Sak nikté

Doce

El amanecer del día treinta llegó con una claridad implacable. Mis ojos se abrieron antes de que el sol asomara por el bosque, y permanecí inmóvil, observando cómo la luz bañaba lentamente el rostro de K'ak', dormido a mi lado. Su respiración era profunda y regular, una bandera de tranquilidad en medio del torbellino interno que me consumía desde el amanecer. Sentía que cada segundo que pasaba a su lado contaba, como si el tiempo empezara a correr más rápido solo por el hecho de saber que se acababa.

Finalmente, me deslicé de la cama con la suavidad de una brisa, procurando no despertarlo. De pie junto a la ventana, observé el bosque que despertaba, ese bosque que había sido mi reino y mi prisión durante cuatrocientos años, y que hoy parecía despedirse de mí en silencio.

—No puedes escaparte tan fácilmente.

La voz de K'ak', ronca por el sueño pero llena de determinación, me hizo dar media vuelta. Estaba recostado sobre un codo, observándome con esa mirada que parecía leer hasta mis pensamientos ocultos.

—No me escapaba —susurré, sintiendo cómo se me quebraba la voz—. Solo... me estaba despidiendo. De todo esto. Por si acaso.

Él se sentó en la cama, cubriéndose con la sábana, y extendió una mano hacia mí.
—¿Estás pensando en el precio? —preguntó, porque lo sabía. Siempre lo sabía.

Asentí, incapaz de articular los horribles escenarios que habían desfilado por mi mente toda la noche: perderlo todo, perderlo a él, convertirme en nada.

—Ven aquí —ordenó suavemente.

Crucé la habitación y me senté frente a él, tomando sus manos entre las mías, necesitando su calor como si fuera lo único que me sostenía en el mundo.

—Akbal —comenzó, mirándome fijamente a los ojos—. Escúchame bien y graba esto en tu corazón, porque es la única verdad que importa ahora. No importa lo que pase hoy. No importa cuál sea el precio. Lo que sea que nos pidan, lo superaremos. Juntos. No hay nada que nos pueda separar ahora.

—¿Y si no podemos? —la pregunta salió como un grito ahogado, y las lágrimas empezaron a asomar—. ¿Y si es algo... irreversible? ¿Algo que me quite lo que soy y me convierta en una carga para ti? O peor... ¿algo que te lastime a ti? Yo no puedo pagar con tu dolor, K'ak'. No puedo.

Él negó con la cabeza, sus ojos brillaban con una fe inquebrantable que yo, lleno de miedos antiguos, no lograba comprender del todo.
—Eso no va a pasar.

—¡No lo sabes! —exclamé, retirando mis manos, desesperado—. ¡No sabes cómo funcionan estas cosas! Los dioses, la magia, el equilibrio... no es un cuento de hadas. Hay reglas duras, leyes que nadie puede romper. No puedo... no puedo pedirte que arriesgues tu futuro, tu vida entera, por mí. Soy solo un paréntesis en tu existencia.

—¡No me estás pidiendo nada! —él elevó la voz por primera vez, no con enfado, sino con una pasión que me golpeó en el pecho—. ¡Yo me lo estoy ofreciendo! ¡Yo elegí esto! Te elegí a ti, con tus cuatrocientos años, tus secretos, tus miedos y tu café horrible. Eres mi futuro, Akbal. Cualquier otro camino sin ti... es gris. Es vacío. Es como no haber vivido nunca.

Sus palabras me dejaron sin aire. Me quedé mirándolo, mirando al hombre que tenía el mundo entero por delante y que lo estaba dispuesto a dejar a un lado solo por tenerme a mí.

—Pero... tu pasantía... tu vida en la ciudad... todo lo que planeabas... —balbucé, aferrándome a las últimas ramas de la lógica.

—¿Crees que eso importa? —preguntó, y una sonrisa triste pero amorosa curvó sus labios—. ¿Crees que prefiero un escritorio en una oficina a despertar cada mañana contigo? ¿A enseñarte a usar una tostadora sin que se queme el pan? ¿A reírnos de tus torpezas en la cocina? Eso es la vida, Akbal. Lo demás es solo rellenar tiempo. La felicidad la encontré aquí. Contigo.

Se inclinó hacia adelante y me tomó la cara entre sus manos, obligándome a mirarlo.
—No voy a dejar que el miedo a un "qué pasaría si" me robe la única cosa real que he tenido en mis manos. Confía en mí. Confía en nosotros. Como yo confío en ti.

El nudo en mi garganta se hizo tan grande que apenas podía respirar. Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente brotaron, silenciosas y calientes.
—Tengo miedo —confesé, y fue la verdad más simple y devastadora—. Tengo tanto miedo de perderte.

Él me atrajo hacia sí y me envolvió en sus brazos con fuerza, protegiéndome de todo, incluso de mí mismo.
—No me perderás —susurró contra mi cabello—. Estoy aquí. Y no me voy a ninguna parte. Pase lo que pase.

Nos quedamos así, abrazados, mientras el sol ascendía en el cielo y la hora de la verdad se acercaba inexorablemente. Finalmente, fue el sonido del reloj en la sala marcando las nueve lo que nos separó. La hora límite.

—Es hora —dijo K'ak', su voz era grave pero tranquila.

Asentí, secándome las lágrimas con el dorso de la mano.
—Sí. Es hora.

El camino al cenote fue una procesión silenciosa. Caminábamos uno al lado del otro, nuestras manos entrelazadas con una fuerza desesperada, como si al soltarnos pudiéramos desaparecer. El bosque, que solía hablarme en cada brisa, hoy estaba callado. Un silencio solemne, de despedida.

Cuando llegamos a la orilla, Él ya estaba allí.

Yum Kaax, Señor del Maíz y dueño de todas las vidas que crecen en esta tierra, estaba de pie en la orilla opuesta. Alto, imponente, con su sombrero en forma de mazorca y sus ojos del color de la tierra más fértil. Nos observaba con una expresión que no era de ira ni de juicio, sino... paternal. Como un padre observando a su hijo tomar la decisión que definirá su destino.

—Akbal —su voz resonó alrededor del agua, profunda y serena—. Pequeño guardián. Tu mes ha concluido. El tiempo prestado se acaba.

—Sí —logré decir, con la cabeza alta.

—Has tomado una decisión.

—Sí. —Apreté la mano de K'ak' con más fuerza—. Deseo permanecer en esta forma. Deseo vivir mi vida como humano. Deseo quedarme con él.



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En el texto hay: mayas, bl juvenil, yucatán

Editado: 18.06.2026

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