Un año había pasado desde la tormenta emocional que trajo consigo el diario de Nix. Un año de paz profunda, de días tranquilos y de raíces que se hundían firmes y fuertes en la tierra de nuestra vida compartida. "Raíces Verdaderas" ya no era un sueño o un proyecto, sino una realidad próspera y hermosa. Nuestra lista de espera para los talleres se extendía tres meses hacia el futuro, y la cabaña resonaba constantemente con las historias, las preguntas y las risas de quienes venían a buscar, a través de mis palabras y la organización impecable de K'ak', un hilo de la magia que este lugar una vez tuvo y que ahora nosotros revivíamos.
Una tarde de lluvia suave y constante, el sonido rítmico de las gotas golpeando el techo de zinc era una canción que llenaba todo el espacio. Yo estaba recostado en el sofá, envuelto en una manta gruesa de lana, observando una serie en la televisión que K'ak' había insistido en que viéramos juntos. Trataba sobre un grupo de niños que descubrían un mundo mágico y secreto en el bosque detrás de sus casas. Los pequeños actores, con sus voces agudas y su curiosidad infinita, corrían entre los árboles, sus risas como campanadas de cristal que se mezclaban perfectamente con el repiqueteo de la lluvia afuera.
Y entonces, una escena lo detonó todo. El niño más pequeño, de no más de cinco años, tropezaba y se caía al suelo, raspándose la rodilla. Su padre, un hombre grande con una sonrisa amplia y cálida, lo alzaba en brazos con facilidad, lo limpiaba con un cuidado infinito y le soplaba suavemente sobre la herida, haciendo que el pequeño olvidara instantáneamente el dolor y volviera a reír. La ternura absoluta del gesto, la confianza ciega del niño, la amorosa fortaleza del padre... fue como una flecha directa a un lugar de mi corazón que no sabía que existía, un lugar que hasta ese momento había permanecido dormido.
Una punzada de dolor, aguda y completamente nueva para mí, me atravesó el pecho. No era el dolor de haber perdido mi divinidad, ni el eco antiguo del rechazo de Nix. Era algo distinto. Era un anhelo profundo. Un vacío que tenía una forma muy específica.
Mis ojos se desviaron de la pantalla hacia K'ak', que estaba trabajando en su laptop en la mesa del comedor, la luz brillante de la pantalla iluminando su rostro concentrado y serio. Lo observé, realmente lo observé, como si fuera la primera vez: la curva de sus pómulos, la manera en que se mordía el labio inferior cuando estaba inmerso en un problema logístico, la fuerza tranquila y segura que emanaba de él solo por estar allí. Lo amaba con una ferocidad que aún, después de todo este tiempo, lograba sorprenderme. Y de repente, la pregunta surgió en mi mente con una claridad aterradora: ¿Y si a él le faltaba algo? ¿Algo que yo, por mi naturaleza actual, por mi origen, nunca podría darle?
La lluvia pareció intensificarse fuera, golpeando los cristales de la ventana como un tambor que marcaba el ritmo de mi creciente ansiedad. El aroma a tierra mojada y a leña quemándose en la chimenea, que normalmente me resultaba reconfortante y hogareño, ahora me parecía opresivo, pesado.
—K'ak' —dije, y mi voz sonó mucho más débil y temblorosa de lo que pretendía.
Él alzó la vista de inmediato, sus sentidos humanos perfectamente sintonizados con cualquier cambio en mi tono o en mi estado de ánimo. Cerró lentamente la pantalla de su computadora, dejando el trabajo a un lado.
—¿Sí, amor? —preguntó con suavidad, al notar mi expresión.
Tomé aire profundamente, buscando la manera de formular la pregunta sin revelar la herida que se estaba abriendo en mi interior en ese preciso instante.
—Esos niños... en la serie —comencé, señalando vagamente hacia la televisión, donde los personajes ya habían pasado a otra escena—. Son... entrañables. Tan llenos de luz.
Él sonrió, una sonrisa cálida y genuina que le iluminó los ojos.
—¿Ves? Te dije que te gustaría. Tienen esa energía... incansable, pura. —Su mirada se suavizó aún más, mirando hacia la ventana como si viera más allá—. A veces, cuando veo a los hijos de algunos clientes correteando por el jardín o persiguiendo a las mariposas durante los talleres, no puedo evitar sonreír. Tienen una forma de ver el mundo que es... mágica. Sin muros, sin prejuicios.
Sus palabras, aunque dichas con todo el cariño del mundo, fueron como sal vertida en mi herida recién abierta. "No puedo evitar sonreír". Ahí estaba. Confirmaba lo que yo más temía.
—Así que... —tragué saliva con dificultad, sintiendo cómo se me cerraba la garganta por la emoción contenida— ...te gustan los niños.
K'ak' se quedó quieto. Su sonrisa se desvaneció lentamente, reemplazada por una expresión de curiosidad y una leve preocupación. Podía sentir el cambio en su energía, un enfriamiento de la calma habitual al darse cuenta de que algo pasaba conmigo.
—Sí —dijo, midiendo bien sus palabras—. Me gustan los niños. Son... la vida en su estado más esencial. ¿Por qué lo preguntas, Axel?
Ya no podía contenerme más. El dolor, el miedo profundo a ser insuficiente, brotó de mí como un manantial que se desborda.
—Es solo que... —mi voz se quebró, y bajé la vista hacia mis manos, estas manos humanas que podían sentir la savia de las plantas y curar heridas, pero que sentía vacías— ...yo nunca podré darte eso. Nunca podremos tener un hijo que lleve tu sonrisa, o tus ojos, o... tu forma de ser. —Una lágrima caliente escapó de mis ojos y cayó sobre la lana de la manta—. Y sé que no es tu culpa, ni la mía, es solo... biología. Naturaleza. Pero duele. Duele pensar que, por estar conmigo, por elegirme a mí, estás renunciando a algo tan grande, tan natural.
El silencio que siguió fue profundo, solo roto por el repiquetear constante de la lluvia y el crepitar del fuego en la chimenea. K'ak' se levantó de la mesa y cruzó la habitación con pasos lentos y seguros. Se arrodilló frente al sofá, a la altura de mis ojos, y tomó mis manos entre las suyas. Sus palmas eran cálidas, firmes y reconfortantes.