El regalo de Ixchel, ese velo de percepción sutil, se había integrado en mi día a día como un nuevo sentido, natural y constante. No era algo que usara activamente, sino un fondo perpetuo de conciencia, tan normal como la respiración del mundo que ahora podía intuir. Mientras regaba las plantas del patio, sentía su gratitud como un leve cosquilleo en mis palmas. Al planificar los talleres para "Raíces Verdaderas", las ideas sobre las plantas y sus usos fluían con una soltura renovada, respaldadas por esa certeza intuitiva que ya no me abandonaba. Era una paz profunda, un reencuentro silencioso con mi propia esencia, pero ahora sin las pesadas demandas de la divinidad.
Pero esa paz se quebró en mil pedazos una tarde, unos días después, con el sonido de un portazo y un suspiro exasperado que cortó el aire tranquilo de la casa como un cuchillo.
K'ak' había vuelto de la ciudad. Lo escuché dejar las llaves en la mesa del recibidor con un ruido metálico demasiado brusco, cargado de frustración. Yo estaba en la cocina, preparando una infusión de hierbas que ahora sabía, por esa intuición nueva, que eran perfectas para calmar la ansiedad, aunque ya no pudiera oírlas "cantar" ni hablar con ellas.
—Axel —dijo, y su voz sonó tensa, como una cuerda a punto de romperse.
Me volví hacia él. Su rostro estaba pálido, con dos manchas rojas de color en las mejillas que resaltaban por contraste. Su cabello, normalmente ordenado y pulcro, estaba alborotado, como si se hubiera pasado las manos por él una y otra vez, sin encontrar consuelo.
—¿Qué sucede? —pregunté, dejando la tetera sobre la mesa. El ambiente a mi alrededor pareció enfriarse unos grados de golpe; podía sentir la pesadez de su estado emocional flotando en el aire.
—Mi madre —soltó, y la palabra sonó como un lamento ahogado—. Acaba de llamarme. Está en la ciudad. Dijo... dijo que ya no podía esperar más. Que necesita conocerte ahora.
Mi corazón, ese órgano humano tan sensible y traicionero, dio un vuelco violento contra mis costillas.
—¿Ahora? —repetí, sintiendo cómo el suelo parecía inclinarse peligrosamente bajo mis pies.
—Sí. Estará aquí en una hora. Una maldita hora —repitió, pasándose la mano por el rostro para cubrirse un momento—. Lo siento, amor. No me dio opción, ni tiempo, ni explicaciones. Simplemente... viene.
El miedo, frío y familiar, se enroscó en mi estómago como una serpiente. ¿Qué pensaría ella de mí? ¿Vería a través de la fachada de Axel Balam? ¿Notaría la sombra del espíritu del bosque, el eco de Akbal, en mis ojos o en mis gestos? ¿La mentira de mi origen aguantaría ante alguien que conocía tan bien esta tierra y a su hijo?
—K'ak'... —empecé a decir, buscando palabras, pero él ya estaba hablando, descargando toda la frustración acumulada que llevaba guardando días.
—Y no es solo eso —dijo, pasándose de nuevo una mano por el cabello, dejándolo aún más despeinado—. ¿Sabes lo que ha sido esta semana? Lo que fue tener que revolver tu pasado, nuestro pasado, construyendo una mentira sobre quién eres solo para que el mundo te acepte...
Su voz se quebró, y en ese instante, un recuerdo me golpeó con la fuerza de un relámpago. Ya no estaba en la cocina. Volé hacia atrás en el tiempo, solo unos días, pero parecía una eternidad...
...El aire en la oficina del Registro Civil estaba viciado, pesado, olía a papel viejo, polvo y desinfectante barato. Yo, Axel Balam, estaba sentado en una silla de plástico duro y frío, frente a un escritorio lleno de formularios y sellos. El funcionario, un hombre mayor con bigote espeso y ojos cansados que parecían haberlo visto todo, miraba mis manos vacías, mi falta de historia, mi inexistencia burocrática.
"¿Y los documentos anteriores, señor Balam? ¿Acta de nacimiento? Identificación anterior? Algún registro?"
K'ak', de pie a mi lado, con una sonrisa tensa y forzada pintada en el rostro, repitiendo el guion que habíamos inventado.
"Como le explicamos, oficial. Axel es de una comunidad muy remota en el sur. Vive... vivía... completamente aislado en la selva. Nunca fue registrado al nacer, no tienen esos trámites allá."
La mirada del hombre, una mezcla de lástima, desconfianza y escepticismo puro. "Muy inusual. Casi imposible, diría yo."
Las horas interminables esperando. El tacto frío y pegajoso de la almohadilla de tinta negra para tomar mis huellas digitales, un acto que me hizo sentir como un criminal, como un fantasma tratando desesperadamente de dejar una marca en el mundo de los vivos. La pluma resbaladiza entre mis dedos, torpes y nuevos para esas tareas, trazando una y otra vez la firma que K'ak' me había enseñado la noche anterior: A - x - e - l - B - a - l - a - m. Cada letra era una losa que caía sobre la tumba de Akbal, sellándola para siempre. Las miradas de los demás en la sala, curiosas, murmurando a espaldas. "Pobre hombre, sin papeles, como si no existiera...". Y K'ak', agotado, repitiendo la mentira una y otra vez, su voz perdiendo fuerza y energía cada vez que tenía que explicar mi inexistencia...
El recuerdo era una herida abierta y fresca. Esa humillación, esa sensación de ser una "nada" ante el sistema, había sido un veneno lento que ahora, sumado a la noticia de la llegada de Nikte, envenenaba también el presente.
—Fue agotador, Axel —continuó K'ak', su voz trayéndome de vuelta a la cocina, a su dolor y al mío—. Fue... denigrante. Y ahora esto. No he tenido un segundo para respirar, para asimilar que te tengo aquí, real y vivo, y ella llega como un huracán a juzgar, a cuestionar todo lo que hemos construido.
Su frustración no era solo por su madre. Era por el peso inmenso de haber cargado con mi nueva existencia sobre sus hombros, de haber tenido que mentir, suplicar y luchar para que el mundo me permitiera estar a su lado. Y ahora, el mundo, en la forma de ella, llamaba a nuestra puerta.
Me acerqué a él y puse mis manos sobre sus brazos, no para calmarlo esta vez, sino para aferrarme a él, buscando mi propia fuerza. El estrés era una entidad palpable en la habitación, un tercer ocupante que respiraba pesadamente entre nosotros, denso y sofocante.