Kim? ¿Hola? ¿Hola? ¡KIMM, RESPONDE! ¡HE ESTADO HABLANDO CONTIGO DESDE HACE 5 MINUTOS! —se escuchaba una voz saliendo de mi celular en mi oído derecho.
—¿Qué? ¿Quién es? —parecía que acababa de salir de un trance y no tenía idea de quién era la voz o dónde me encontraba.
—¡Soy yo, Abel! ¿Acaso me vas a decir que olvidaste a tu mejor amigo?!
—¡No puede ser! ¿No me digas que estábamos en plena llamada y no te respondí durante 5 minutos?
Estaba en el carro dirigiéndome a la iglesia para celebrar el año nuevo con mi hermano, ya que mi papá iba a trabajar y mi mamá no estaría presente como suele hacerlo. Sin embargo, él estaba dormido y no escuchaba nada de mi escena dramática.
—¡SÍ, OYE! Y NO ME DEJASTE TERMINAR EL CHISME. ¿No me digas que de nuevo estabas pensando en Omar?
—Sí, lo siento. Pero no quiero hablar de eso ahora, porque faltan pocas horas para... ¡AÑO NUEVO!
—Sí, es mejor que no lo sigas recordando a pocas horas de que termine el año. EN SERIO, AMIGA, QUIÉRETE.
—¡AY, YA ESTÁ BIEN, NO ME GRITES!
¡La Brasil baja! *dice el conductor*.
—Oye, te escribo más tarde, ya voy a bajar.
—Sí, disculpa por no ir, tenía que estar con mis abuelitos.
Mientras caminábamos por las calles de Pueblo Libre, en la Avenida Brasil, mi hermano y yo nos dirigíamos a la iglesia cuando escuché un sonido tintineante en el suelo. Al mirar, descubrí una moneda con la cara hacia arriba. Este hallazgo me llenó de esperanza, convenciéndome de que este año sería diferente a los anteriores.
Se iba a realizar una vigilia especial para dar la bienvenida al Año Nuevo, despidiéndonos de 2024 y de todas las experiencias difíciles que había enfrentado, cosas que aún no había logrado superar. Así que, con el nuevo año, llegaba una nueva vida y todo lo demás quedaría en el pasado. Al llegar, esperamos hasta las 11:59 y entonces comenzó la cuenta regresiva.
Cada segundo que pasaba, recordaba los momentos vergonzosos que viví después de la ruptura con Omar, como cuando casi me caí de las escaleras al verlo (él abrió la puerta de repente y vive en el tercer piso) y en la fiesta de cumpleaños de su sobrino donde los tres parecíamos extraños. No podía evitar preguntarme: ¿Qué pasaría esta vez?
El conteo continuaba*: 10, 9, 8, 7, 6... Ya le estaba enviando mis felicitaciones a mi papá por chat: 5, 4, 3, 2, 1.
Entonces, comenzaron a repartir las tradicionales uvas. Mi deseo era simple: que todo volviera a ser como antes, cuando los tres no estábamos en conflicto ni distanciados. Además, como son familia de mi mamá y prácticamente adoptaron a mi tía, mi papá prefiere que no pase mucho tiempo con ellos.
Así que decidí salir un rato para disfrutar de los fuegos artificiales y reflexionar. Justo estaba lloviendo, mi escenario favorito. A muchas personas no les gusta la lluvia, pero a mí me encanta. Este año cumplo 18 años y coincide con el 31 de diciembre, así que ¡feliz cumpleaños a mí misma! Es como si todos quisieran que mi cumpleaños terminara y lo olvidaran por estar ocupados con la cena de Año Nuevo y demás.
Todavía recuerdo las cenas familiares. No conozco bien a mi familia paterna porque nos reunimos muy pocas veces; su prioridad principal es el trabajo. El delicioso aroma del chanchito asado, la ensalada blanca y la diversión de prepararlo todos juntos, compartiendo anécdotas y haciendo bromas.
A las 12:00, la clásica guerra de cohetes estallaba entre todos los primos, donde mis tías gritaban y, inevitablemente, uno siempre terminaba herido. Pero no las culpo, ya que nosotros también nos lanzábamos sartas entre si; el que recibía el impacto era el perdedor. Cada uno compraba su propio encendedor y varios cohetes, y nuestras bolsas siempre estaban llenas.
Y cuando era de madrugada, y mientras no podíamos dormir, mis tíos y tías yacían profundamente dormidos tras una intensa borrachera. Y con el maquillaje de mis tías les dábamos un toque de belleza. A veces, incluso les pegábamos uñas postizas con Trix, siempre bajo la promesa de no contarle a nadie sobre nuestras travesuras. Les poníamos una alarma a las 6:00 a.m.
Ay, pobres de mis tíos. Cuando se levantaban, parecían ogros. Hacían tanto escándalo que mi abuelita los regañaba, y lo peor era verlos como travestis. Nosotros solo activábamos una vieja cámara del tío Lucas, que también formaba parte de ese trío de borrachos (los mismos con los que competimos).
—Oye, rarita, ¿Qué haces aquí tan sola? Está haciendo frío, te vas a resfriar—. Alguien se acercó a hablarme, me sonaba un poco familiar la voz.
—¿Qué te pasa? ¿Quién te crees para hablarme así?—
Así que me di la vuelta y, al verlo, era Omar. No sabía qué decir, así que dijimos al mismo tiempo y sorprendidos:
—¿Omar? —¿Kim?
—¿Quién es Omar? Soy César, y tu hermano me dijo que te llevara adentro.
Era César, un niño que conocí en la escuela dominical de mi iglesia. Era ese típico niño molestoso. ¡Qué vergüenza! ¿POR QUÉ TENÍA QUE PARECERSE TANTO A ÉL? Era como su vivo retrato. Comencé a examinar sus manos y a mirar detenidamente su rostro, que parecía de cavernícola.
—¿Qué haces, loca? Ya vamos—. Me tomó del hombro y comenzó a llevarme adentro.