Sak nikté

Epílogo

Punto de vista: Mateo (hijo de Axel y K'ak')

El día que todo cambió para siempre, yo tenía veintitrés años. Estaba en mi pequeño departamento en la ciudad, rodeado de libros y anotaciones, terminando los últimos detalles de mi tesis universitaria, cuando un presentimiento frío, tan claro y agudo como el sonido de una campana antigua, se apoderó de todo mi ser. Era una sensación de vacío repentino, un silencio absoluto en un lugar donde siempre, toda mi vida, había habido una melodía de fondo.

Sin pensarlo dos veces, dejé todo tirado, tomé mi coche y conduje hacia la cabaña a toda velocidad, con el corazón golpeándome las costillas con un ritmo frenético de pánico y despedida.

Al llegar, supe de inmediato que tenía razón. Todo estaba demasiado quieto. No había humo saliendo de la chimenea. No se escuchaba música ni el sonido de sus voces discutiendo amablemente.

Los encontré en el viejo sofá de la sala, el mismo donde años atrás, papá Axel le había confesado su miedo a no ser suficiente a papá K'ak'. Estaban abrazados, tal como vivieron siempre. K'ak' tenía la cabeza recostada plácidamente en el hombro de Axel, y una sonrisa de paz absoluta, la más profunda y serena que jamás había visto, estaba grabada en su rostro. Axel tenía una mano entre el cabello de K'ak', acariciándolo suavemente como solía hacer, y con la otra sostenía un viejo dibujo de sak nikte que yo mismo había hecho cuando era pequeño. No había lucha en sus expresiones. No había dolor ni sufrimiento. Solo una serenidad final, como si simplemente se hubieran quedado dormidos en medio de un sueño perfecto, abrazados para siempre.

Ambos tenían cuarenta y ocho años. El médico, desconcertado, dijo luego que había sido un fallo cardíaco simultáneo, algo tan estadísticamente raro que solo podía describirse como un milagro o un pacto. Yo lo supe, en el fondo de mi alma, que había sido esto último. K'ak' no podía vivir en un mundo donde Axel no existiera, y Axel no querría despertar ni un solo amanecer sin él a su lado. Se fueron juntos, tal como vivieron: entrelazados, completos, siendo uno solo.

La camioneta crujió y se sacudió al tomar el camino de tierra familiar. Después de semanas en la ciudad, entre el humo grisáceo del tráfico y el zumbido constante de las luces fluorescentes del laboratorio, cada bache y cada salto del vehículo me sabían a hogar. Bajé la ventana por completo, dejando que el aire fresco, cargado del olor a pino y tierra húmeda, entrara a limpiar mis pulmones y, de paso, la niebla rutinaria y estresante que siempre se me pegaba a la piel en la ciudad.

Al doblar la última curva, la cabaña apareció entre los árboles, sólida, acogedora y serena como siempre, como si el tiempo se hubiera detenido allí. Y allí, en el umbral de la puerta, estaba Luna. No necesitaba ver su rostro para saber que era ella; su postura, erguida, tranquila y arraigada como el viejo roble que crecía en el jardín, era suficiente para reconocerla a kilómetros. Bajé del auto con una sonrisa que se formó sola en mis labios, aligerándome el alma.

—¡Oye, hermana! —grité, sacando las bolsas de comestibles de la parte trasera—. Traje refuerzos para tu ejército de almas perdidas y curiosas.

Ella se rió, y ese sonido suave, profundo y musical siempre me recordaba a papá K'ak' cuando estaba particularmente divertido o orgulloso.

—¿Y qué tal la batalla contra los microbios malignos y las células rebeldes? —preguntó, acercándose para tomarme una de las bolsas pesadas con facilidad.

—Ganando, poco a poco —suspiré, siguiéndola al interior de la casa—. Aunque a veces extraño la simpleza de este lugar. Aquí, si una planta estaba enferma o seca, papá Axel solo tenía que tocarla y ya lo sabía todo. Yo, en cambio, necesito un microscopio, cultivos de laboratorio, reactivos químicos y tres días de análisis para llegar a la misma conclusión.

La cabaña olía exactamente igual que siempre: a hierbas secas colgadas del techo, a leña recién cortada y a ese algo indefinible, una mezcla de recuerdo y esencia que era puro hogar. Era como si el tiempo aquí se moviera más lento, resistiéndose tercamente a borrar su esencia o a cambiar lo que ya era perfecto.

—Él no lo hacía por magia, Mateo —dijo Luna, dejando las bolsas sobre la mesa de madera de la cocina, con esa calma sabia que siempre la caracterizó—. Lo hacía por conexión. Tú tienes tu propia manera de conectar con la vida, eso es todo. Solo es diferente.

—Sí, ya... con tubos de ensayo y centrífugas —refunfuñé, pero con mucho cariño, mientras la observaba moverse por la cocina como si flotara.

Me sirvió una taza de té de algo que olía a bosque después de la lluvia, a menta y tierra mojada, y salimos juntos al patio trasero. El sol de la tarde teñía todo el jardín de tonos dorados y naranjas. Nos sentamos en los viejos escalones de madera, el mismo lugar donde papá K'ak' nos enseñó a atarnos los cordones y a distinguir las aves, y donde papá Axel nos señalaba las constelaciones y nos contaba historias cuando el cielo se oscurecía.

—¿Y cómo te fue con el taller hoy? —pregunté, observando cómo la luz del atardecer jugueteaba con el móvil de hojas secas y plumas que aún colgaba en el porche, girando suavemente con la brisa.

Un brillo especial, casi místico, iluminó los ojos oscuros de Luna.

—Fue... especial —admitió, con una sonrisa suave—. Había una mujer, muy escéptica y tensa al principio, que de repente, en medio del ejercicio de conexión, sintió el latido de la tierra bajo sus pies. Fue como ver una chispa encenderse en la oscuridad. Fue hermoso, Mateo.

La miré con atención. Había algo en ella que se había fortalecido con los años: una calma profunda, una seguridad absoluta que no siempre había tenido cuando éramos pequeños. Llevar el legado de "Raíces Verdaderas" no era una carga para ella; era su propia naturaleza, lo que estaba destinada a ser.

—Ellos estarían tan orgullosos de ti, Lunita —dije, y la voz se me quebró un poco al usar el apodo cariñoso que papá Axel le había puesto desde el primer día.



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En el texto hay: mayas, bl juvenil, yucatán

Editado: 09.08.2026

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