Así que nos fuimos, el trío de inadaptados, hacia nuevas aventuras. Todavía recuerdo cuando los tres subimos una montaña (sin permiso de nuestros padres; igual, cuando llegamos a casa, nos dieron tremenda gritada) de los tan famosos Andes peruanos.
De tan solo pensarlo ya me dio frío. Luego Camila y yo montamos un pequeño y salvaje burro, que apenas nos subimos ya nos quería botar. ¡Ay, pobre de ella! Se había caído feo, pero yo no, porque me agarré fuerte de la melena apestosa y áspera del burro.
En nuestra nueva travesía, primero pasamos por la salvaje cama saltarina. Pero se preguntarán: ¿por qué un trío de adolescentes se subiría a una cama saltarina? Pues POR LA DIVERSIÓN, aunque eran infaltables los pequeños golpes de batalla (mi prima y yo nos dimos un fuerte cabezazo).
Y Omar y yo nos estábamos lanzando miradas coquetas de vez en cuando. Siguiendo con nuestra aventura, pasamos por la pista de baile y, atravesando a ‘las fieras salvajes de la fiesta’, ¡llegamos al billar!
Pero para nuestra mala suerte, había unos villanos por vencer. Mis tíos suelen ser divertidos, pero cuando se emborrachan todo cambia, y queríamos jugar tranquilos en el billar.
—¿Qué hacen aquí, *hip*, mocosos? —gritó uno de mis tres tíos, con voz ebria y molesta.
—*Ejem* Disculpen, queridos tíos. Queremos saber si podemos jugar con ustedes —respondí con calma y educación.
—¡Jajá! ¿Ustedes creen que podrán ganarnos? ¡Hagamos una apuesta! —dijo mi tío con una risa peligrosa.
—Ok, que gane el mejor trío —respondí con seguridad.
Íbamos ganando, pese a nuestra edad. Las bolas parecían bailar sobre la mesa, como si fuera una obra llena de acción, sobre todo cuando mis tíos se ponían tramposos.
Omar y yo seguíamos cruzando miradas coquetas en cada ronda. Era bonito… esa electricidad en la espalda. Solo quedaba la última bola. Ganar o quedar en ridículo frente a todos. Porque ya corría el rumor de nuestra apuesta en el billar.
Así que yo no me dejaría pasar tanta vergüenza, más aún sabiendo que ahí estaba mi mamá hablando con mis tías, como siempre. Ya tenía la bola en la mira; mis primos habían puesto su confianza en mí para la victoria. Sabía en qué hoyo meterla. Le di justo al centro. Sentí que todos me estaban viendo.
¡Ay, qué nervios! Esto no es solo un juego, es la guerra. La bola parecía detenerse; avanzaba tan lento. Una parte de mi familia gritaba mi nombre; la otra ya celebraba con mis tíos su supuesta victoria. ¿Por qué esa bola no se decidía? Al final, entró en el hoyo: la última bola del billar. Sentí una alegría tan grande que no me cabía en el pecho y solo quería verlo a él. Entre el alboroto, repartieron los platos de comida: la clásica pollada de cumpleaños.
—Kim, ¿nos vamos? —me preguntó con voz dulce e inocente. Asentí con la cabeza; no podía negarme a estar al menos unos minutos a solas con él. Así que fuimos al comedor, donde no había nadie.