El aire del atardecer del día veintinueve era pesado, cargado con el dulce aroma de la despedida y la promesa de un nuevo comienzo. K'ak' y yo estábamos sentados en el césped rejuvenecido frente al altar, nuestros hombros rozándose, mirando la estructura de piedra que había sido testigo de siglos de mi soledad y que ahora presenciaba el capítulo más humano de mi existencia.
El silencio entre nosotros no era incómodo, pero estaba lleno de preguntas no dichas. El peso de la decisión del día siguiente era una presencia tangible, una sombra suave sobre nuestro idilio. El sol, bajo y anaranjado, teñía todo de un color melancólico y esperanzador a la vez.
Fue K'ak' quien finalmente rompió el hechizo. Su voz, suave pero clara, cortó el aire quieto.
—Akbal... —comenzó, sus dedos jugueteando con una brizna de hierba—. Mañana... ¿ya sabes? ¿Qué vas a elegir?
Miré el altar, luego mis manos: estas manos humanas que habían aprendido a sostener las suyas, a acariciar su rostro, a tejer flores imperfectas. Respiré hondo, sintiendo el aire llenar estos pulmones que ahora anhelaban más tiempo.
—Sí —respondí, y mi voz sonó más segura de lo que me sentía—. Lo sé. Si Yum Kaax me lo permite... si el precio no es algo que... que te dañe a ti o que sea imposible de pagar... me gustaría quedarme. Así. Humano. Contigo.
Las palabras salieron en un suspiro, liberando una tensión que había cargado durante días. Al decirlas en voz alta, supe que eran la verdad más pura que albergaba mi ser.
K'ak' giró la cabeza para mirarme, y sus ojos brillaban con una emoción tan intensa que me dejó sin aliento. Una sonrisa, lenta pero radiante, iluminó su rostro.
—¿En serio? —susurró, como si temiera que al decirlo más fuerte el hechizo se rompiera.
Asentí, sintiendo una sonrisa propia dibujarse en mis labios.
—¿Es... es una molestia para ti? Quiero decir, tendrías que... lidiar conmigo. Con todas mis torpezas. Con mis miedos. Para siempre.
Él soltó una risa, un sonido claro y alegre que hizo que los pájaros en los árboles cercanos callaran por un momento.
—¿Una molestia? Akbal, eres lo mejor que me ha pasado en la vida. —Su mano encontró la mía y la apretó con fuerza—. Por favor, quédate. Quédate y... —hizo una pausa, su mirada se volvió soñadora, imaginando el futuro—. Podemos vivir aquí, en la casita naranja. Es lo suficientemente grande para los dos. Yo puedo ir a la ciudad para la pasantía, no está tan lejos. Y tú... tú podrías descubrir lo que te apasiona. Tal vez... no sé, abrir un pequeño vivero. O enseñar a la gente sobre las plantas nativas. O simplemente... ser. Estar aquí. Esperándome cuando regrese a casa.
Sus palabras pintaron un cuadro tan vívido, tan tentadoramente normal y feliz, que sentí una punzada de dolor en el pecho. Era todo lo que no sabía que quería hasta que lo tuve frente a mí: una vida ordinaria, simple, llena de amor.
—Eso suena... perfecto —logré decir, mi voz quebrada por la emoción—. Pero todo depende del precio, K'ak'. Yum Kaax dijo que sería alto. Que lo sabría solo al final.
La sonrisa de K'ak' no se desvaneció, pero se volvió más seria, más determinada.
—Entonces lo pagamos juntos. Lo que sea. Si es trabajo, trabajamos. Si es un sacrificio, lo hacemos. Si es... —tragó saliva, buscando las palabras— si es parte de tu magia, entonces aprendo a amar cada parte humana que te quede. No te voy a dejar ir. No ahora. No después de haberte encontrado.
Su determinación era un faro en la creciente oscuridad de mis dudas. Me incliné y apoyé mi frente contra la suya, cerrando los ojos, respirando su aliento, memorizando este momento de pura y simple felicidad.
—K'ak', yo... —tragué saliva, las palabras atorándose en mi garganta. Quería decírselo. Necesitaba decírselo. Pero el miedo a arruinar la perfección de este momento, a manchar este futuro brillante que estábamos pintando juntos, era paralizante. ¿Y si era demasiado pronto? ¿Y si asustarlo era el precio por mi felicidad?
Él notó mi vacilación. Su sonrisa se suavizó, pero no desapareció. Sus dedos acariciaron el dorso de mi mano, con esa paciencia infinita que siempre tenía conmigo.
—¿Qué pasa, cariño? —preguntó, su voz era un susurro tranquilizador.
El cariño en su voz quebró mis últimas defensas. Respiré hondo, mirándolo a los ojos, viendo todo el amor que me ofrecía sin condiciones.
—Es solo que... —comencé, mi voz temblorosa— tengo miedo de estropear esto. De decir algo que... que cambie la forma en que me miras.
—Nada de lo que digas podría cambiar eso —afirmó él con una convicción absoluta que me estremeció.
Cerré los ojos por un segundo, reuniendo valor. Cuando los abrí, dejé que toda la vulnerabilidad que sentía se reflejara en ellos.
—Te amo —susurré, y las tres palabras cayeron entre nosotros, frágiles y enormes como montañas—. Te amo, K'ak'. No como un humano ama a otro, sino como... como un alma que ha vagado en la oscuridad durante siglos y ha encontrado su sol. Eres mi sol.
Por un instante que se sintió como una eternidad, él no dijo nada. Sus ojos se abrieron ligeramente, y vi cómo procesaba mis palabras. No era sorpresa por la declaración en sí —lo habíamos estado diciendo con nuestros cuerpos, con nuestras miradas, con cada momento compartido— sino por la crudeza, la profundidad absoluta de la confesión. Por la sombra de cuatrocientos años de soledad que llevaba detrás.
Luego, su expresión se suavizó, transformándose en algo tan tierno y abrumador que me dolió el pecho. Una sonrisa, lenta y radiante, iluminó todo su rostro, llegando hasta sus ojos, que se llenaron de un brillo húmedo.
—Akbal... —mi nombre salió de sus labios como una oración, cargado de una emoción que me envolvió—. ¿Sabes...? —tragó saliva, intentando controlar la emoción en su propia voz—. Nadie... nadie me había mirado jamás como tú lo haces. Como si yo fuera... milagroso. Y escucharte decir eso... —hizo una pausa, sacudiendo la cabeza ligeramente, como si no encontrara las palabras suficientes—. Es el regalo más grande que me han hecho en toda mi vida.