con un dedo acusador; sus ojos, antes llenos de calidez, ahora eran pozos de desprecio.
—¡Eres una cosa! —gritaba su voz, que resonaba como un trueno en el claro—. ¡Un monstruo del bosque! ¡Me engañaste!
Yo intentaba hablar, explicarle, pero de mi boca solo salía el antiguo lenguaje maya, sonidos agudos e incomprensibles que parecían enfurecerlo más. Él retrocedía, pisoteando sin querer la ofrenda de maíz que habíamos hecho juntos.
—Nunca quise saber esto —escupía—. ¡Aléjate de mí!
Su figura se desvanecía en la oscuridad, y yo me quedaba solo, más pequeño y miserable que nunca, sintiendo cómo el nuevo techo de huano que él mismo había construido se resquebrajaba sobre mí, enterrándome en la tierra fría de mi propia naturaleza.
Desperté de golpe, con un jadeo ahogado, el corazón martilleándome las costillas. La habitación de invitados estaba oscura y en silencio, pero el eco del desprecio en la mirada onírica de K'ak' seguía ardiendo en mi mente. La soledad era una losa de hielo sobre mi pecho. No podía soportarla. No esta noche.
Me levanté, las piernas temblorosas, y salí al pasillo. La casa estaba en silencio; solo el tic-tac del reloj de la sala marcaba el paso del tiempo que se me escapaba. Me detuve frente a la puerta de K'ak', mi mano levantada en el aire, temblando. ¿Y si la pesadilla era un presagio? ¿Y si al verme tan vulnerable, se alejaba?
Pero el miedo a su rechazo era menor que el terror a la soledad que acababa de experimentar. Toqué la puerta con los nudillos, un sonido tan suave que casi no se escuchó.
Pasaron unos segundos eternos. Luego, un ruido de sábanas y pasos. La puerta se abrió. K'ak' estaba allí, con el cabello revuelto y los ojos pesados de sueño, usando solo unos pantalones de pijama holgados. La luz del pasillo iluminaba su torso desnudo, marcando los músculos de su abdomen.
—¿Akbal? —su voz era ronca por el sueño, pero llena de preocupación inmediata—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
No pude hablar. Solo lo miré, seguramente con los ojos aún salvajes por el pánico del sueño. Tragué saliva con dificultad.
—¿Puedo...? —la voz me falló. Hice un gesto vago hacia su habitación.
La comprensión iluminó su rostro. Sin una palabra, abrió la puerta de par en par y me hizo pasar.
Su habitación olía a él. A su champú de manzana verde, a la crema que usaba después de afeitarse, a sudor limpio y a algo inherentemente suyo. Era un aroma que ya asociaba con la seguridad. La cama estaba deshecha, las sábanas arrugadas y cálidas.
—Claro —dijo suavemente, cerrando la puerta—. Siempre.
Me acosté en el lado que él no ocupaba, sintiendo el calor residual de su cuerpo en las sábanas. La cama era grande, pero yo me acurruqué en el borde, todavía temblando. Él se acostó de frente a mí, apoyándose en un codo. La luz de la luna que se filtraba por la ventana iluminaba su rostro.
—Ahora dime —susurró, su mano encontrando la mía sobre la almohada—. ¿Fue una pesadilla?
Asentí, apretando sus dedos. No podía contarle los detalles. No todavía.
—Sí... sobre... perderte.
Su expresión se suavizó. Con su mano libre, me apartó un mechón de cabello naranja de la frente. El contacto fue tan tierno que casi me hizo llorar.
—Eso no va a pasar —afirmó con una convicción que sonaba a verdad absoluta.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —pregunté, mi voz quebrada—. No... no me conoces del todo, K'ak'. Hay cosas... cosas de mí que no sabes.
Él se quedó callado un momento, sus dedos ahora trazando pequeños círculos en el dorso de mi mano.
—¿Y crees que eso importaría? —preguntó finalmente.
—Podría —susurré, la imagen de su rostro soñado lleno de asco aún fresca—. Podrías... podrías odiarme.
K'ak' soltó un suspiro suave, casi una risa.
—Akbal, escúchame bien —dijo, y su tono era inusualmente serio—. No sé qué secretos guardas. Si fueras un príncipe exiliado, un fugitivo o... no sé, un ser mágico de una dimensión paralela. —Mi pulso se aceleró. Él continuó, su mirada clavada en la mía—. Incluso si no fueras humano... incluso si fueras un maldito gusano, te querría.
La declaración fue tan absurda, tan inesperada y tan profundamente sincera, que una risa, breve y liberadora, me escapó.
—¿Un gusano? —repetí, entre atónito y divertido.
—Sí, un gusano —confirmó él, una sonrisa juguetona asomando a sus labios—. El gusano más interesante y de cabello más brillante del mundo. Porque no me importa qué eres, Akbal. Me importa quién eres. Eres amable, y torpe, y tienes una tristeza en los ojos que me hace querer arreglar el mundo para ti. Eres valiente, porque a pesar de tu miedo, estás aquí, conmigo. Eso es lo único que importa.
Sus palabras fueron el bálsamo que mi alma herida necesitaba. Disiparon las sombras de la pesadilla, llenando el espacio con una verdad más poderosa que cualquier miedo. Lo miré, realmente lo miré: a sus ojos marrones llenos de sinceridad, a su boca curvada en esa media sonrisa que me volvía loco, a la línea de su mandíbula iluminada por la luna. Y el amor que sentí en ese momento fue tan abrumador, tan feroz y tan aterradoramente real, que no pude contenerme.
Me incliné hacia adelante y capturé sus labios con los míos.
Este beso no fue como los anteriores. No fue una exploración, ni una colisión, ni una rendición. Fue una afirmación. Un «sí» pronunciado con todo mi cuerpo. Un sello sobre la promesa que acababa de hacer.
K'ak' respondió con una intensidad inmediata. Un gruñido gutural vibró en su pecho y sus brazos me rodearon, cerrándose como una trampa de acero alrededor de mi espalda, aplastándome contra él. Ya no había espacio para la duda, ni para el miedo. Solo este momento, esta necesidad visceral de estar tan cerca que nuestras pieles se fundieran.