Sak nikté

Quince

El claro, bañado en esa luz lunar que todo lo transformaba en plata y misterio, parecía contener la respiración. El aire mismo se había vuelto denso, cargado de una quietud que no pertenecía al mundo natural, sino a algo mucho más antiguo y profundo. Yo estaba paralizado, mis pies descalzos hundidos en la tierra fría del lugar que durante siglos fue el centro de mi universo. El altar de piedra, ahora solo una losa olvidada y cubierta de musgo, parecía latir con un eco sordo de memoria, llamando a lo que ya no estaba allí.

Y entonces, el espacio vacío frente a la piedra comenzó a ondularse. No fue una desaparición como la del conejo, sino un tejerse lento y deliberado de la realidad, como si hilos de luz y sombra se entrelazaran en un telar invisible justo ante mis ojos. De ese vaivén etéreo, una figura se materializó poco a poco, ganando forma, color y presencia.

Era una mujer de estatura serena y porte majestuoso, con piel del color de la tierra húmeda al atardecer. Llevaba el cabello negro como la noche, liso y largo, cayendo sobre sus hombros como una cascada de obsidiana pulida. Sobre su cabeza descansaba un sombrero ancho y redondo, una compleja estructura de tela y adornos de jade, del cual emergía, enroscada con elegante quietud, una serpiente de un verde esmeralda iridiscente que parecía formar parte de su propia corona. Sus ojos, almendrados y profundos, guardaban la sabiduría de los océanos y la paciencia inmutable de las montañas. Vestía un huipil tradicional de un azul profundo, el color del cielo justo antes del amanecer, bordado con símbolos lunares y estrellas plateadas que parecían capturar la luz de la luna y brillar con luz propia.

No necesitaba que nadie me lo dijera. Lo supe en el instante exacto en que su mirada, a la vez tierna e inmensamente poderosa, se posó sobre mí. El aire cambió, llenándose del olor a copal fresco y a lluvia sobre la tierra seca: el aroma inconfundible de lo sagrado.

—Akbal —dijo su voz. No fue un sonido que llegara a mis oídos, sino una vibración que resonó directamente en el centro de mi pecho, en lo más hondo de mi ser. Era una voz como el fluir lento de un río subterráneo, calmada, eterna y maternal.

No pude hablar. Mi garganta estaba sellada por el asombro y una reverencia instintiva que me doblaba las rodillas. Bajé la cabeza, un gesto automático de un hijo ante su creadora, de un siervo ante su diosa.

—Levántate, pequeña noche —dijo ella: Ixchel, la Tejedora, la Madre Lunar. Su tono era sorprendentemente afectuoso, casi cariñoso—. No hay necesidad de postraciones aquí. Este ya no es tu lugar de culto. Es… simplemente un lugar de encuentro.

Logré alzar la vista. Ella sonrió, una curva suave en sus labios que iluminó todo el claro, haciéndolo sentir menos solitario.

—Mi consorte, Yuum Kaax, el Dador de la Forma, te creó con una chispa de la tormenta y la quietud del bosque —explicó, y su mirada recorrió los árboles con una mezcla de amor y nostalgia—. Pero fue mi hilo el que te tejió en la trama de este lugar, el que sostuvo tu existencia a través de los siglos. Eres, en muchos sentidos, una obra de nuestras manos. Uno de nuestros hijos más preciados.

—Señora… —logré balbucear, y mi voz áspera y mortal sonaba tan pequeña y grotesca en aquel espacio sacralizado—. Yo… fallé. Abandoné mi puesto. Rompí mi juramento.

Ixchel negó lentamente con la cabeza, y la serpiente en su sombrero pareció moverse levemente, como si siguiera cada uno de sus movimientos.

—No se abandona un río porque este encuentre el mar, Akbal —respondió con dulzura—. Tu viaje siguió el curso de tu propio destino. El amor que elegiste… es otra forma de devoción. Quizás una forma más difícil, porque requiere renuncia y cambio, pero no menos valiosa ante nuestros ojos.

Dio unos pasos hacia mí. Sus pies descalzos no hacían ningún ruido sobre las hojas secas, flotando casi sobre la tierra. Se detuvo a escasos centímetros, y su proximidad no resultó abrumadora, sino suave, fresca, como el abrazo de la luna en una noche calurosa.

—Pero una madre —continuó, y por primera vez, una sombra de tristeza genuina cruzó su rostro perfecto—, incluso una madre diosa, siente el dolor de dejar ir a un hijo. Durante siglos, sentí tu presencia aquí, constante y firme como el latir del mundo. Tu silencio ahora… es un vacío en el tejido de esta tierra. Un hilo que se cortó y dejó un hueco.

Sus palabras no eran un reproche, sino una confesión sincera. Me miraba con una ternura tan profunda que sentí que mi nuevo corazón humano podía quebrarse de pura emoción.

—¿Estás seguro, hijo mío? —preguntó, su voz bajando hasta ser apenas un susurro que acarició mi mente—. ¿Estás seguro de que este precio, este silencio eterno, vale la pena por los amaneceres que ves a su lado?

No lo dudé ni por una fracción de segundo. La imagen de K'ak', durmiendo confiado en nuestra cama, sonriendo mientras cocinaba o hablando de nuestros sueños, llenó todo mi ser, opacando cualquier otra cosa.

—Sí —respondí, y esta vez mi voz fue firme, clara y segura—. Lo vale, Señora. Cada momento de silencio vale por un segundo de su risa. Cada cosa que perdí, la gano al doble en su amor. Mil años de soledad no se comparan a un día a su lado.

Ixchel estudió mi rostro detenidamente, como si leyera cada una de mis nuevas arrugas humanas, cada marca de mi mortalidad, cada sentimiento nuevo que crecía en mí. Luego, asintió lentamente, una aceptación solemne y bendita.

—Así sea —dijo.

Alzó su mano derecha, y sus dedos largos y elegantes se posaron suavemente sobre mi frente, justo en el centro. Un calor especial fluyó de su tacto: no era el fuego que quema, sino la luz pura de la luna, refrescante y poderosa a la vez. Esa energía se expandió desde mi frente hasta la punta de los dedos de mis pies, recorriéndome entero. No era el torrente abrumador de poder absoluto que una vez tuve, sino algo mucho más sutil, como una fina capa de seda divina colocada con cuidado sobre mis sentidos mortales.



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En el texto hay: mayas, bl juvenil, yucatán

Editado: 12.07.2026

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