Unos días después de la visita de Nikte, una calma nueva y frágil se había instalado en la casa. La tensión que habíamos vivido se había disipado lentamente, reemplazada por una curiosidad respetuosa y una paz renovada. Esa tarde, llegó un paquete pequeño por correo: envuelto en papel marrón áspero y atado con una simple cuerda de yute. La caligrafía en la etiqueta era inconfundible: era de Nikte.
—Es para ti —dije, pasándole el paquete a K'ak', que estaba sentado en el suelo de la sala, revisando los planos y medidas para construir un pequeño invernadero en el jardín.
Él lo tomó con curiosidad, desató la cuerda con cuidado y retiró el papel. Dentro había un libro de tapas de cuero oscuro, gastado por el tiempo y el uso, sin título ni nombre visible en la portada. Lo abrió por la primera página y su respiración se contuvo de golpe.
—Es el diario de mi abuelo —susurró, pasando los dedos con delicadeza sobre la tinta, sobre una escritura firme, elegante y muy conocida para mí—. De Nix.
Un escalofrío largo y profundo me recorrió la espalda de arriba abajo. El aire en la habitación pareció enrarecerse de inmediato, cargado de los ecos del pasado. El aroma a papel viejo, polvo y tinta desvanecida se mezcló con el olor a tierra húmeda que siempre traía la brisa por la ventana, transportándome cuarenta y cinco años atrás, a otro tiempo, a otros atardeceres.
K'ak' comenzó a leer en silencio al principio. Sus ojos recorrían las páginas que narraban la vida cotidiana de su abuelo: el trabajo, la familia, las estaciones. Pero luego, su voz, convertida en un murmullo bajo, comenzó a tejer una historia que yo conocía demasiado bien, una historia que llevaba grabada en el alma.
"Hoy volví a verlo. A Akbal. Se materializó entre los robles como si la luz del atardecer lo hubiera tejido con sus propios hilos dorados. Hablamos por horas, sentados sobre la hierba. Me cuenta las historias del viento, los secretos de los ríos y las lluvias. Con él, este bosque no es solo un lugar de árboles y animales, es un ser vivo que respira, que siente, que habla. A veces, cuando me mira, siento que puede ver hasta el fondo de mi alma, y extrañamente... no tengo miedo. Me siento comprendido."
Yo cerré los ojos. Podía sentir el calor de esas tardes, ver la sonrisa tranquila y curiosa de Nix, un hombre joven, inteligente y amable, sentado en la hierba, escuchando las leyendas de un espíritu solitario. Él fue el primer humano que no me temió, que no me vio como un monstruo o un dios terrible, sino como un igual, como un amigo. Nuestra amistad había florecido con una naturalidad que ahora, vista en perspectiva, parecía un milagro.
La voz de K'ak' continuó leyendo, pero el tono cambió. Se volvió más tenso, más grave, como si el peso de las palabras le costara de pronunciar.
"Hoy fue diferente. Nos encontrábamos en el claro de las margaritas, nuestro lugar secreto. Pero él estaba... nervioso. Su forma, normalmente tan serena y sólida, titilaba y cambiaba como una llama movida por el viento. Me dijo... me dijo que lo que sentía por mí ya no era la curiosidad de un espíritu por un humano. Me dijo que me amaba. Que quería... quería estar a mi lado, de cualquier forma posible."
Hubo un silencio pesado. K'ak' pasó la página con un dedo que casi temblaba.
"No supe qué decir. El pánico se apoderó de mí por completo. ¿Amar a un espíritu? ¿Qué significaría eso? ¿Dejar mi vida, mi familia, mi gente? ¿Vivir aquí, escondido, alejado de todo? La gente hablaría... mi familia sufriría... Lo miré y solo vi el abismo insalvable entre nuestros mundos. Le dije que era imposible. Que no podía ser, que no tenía sentido. Su rostro... se desvaneció. No con ira, ni con odio, sino con una tristeza tan profunda y absoluta que heló la sangre en mis venas. Se dio la vuelta y se fue sin decir una palabra más. Y supe, en el fondo de mi corazón, que lo había destruido."
Yo me estremecí de nuevo. El recuerdo de ese dolor, agudo y limpio como el filo de un cristal, seguía allí, intacto. No había sido un rechazo por desprecio, ni por falta de cariño, sino por miedo. Un miedo humano, comprensible, pero que en ese entonces, yo no pude entender ni perdonar en mí mismo.
K'ak' continuó leyendo, su voz ahora cargada de una pesadumbre que reflejaba perfectamente la de las páginas amarillentas.
"Han pasado semanas. Akbal no viene. He ido al claro todos los días, esperando, llamando en silencio, y solo encuentro silencio. Es como si el bosque mismo me hubiera dado la espalda, como si la naturaleza entera me hubiera cerrado sus puertas. Entonces, hoy... encontré la primera. Una Sak Nikte, blanca y perfecta, en el tronco hueco donde solíamos sentarnos juntos. No está él, pero está la flor. ¿Es un reproche? ¿Un recordatorio de lo que perdí? No lo sé. Solo sé que duele verla."
"Un año después. Las flores nunca han dejado de llegar. Nunca lo veo, nunca escucho su voz, pero cada amanecer o al atardecer, siempre hay una Sak Nikte fresca esperándome. He empezado a investigar, a leer viejos libros de leyendas y costumbres antiguas. Ahora entiendo. Lo que pasó... no fue un capricho. Para su especie, para los seres del bosque, una confesión de amor es un juramento eterno, un lazo que se hace para siempre. Al rechazarlo, no solo herí sus sentimientos... quebré un vínculo sagrado. Las flores... no son un reclamo. Son su manera de mantenerse fiel a ese juramento, incluso sabiendo que es imposible, incluso sabiendo que no hay respuesta. Son su amor, convertido en un acto silencioso y constante de lealtad. Y yo fui demasiado cobarde para verlo entonces. Demasiado humano para entender lo inmenso que era lo que me ofrecía."
K'ak' hizo una pausa larga, su respiración era entrecortada y pesada.
"Ya no voy al bosque. No tengo derecho. Mi presencia solo debe ser un dolor para él, un recuerdo de su fracaso. Es mejor dejarlo ir. Es lo único que puedo darle ahora: mi ausencia, para que pueda ser libre de mí. He pasado mi vida arrepintiéndome. Cada flor que veo es un recordatorio de mi cobardía. De él, el espíritu silencioso que, creo, me amó más allá de cualquier límite."