Salto De Fe (#2)

Capitulo 25

Capítulo Veinticinco: "Te Amo"

KENJI HILXMAN

Entré al departamento con los hombros cargados, como si llevara sobre mí una losa invisible que me aplastaba cada paso. La tensión parecía haberse incrustado en cada fibra de mi ser, y el peso de la incertidumbre y el miedo me ahogaba. Sentía como si, en vez de salir un momento para ver a mis hermanos en el hospital, hubiera atravesado una maratón interminable de treinta horas sin descanso, trabajando contra reloj, contra el tiempo, contra la muerte. Porque eso era lo que había estado en juego: una vida, o más de una. Un parto múltiple con el fantasma de la pérdida acechando cada instante.

Todavía no podía procesarlo. Ella estaba viva. Contra todo pronóstico, la realidad desafiaba los informes fríos y médicos, los susurros en pasillos blancos, y el temor que nos había carcomido a todos.

Su corazón latía, lento pero persistente, como un guerrero cansado que se niega a rendirse. Sus pulmones se movían con esfuerzo, tomando cada aliento como un regalo, resistiendo la tormenta que había sido el parto.

No me quedé para verla. Sabía que no necesitaba más imágenes que me desgarraran el alma. Sebastián parecía haber recuperado un brillo de cordura, suficiente para que ellos se las arreglaran sin mi intervención. Eso me dio la excusa para escapar, aunque el escape no fuera para alivianar mi mente, sino para contener la tormenta que sentía en mi pecho.

Dejé caer las llaves con un golpe sordo sobre la mesa junto a la entrada. Caminé hasta el sofá más cercano y me dejé caer boca abajo, como si el peso del mundo necesitara descargarlo sobre ese simple mueble. Me quité los zapatos con los pies, sintiendo un alivio pequeño pero necesario. Solté un suspiro tan profundo que parecía querer sacar todo el aire de mi cuerpo, pero la opresión en el pecho no cedía. La tensión me estrangulaba, me ahogaba, me hacía sentir que el corazón se me rompía en pedazos y a la vez latía desbocado, desordenado, como si quisiera salirse del pecho para escapar del dolor.

Intenté hundir mi rostro en el cojín, buscando un refugio donde poder al menos cerrar los ojos, pero el cansancio y el estrés me mantenían en una vigilia amarga. Quise soltar una maldición en alto cuando la voz de Fabiola me alcanzó, atravesando el silencio del departamento.

—¡Mi amor! —ronroneó, esa voz que me atravesaba en medio de la tormenta.

Mordí el labio inferior, intentando contener una sonrisa que no estaba seguro de poder sostener. Me senté en el sofá y le dediqué una sonrisa tierna, aunque más falsa que el esfuerzo de no rodar los ojos.

Ella vestía una de mis camisas, que le quedaba tan grande que parecía envolverse en ella. Su vientre, redondo y firme, se destacaba bajo la tela blanca, y una mano lo sostenía con cariño y protección. Su rostro y cabello estaban cubiertos de harina, vestigios de sus horas en la cocina. Había dejado de teñirse ese rojo fuego intenso que tanto insistía en usar —por el embarazo— y ahora su cabello era un castaño cálido con destellos rojizos apagados, ese tono que me había robado el corazón desde el primer día.

—Gatita —le susurré con sinceridad, esta vez sin fingir, porque la veía tan adorable y hermosa que el amor me desbordaba.

Cuando la llamada de uno de mis hermanos llegó, Yo estaba en el hospital, inmerso en mi turno, y Fabiola no parecía sentir la guerra que yo había vivido en esas horas, no parecía querer arrancarme la cabeza por haber ido con ellos, y eso me aliviaba de sobre manera. Porque ella ahí estaba, firme, sonriente, en calma y no dispuesta a provocar una tormenta.

Fabiola relamió sus labios con delicadeza y pasó una mano por su rostro, esparciendo aún más harina. No pude evitar soltar una risa ronca, y me levanté para acercarme a ella. Con las mangas de mi camisa, limpié sus mejillas con ternura, mientras su mirada me atravesaba con una dulzura que me hizo respirar un poco mejor.

—¿Te fue bien en el trabajo? —canturreo, observando cómo sus ojos brillaban, a pesar de la harina y el cansancio.

Besé su frente con ternura y asentí, acariciando su mejilla con el pulgar, intentando transmitirle con ese gesto todo mi cariño.

—¿Y tú, qué hacías, mi vida? —pregunté, y ella soltó una risita dulce que iluminó el departamento.

—Galletas —respondió, inflando el pecho orgullosa mientras me miraba a los ojos con una adoración que me derritió.

Reí mientras lamía la harina de su mejilla, y ella se sonrojó, frunciendo el puchero que solo la hacía aún más dulce.

—De chispas de chocolate —adiviné, guiado por el sabor y el olor que flotaba en el aire.

—Adivinaste, mi amor —murmuró rodeando mi cintura con un brazo, y sentí cómo la tensión que me había estrangulado parecía aflojar poco a poco—. Pero antes, a cenar —me advirtió inflando las mejillas, como una ardilla preciosa cargada de bellotas.

No pude resistirme a presionar su rostro con mis manos, sonriendo con ternura y honestidad. Besé la punta de su nariz, y ella soltó una risita mientras aferraba sus manos a mis costados, disfrutando ese momento de paz.

—¿Ya tienes todo listo o prefieres que cocine? —pregunté, acariciando su espalda con suavidad.

Ella cerró los ojos, como si se derretiera bajo mi tacto. Mi sonrisa se amplió, agradecido por esa conexión que me sostenía.

—Ya tengo todo listo —dijo con un tono orgulloso y feliz, apoyando la cabeza contra mi pecho. Besé su cabello con delicadeza.

—¿Ah, sí? —musité, acariciándola, y ella asintió con seguridad.

—Preparé pasta, pan francés y ensalada César —murmuro con ternura, mirándome con sus ojos miel brillando con dulzura.

La observé, sintiendo que esa era la Fabiola que amaba: tranquila, tierna, luminosa, y dulce, incluso cubierta de harina y en medio del caos cotidiano.

Por un momento, el mundo se detuvo y el cansancio desapareció, reemplazado por una paz cálida y profunda. Su presencia era el ancla que me mantenía firme, y en ese instante sin decirlo en voz alta, supe que por ella, por nuestro niño, por la familia que estábamos construyendo, iba a luchar con todo mi ser por "nosotros".




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