Sak nikté

Diez

El regreso del claro a la casa fue un viaje a través de un mundo transformado. El aire mismo parecía vibrar de manera diferente, cargado no solo con el aroma de la tierra y las flores, sino con el eco de mi verdad, ahora liberada y aceptada. Ya no había secretos entre K'ak' y yo. Solo la cruda, aterradora y gloriosa realidad de lo que éramos: un espíritu ancestral y un hombre moderno, irrevocablemente entrelazados.

La puerta de la casa se cerró a nuestras espaldas, y el sonido del pestillo al accionar fue como el inicio de un nuevo capítulo. La luz de la tarde se filtraba por las ventanas, iluminando el polvo que danzaba en el aire. Nos quedamos de pie en la entrada, mirándonos. La intensidad de la confesión, la vulnerabilidad absoluta, había creado una tensión nueva entre nosotros: no era solo deseo, era la necesidad urgente de confirmar que esto era real, que estábamos aquí, juntos, después de haber desnudado nuestras almas por completo.

—Akbal... —mi nombre salió de sus labios como un susurro ronco, cargado de todas las emociones que habíamos desatado en el claro.

No pude responder. La oleada de sentimientos era demasiado grande: el alivio, el miedo, la gratitud, y un deseo tan feroz que me temblaban las piernas. Todo lo que había reprimido por semanas, por siglos, parecía estar bullendo bajo mi piel, exigiendo salir. Mis ojos debieron delatarme, porque los suyos se oscurecieron, las pupilas se dilataron hasta casi borrar el color avellana de su iris.

Cerró la distancia entre nosotros en dos pasos largos y decididos. No hubo preámbulos, pero tampoco brusquedad. Sus manos se alzaron y se posaron en mi rostro, sosteniéndome con una ternura que dolía, como si temiera que me desvaneciera si me soltaba un segundo. Y entonces, su boca encontró la mía.

—Te tengo —susurró contra mis labios, y la palabra no fue una orden, sino una súplica, un asombro hecho voz—. Eres real. Estás aquí. Conmigo. De todas las formas posibles.

Este beso no fue como los demás. No fue una exploración, ni una pregunta. Fue una afirmación desesperada. Fue profundo, húmedo y lleno de hambre. Su lengua buscó la mía con una urgencia que me dejó sin aliento, saboreándome, conociéndome de nuevo, como si quisiera grabar en su memoria cada rincón de mí ahora que sabía quién había sido y quién era ahora. Yo respondí con la misma intensidad, mis manos aferrándose a sus hombros, buscando su calor, su solidez. Era un choque de almas, de mundos, de necesidad pura.

—Necesito sentirte —jadeó él, separándose apenas lo suficiente para mirarme a los ojos; sus palabras eran calientes y entrecortadas—. Ahora. Todo. Necesito saber que esto es verdad, que tú eres verdad.

Sus manos recorrieron mi cuerpo, no con brusquedad, sino con una prisa ansiosa. Desabotonó mi camisa con dedos torpes por la emoción, apartando la tela para dejar mi pecho al descubierto bajo la luz dorada de la tarde. Sus palmas se posaron sobre mi piel, grandes, cálidas, temblando un poco, como si estuviera tocando algo sagrado. Se inclinó y besó mi pecho, justo sobre mi corazón, y sentí cómo sus labios se movían en una oración silenciosa.

—K'ak'... —susurré, mi propia respiración agitándose ante esa adoración que me hacía sentir más suyo que cualquier posesión física.

Me tomó de la mano y me guio hacia la sala, hacia el sofá, sin soltarme ni un solo instante. Me empujó suavemente hasta que caí sentado sobre los cojines y se arrodilló frente a mí, separando mis piernas para acomodarse entre ellas. Sus ojos, brillantes y llenos de lágrimas no derramadas, no se apartaron de los míos ni un segundo.

—Todo este tiempo... —dijo, mientras sus manos recorrían mis muslos, subiendo poco a poco—, te tuve aquí, tan cerca, y no sabía cuánto te había estado esperando toda mi vida.

Se deshizo de su propia ropa con rapidez, y cuando su piel tocó la mía, cuando sentí su calor y su peso acercándose, un escalofrío de pura plenitud me recorrió. No había prisa salvaje, había una entrega absoluta. Se inclinó sobre mí, apoyando su frente contra la mía.

—Dime que me eliges a mí —me pidió, su voz rota—. Al hombre, no al dios. A mí.

—Siempre —le aseguré, y mis manos se enredaron en su cabello, atrayéndolo hacia mí—. Te elijo a ti. Solo a ti. Desde el principio.

Todo lo que pasó después fue un lenguaje que solo nosotros entendíamos. Fue un encuentro lento y profundo, donde cada caricia era una respuesta, cada roce una promesa. Él me desvistió de todas mis dudas, de todos mis siglos de soledad, cubriéndome con su amor, con su cuerpo, con su esencia. Me amó con una intensidad que dolía y sanaba a la vez, buscando siempre mis ojos, asegurándose de que yo estuviera con él, en cada momento. No me tomó, no me dominó; se entregó a mí y me hizo suyo porque yo quería serlo, más que nada en el mundo.

Cuando se unió a mí, fue con un cuidado inmenso, buscando mi ritmo, mi placer, susurrando contra mi piel todo lo que las palabras no alcanzaban a decir. "Te quiero", "eres mi vida", "gracias por existir". El movimiento fue lento y profundo, una danza antigua y nueva a la vez, donde nos fundimos hasta no saber dónde terminaba uno y empezaba el otro. Era como si, al hacerme uno con él físicamente, también mis dos mundos, el mágico y el humano, se unieran en paz al fin.

El placer no fue explosivo y salvaje, fue algo más grande: fue completitud. Cuando llegamos juntos, con un grito ahogado que ahogué en su cuello, sentí que algo en mi interior cambiaba para siempre. Ya no era el espíritu asustado ni el hombre inseguro. Era simplemente Akbal, amado y en paz.

Nos quedamos abrazados, el sudor enfriándose en nuestra piel, los corazones latiendo al mismo ritmo frenético y lento a la vez. Él no se apartó. Se quedó recostado sobre mí, su cabeza en mi pecho, escuchando mi latido, sus brazos rodeándome con una fuerza protectora. El silencio que siguió no era vacío; estaba lleno de todo lo que habíamos dicho sin palabras.



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En el texto hay: mayas, bl juvenil, yucatán

Editado: 18.06.2026

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