Los días que siguieron a aquella noche fueron un limbo dorado. Cada mañana despertaba en los brazos de K'ak', cada tarde compartíamos risas y silencios cómodos, cada noche explorábamos los límites de una intimidad que se hacía más profunda y confiada. Pero bajo la superficie de esa felicidad, una tormenta silenciosa se gestaba en mi pecho. La confesión, inevitable como la marea, se acercaba.
Veinticinco días. Solo cinco quedaban. El peso de la verdad era una losa que cargaba conmigo a todas partes. La veía en el reflejo de mis ojos cuando me miraba al espejo, la sentía en la forma en que mi sonrisa se congelaba a veces en medio de una risa, la escuchaba en el latido acelerado de mi corazón cada vez que K'ak' me miraba con esa adoración absoluta que no merecía.
¿Cómo decírselo? ¿Por dónde empezar? «Oye, K'ak', sabes, en realidad no soy humano. Soy un espíritu del bosque, un Alux, para ser exactos. Oh, y por cierto, conocí a tu abuelo Nixte y fue la razón por la que casi me desvanezco de la existencia». Sonaba a locura. A un cuento para niños. Incluso con todo lo que habíamos compartido, ¿cómo podría creerme? Pensé en mostrarle mis poderes, pero en esta forma humana, eran débiles, inconsistentes. Un susurro de viento, un brote de hierba... cosas que podía atribuir a la sugestión o a la casualidad.
La ansiedad se convirtió en mi sombra. Durante la cena, mientras K'ak' hablaba entusiasmado de sus planes futuros —planes que involucraban una pasantía en la ciudad, un departamento, una vida que no parecía incluir a un ser mágico—, yo asentía con la cabeza, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia, ensayando palabras que siempre sonaban huecas.
—¿Estás bien? —preguntó una noche, tomando mi mano sobre la mesa—. Pareces... distante.
—Es solo... tengo algo en la mente —respondí, evasivo, sintiendo cómo su preocupación me atravesaba como un cuchillo—. Algo que necesito contarte. Pero no aquí.
Su mirada se llenó de curiosidad, pero no presionó.
—Cuando estés listo. Siempre.
Esa paciencia suya, esa confianza ciega, hacía que la traición que sentía al guardar el secreto fuera aún más dolorosa. No podía seguir así. Tenía que arriesgarme. Tenía que encontrar el lugar perfecto, el momento exacto. Y solo un lugar se me ocurrió: el claro de las margaritas. El mismo lugar donde le había mostrado a Nixte la belleza efímera del bosque. Sería un círculo que se cerraba. Una verdad contada en el escenario de otra verdad pasada.
La mañana del vigésimo sexto día, me desperté con una determinación férrea. Era hoy o nunca.
—K'ak' —dije, mientras desayunábamos en silencio—. ¿Puedo llevarte a algún lugar hoy? Un lugar especial.
Él dejó su taza de café, intrigado.
—Claro. ¿A dónde?
—Es una sorpresa. Un lugar que... significa mucho para mí.
Caminamos por el bosque en un silencio cargado. Yo iba adelante; mi corazón era un pájaro enjaulado golpeando contra mis costillas. Cada paso me acercaba a la revelación, al posible fin de todo lo que habíamos construido. K'ak' me seguía, respetando mi silencio, pero podía sentir su mirada en mi espalda, llena de preguntas.
Cuando llegamos al claro, el sol de la mañana bañaba el campo de margaritas, haciendo que parecieran mil pequeños soles blancos y amarillos sobre un manto de verde intenso. Era tan hermoso como lo recordaba. Tan puro.
—Dios mío —susurró K'ak', deteniéndose en el borde—. Es... increíble.
—Es uno de mis lugares favoritos —dije, mi voz sonó tensa. Señalé hacia el centro del claro—. Siéntate conmigo.
Nos sentamos en la hierba, rodeados por el murmullo de la vida del bosque. Las flores nos llegaban a la cintura, un mar de inocencia que contrastaba brutalmente con la tormenta dentro de mí. Tomé un tallo de margarita y lo giré entre mis dedos, buscando fuerza en su simpleza.
—K'ak' —comencé, sin poder mirarlo a los ojos—. Lo que voy a contarte... va a sonar imposible. Loco. Y te pido, por todo lo que hemos... compartido, que me escuches hasta el final. Que trates de creerme.
Él se quedó quieto. Su expresión era seria, expectante.
—Akbal, lo que sea que sea, puedes decírmelo. Confío en ti.
Esas palabras me dieron valor y, al mismo tiempo, me partieron el alma. Respiré hondo.
—No soy quien crees que soy —dije, las palabras saliendo como un torrente—. No... no soy humano.
Él parpadeó, pero no dijo nada. No se rió. No se levantó y se fue. Solo escuchó.
—Soy un Alux —continué, la palabra sonando extraña y antigua en el aire claro—. Un espíritu guardián de este bosque. He vivido aquí... durante más de cuatrocientos años.
Vi cómo sus ojos se abrían un poco más, pero su compostura no se quebró. Era como si una parte de él, la parte que había sentido la magia en el altar, en el cenote, en mí, ya lo hubiera sospechado.
—¿Cuatrocientos... años? —logró decir, su voz un hilo de incredulidad.
—Sí. Mi verdadera forma es... pequeña. De orejas y nariz puntiagudas. Pero esta... —señalé mi cuerpo— esta forma se me fue dada.
K'ak' miró mis manos, mis brazos, como si estuviera viendo a través de la piel.
—¿Cómo? ¿Cómo es posible? Si eres un... espíritu, ¿cómo puedes estar aquí, así, conmigo?
Esta era la parte más difícil de explicar.
—Un dios —susurré, mirando el cielo a través de las copas de los árboles—. Yum Kaax. El señor de los bosques y los cultivos. Él... me encontró. Vio mi sufrimiento, mi desconexión. Y me ofreció un don. Esta forma humana. Por un mes.
—¿Un mes? —repitió K'ak', y esta vez había un destello de alarma en sus ojos—. ¿Solo un mes?
—Sí. Un mes para... para vivir entre los humanos. Para encontrar respuestas. Para decidir si... si este era el camino que quería tomar.
K'ak' se quedó en silencio, procesando. Podía ver los engranajes girando en su mente, conectando la historia con todo lo que había visto, con todo lo que había sentido entre nosotros.
—Y... ¿cómo despertaste? —preguntó, su voz era más suave ahora, llena de una curiosidad genuina—. Dijiste que estabas dormido. ¿Qué te despertó?