Entonces fue ahí donde mi mente se quebró.
César intentaba calmarme; había escuchado todo. Yo me quedé paralizada por un buen rato, sin saber qué hacer ni qué decir. Sentía que el tiempo avanzaba demasiado rápido y, aun así, todo a mi alrededor estaba en silencio.
—Por favor… cambie la ruta al hospital —le dije al conductor, con la voz temblorosa.
No estaba tan lejos, pero cada segundo dolía; quería llorar… pero me daba vergüenza hacerlo en público. Y entonces, como un castigo, los recuerdos comenzaron a llegar.
Estábamos en casa de mi tía. La fiesta ya había terminado.
Mi mamá insistía en llevarme a casa, hablándome como si nada hubiera pasado, como si fuera una “buena madre”.
—Marta, ya deja de actuar —le dije, evitando mirarla—. Sé que no te importo. Mejor déjame irme a donde sí me quieren.
—Hija, cómo puedes creer eso?
—¿En serio preguntas eso? Me hiciste pasar un momento horrible. Todos estaban fumando y tomando… y tú con ellos. Se nota que no has cambiado nada.
—Pero hija, yo solo quería que vieras a tu familia, a tus primos…
—¿Así me querías ayudar? Pues te salió perfecto.
Y ya no quiero que me llames hija… porque tú no eres mi madre.
Mi voz se volvió más dura, más fría.
—Incluso cuando estabas embarazada de mí… tomabas.
—Perdóname por no haber estado ahí… —tosió débilmente.
—No basta. Ya no te creo.
Nos abandonaste a mí, a mi hermano y a mi papá. ¿Sabes cómo la pasé estos siete años?
Sin mamá.
Sin alguien que estuviera en mis presentaciones.
Sin alguien que me ayudara cuando crecí.
Sin nadie que me defendiera.
Mi voz tembló… pero no me detuve.
—Ahora ya no te necesito…
Preferiría que estuvieras muerta.
—Kimder… espera… perdóname…
Ese recuerdo no dejaba de repetirse en mi cabeza.
Una y otra vez.
Como si alguien me obligara a escucharlo.
El autobús se detuvo, habíamos llegado, bajamos rápidamente. Pablo estaba desesperado, hablando con los médicos. César seguía con nosotros, aunque le dijimos que no era necesario.
El pasillo estaba lleno de gente. Todos con el mismo rostro de preocupación.
—¿Familiares de Marta Rivera? —preguntó una enfermera.
—Sí —respondimos.
—Tuvo un accidente automovilístico, debido a que consumió alcohol.
Sentí que el aire desaparecía.
Nos dijeron que podíamos pasar… pero solo entró mi hermano, yo no pude, mis piernas no respondían.
—Kim… tienes que verla —dijo César con suavidad—. ¿Qué pasa?
—Yo… le dije cosas horribles —respondí, sintiendo cómo mi voz se rompía—. En el cumpleaños… la traté muy mal.
—No eres la única que guarda rencor —dijo él—. Hay personas que nunca tuvieron la oportunidad de pedir perdón… porque ya era tarde.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—El rencor no te deja en paz —continuó—. Solo te destruye por dentro.
Tu mamá sigue viva… aprovecha eso.
Y entonces… lloré.
Después de tanto tiempo… lloré frente a alguien.
—Yo… le desee la muerte… —dije entre sollozos—. No sé cómo mirarla a los ojos.
—Entonces no pierdas más tiempo —respondió—. Ve con ella.
—¿Me acompañas…?
—Claro.
Entré.
Cada paso pesaba. Y ahí estaba.
Acostada en una cama de hospital. Conectada a máquinas. Frágil… como nunca la había visto.
—Kim… der… —dijo con voz débil.
Sentí que algo dentro de mí se rompía por completo.
—Mamá… perdóname —dije, llorando—. Fui una mala hija. Te dije cosas horribles… no las sentía…
Ella me abrazó con lo poco que podía moverse.
—Tranquila, hijita… —susurró—. Yo te amo… siempre te he amado.
La que debe pedir perdón soy yo… por no haber estado contigo.
Me aferré a ella.
Como si fuera la última vez.
—Mamá… pensé que era mi culpa… —dije—. ¿Qué pasó?
—Solo bebí de más… y no vi el poste… pero estoy bien…
Nos despedimos, pero antes de irme, la enfermera me detuvo.
—Estas son sus pastillas. Tiene Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica… por el consumo de tabaco. Está en una etapa avanzada.
Sentí un vacío en el pecho.
Entonces volvimos a casa, César vio el momento tenso e intentaba aligerarlo
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Recordé un artículo médico: el EPOC no perdona, es un camino sin retorno. Mi madre acababa de volver a mi vida y, al mismo tiempo, el reloj ya estaba en cuenta regresiva
César seguía ahí. Curioseando en mi cuarto. Yo solo quería descansar… olvidarme de todo.
Entonces—
CRASH.
—¡OYE! ¡ROMPISTE MI MACETA! —grité.
La maceta estaba en el suelo.
La tierra… esparcida.
Y Blerd…
—Cuidado… no retrocedas…
Pero ya era tarde.