Dos años. Dos años habían pasado desde aquella tarde lluviosa en la que la semilla de la paternidad había brotado en nuestros corazones. Dos años de un viaje largo y transformador que había cambiado nuestra cabaña y, sobre todo, nuestras almas. El proceso había sido, tal como K'ak' predijo, largo y complejo: una maraña interminable de formularios, evaluaciones psicosociales, entrevistas, visitas y una paciencia que a veces creíamos no tener, pero que habíamos descubierto que poseíamos en abundancia. Habíamos desempolvado y contado la "versión" de mi pasado, presentándome como un joven sobreviviente de una comunidad aislada y olvidada, una historia que, con el tiempo y la consistencia, había adquirido la solidez y la patina de la verdad.
Pero la mayor transformación había sido física, visible para todos. Con la ayuda de un carpintero de la localidad, habíamos ampliado la cabaña con nuestras propias manos y sudor. Donde antes solo había un estudio lleno de libros, ahora había una nueva habitación, pequeña, acogedora y bañada por el sol de la mañana. K'ak' había pintado las paredes de un suave color verde menta, el color exacto de los nuevos brotes que nacen en primavera. Yo, con esas mismas manos que una vez convocaban tormentas y hablaban con la tierra, había tallado suaves formas de animales del bosque en el cabecero de la cuna de madera maciza que habíamos comprado juntos. Móviles artesanales hechos con hojas secas, plumas y semillas giraban lentamente con la brisa que entraba por la ventana abierta. La habitación olía a madera de pino, a pintura fresca y a la esperanza más pura y dulce que jamás nósotros habíamos contenido.
Y hoy... hoy era el día.
El aire en el coche era denso, cargado con el aroma del desinfectante neutro de la lavandería —habíamos elegido nuestras prendas más suaves, colores tierra y tranquilos— y con el nerviosismo agrio que se escapaba de nuestros poros. Yo miraba fijamente el paisaje urbano que pasaba por la ventana, tan ajeno a mí, sintiendo la ansiedad y el pulso acelerado de K'ak' a través del asiento. Su mano, que descansaba sobre la palanca de cambios, tenía los nudillos blancos de tanta fuerza.
—Respira, amor —dijo él, por décima vez, más para sí mismo que para mí—. Solo vamos a conocerles. No es una decisión definitiva hoy. Solo un encuentro.
—Lo sé —murmuré, mis dedos acariciando la textura suave de mi nuevo jersey de lana—. Pero... ¿y si no le gustamos? ¿Y si no conectamos?
K'ak' lanzó una risa corta y nerviosa, pero llena de ternura.
—Axel, has hechizado a medio pueblo con tus historias del bosque y tu forma de ser. Un niño no será rival para ti.
Pero yo sabía que no se trataba de hechizar ni de gustar. Se trataba de reconocer. De encontrar ese hilo invisible que une un alma con otra, ese lazo que nos había unido a nosotros desde el principio.
La casa hogar era un edificio bajo, pintado de blanco, con un jardín bien cuidado pero impersonal, sin vida propia. El aire en el interior olía a comida institucional, a cera para suelos y a un limpiador fuerte que intentaba, sin éxito, enmascarar el aroma subyacente de tristeza, pérdida y esperanza a la deriva. Una trabajadora social de sonrisa profesional pero ojos cansados, la señora Anahí, nos guió por un pasillo de paredes desnudas y silencio contenido.
—Hoy les presentaremos a dos niños que, creemos, podrían encajar muy bien en el perfil de familia que ustedes buscan —explicó con una voz suave y medida—. Recuerden, sean naturales. Son ellos quienes, en gran medida, también los eligen a ustedes.
Nos dejó solos en una sala de visitas pequeña, con muebles de plástico coloridos y dibujos infantiles pegados en las paredes con cinta adhesiva. La luz era artificial, fría y blanca. Nos sentamos en un pequeño sofá, nuestras rodillas casi tocándose por la cercanía y el nerviosismo. El silencio entre nosotros era eléctrico, cargado de todo lo que sentíamos.
La puerta se abrió.
La señora Anahí entró primero, con una sonrisa más cálida y humana. Detrás de ella, asomándose y aferrándose con fuerza a su falda, venía una niña pequeña, de tal vez cuatro años. Tenía el cabello negro y rebelde, recogido en dos colitas desparejas, y unos ojos enormes, rasgados y del color de la miel oscura, que nos escudriñaban con una mezcla de curiosidad y cautela absoluta. Se llamaba Luna.
—Hola, Luna —dijo K'ak', su voz se transformó de inmediato, convirtiéndose en un susurro suave y calmado, el mismo tono que usaba con los animales asustadizos del bosque.
La niña no respondió. Su mirada se posó completamente en mí, y yo sentí un vuelco enorme en el estómago. No dije nada. No hice gestos bruscos. Solo intenté proyectar calma, una quietud que invitara, no que abrumara. La señora Anahí la animó a sentarse en una mesita baja con crayones y hojas de papel. Ella se acercó lentamente, sin apartar los ojos de nosotros ni un segundo.
Los siguientes veinte minutos fueron un baile delicado y silencioso, una danza de miradas. K'ak' le hablaba suavemente, preguntándole sobre sus dibujos, sobre qué colores le gustaban. Ella solo asentía o negaba con la cabeza, muy seria. Yo, desde mi lugar, tomé un lápiz y dibujé en un papel una flor de sak nikte, detallando cada pétalo con mucho cuidado y amor. Cuando terminé, deslicé el dibujo suavemente hacia el centro de la mesa, sin presionar.
Luna miró el dibujo, luego me miró a mí. Por primera vez, su expresión de cautela se suavizó un milímetro. Señaló la flor con un dedo regordete y pequeño.
—Blanca —dijo, su voz era solo un hilo de sonido, casi un suspiro.
—Sí —respondí, y mi corazón latió con fuerza contra mis costillas—. Es una sak nikte. Florece solo al atardecer, cuando el sol se esconde.
Ella asintió, seriamente, como si yo le hubiera confiado un gran secreto que solo ella podía entender. Volvió a sus crayones, pero ya no nos ignoraba. Nos observaba de reojo, una pequeña espectadora en nuestro tranquilo drama.