Este día empieza horrible.
Me levanté, hice una oración y me fui al colegio. Desde el domingo no dejo de recordar todo lo que pasó el sábado. Aproveché para darle un entierro digno a Blerd; sé que era solo un pequeño chanchito de tierra, pero tenía un enorme significado para mí. La idea de saber que ya no está, y que fue por culpa de César… alguien a quien llegué a tomarle mucha confianza.
Sé que fue un accidente. También reconozco que ese sábado fue un día muy duro y que él me apoyó mucho. No sé si lo hace esperando algo a cambio o si realmente me considera alguien importante.
Con mi mamá me siento un poco más aliviada, pero fueron demasiadas cosas en un solo día. Solo quisiera poder contárselo a Dios, en quien más confío ahora… o si no, a mi papá o a Abel.
Pero mi salón tampoco ayuda.
Se supone que ya estamos en quinto, el último año, y deberíamos ser más unidos. Afortunadamente, Abel está ahí para mejorar mi ánimo. Le conté lo sucedido, pero él solo buscaba formas de solucionarlo. No me dio palabras de aliento, solo me dijo que podríamos ver una película o comer algo dulce.
Le dije que mi casa estaría disponible para hacer ambas cosas.
Reconozco que él no es César, pero en momentos serios piensa parecido a mí, y cuando se trata de motivar, es perfecto… aunque ahora no sé si, al volver del colegio, quiera hablar con él.
Siento mucho frío.
De la nada, pasamos del calor de marzo a un frío inmenso, como si el clima también estuviera en mi contra. Luego Abel y yo jugamos UNO en la ausencia del profesor. Mi salón es horrible y ruidoso cuando no hay autoridad, y aun así los profesores nos califican como el mejor salón. Mis compañeros incluso se jactan de eso.
Entonces… ¿cómo serán los otros salones?
Antes nada de esto era así.
Solo quería llegar a casa para contarle todo a mi papá. Él siempre encontraba la forma de apoyarme, y me gustaba compartirle mis cosas.
Pero cuando llegué, lo encontré hablando con un “amigo”.
—Pero estuvieron casados por varios años… ¿y ahora ya no la extrañas? —dijo su amigo.
—Claro que la extraño, pero uno, a veces, cuando crece, se arrepiente de cosas que hizo… y de otras que no hizo en su juventud —respondió mi papá.
—Oye, y tu hijita es igualita a esa mujer.
—Sí… lo peor es que siempre me hace recordarla. Y la otra vez fue a visitarla al hospital… a Marta. Para mí que esas dos son igualitas.
—JAJA, esperemos nomás que no tenga un enamoradito.
—Eso espero. Solo tiene a su amigo el “gay” y un chico que para pegado a ella… pero me va a conocer cuando esté en algo con ese tal César.
Sentí como si algo dentro de mí se rompiera.
Mi papá siempre me vio como la copia exacta de mi mamá… y yo que siempre lo apoyé. Pensé que me quería, pero ahora no sé si solo lo hacía por obligación.
Ya no sé en quién confiar.
Mi mente y mi voz se mezclaban; todo lo que pensaba parecía salir sin control. Mi respiración se aceleraba, todo a mi alrededor desaparecía, y me sentía sola… muy sola. Como si nadie pudiera venir a consolarme.
—Dios… ayúdame. No sé si esta sea una prueba de mi lealtad hacia ti, pero duele mucho. Es un peso enorme… una mala noticia tras otra. No sé cómo este día podría empeorar más. Aun así, seguiré confiando en ti… porque siento que ya no me queda nadie más en quien confiar. Mi vida y todo mi ser son tuyos. Amén.
Luego me desplomé en mi cama.
No sé si esperando que alguien viniera… o simplemente dejar de sentir.
Me quedé dormida.
Y así terminó otro día igual de pesado y estresante.
No sé qué me espera mañana… o pasado.
Pero seguiré firme en mi fe.