Salto De Fe (#2)

Capitulo 26

Capítulo Veintiséis: “ Entre risas y pataditas ”

KENJI HILXMAN

Cenamos con calma, entre risas dulces y conversaciones que, por primera vez en semanas, no estaban cargadas de tensión, miedo o enojos. Fabiola se reía con esa vocecita suave que me hacía temblar el pecho. Tenía tanto tiempo sin verla así… tan tranquila, tan serena.

La miraba mientras hablaba, mientras comía despacito y se limpiaba los labios con delicadeza. Era como ver una versión más luminosa de la mujer fuerte y valiente que había aprendido a luchar con uñas y dientes por sí sola. Ahora, en esa quietud de la noche, en la tibieza del hogar que estábamos formando, parecía simplemente ella. Dulce. Cálida. Verdadera.

Sabía que el embarazo estaba siendo difícil. A veces se sentía culpable por no disfrutarlo del todo, pero yo lo entendía. Sus emociones estaban a flor de piel, lloraba con facilidad—por videos de perritos, por no encontrar la camisa que quería usar, o por imaginarse que el bebé iba a salir con cara de limón—. Me lo decía entre lágrimas y risas, y yo la abrazaba hasta que dejaba de temblar.

Sus antojos eran una locura. Un día quería mango con chile, al siguiente galletas con mantequilla de maní y ajo (sí, ajo). A veces los olores le daban náuseas, y pasaba horas vomitando hasta quedar exhausta. Otras veces, el dolor de las pataditas de Nick —nuestro pequeño— la dejaban sin aliento. Y cuando se quejaba con ese susurro quebrado, cuando sollozaba sin poder controlarlo, yo sentía que me rompía. Quería llevarle el dolor. Quería hacerlo todo más fácil.

Pero ella siempre me miraba con esa mezcla de ternura y fuerza. Como si, a pesar de todo disfrutará de cada momento aunque fuese insoportable y doloroso.

Habíamos ido al ginecólogo hacía unas semanas. Todo estaba bien. El bebé crecía sano. Era un niño. Y aunque el miedo aún me quemaba el pecho, esa fue la primera vez que vi a Fabiola acariciarse el vientre con una sonrisa plena, sincera. Una sonrisa que me hizo tragar grueso.

Esos momentos de paz eran pocos, pero valían oro.

Después de cenar, limpiamos juntos. Ella se negaba a dejarme hacerlo solo, aunque su panza la hiciera moverse como pingüinito torpe. Yo le hacía bromas y ella me echaba agua con una cuchara, como venganza por mojarle el cabello sin querer. Terminamos empapados, con el piso lleno de burbujas y nuestras risas rebotando por toda la cocina. Hasta el ambientador terminó en el suelo porque Fabiola quiso hacer “una batalla aromática” y lo usó como si fuera una pistola de humo.

Era imposible no amarla.

La ayudé a ir al baño. Su cuerpo estaba agotado, lo notaba en la forma en que se recostaba sobre mí para entrar a la tina. Llené la bañera con agua fresca, como le gustaba, y la fui desvistiendo con cuidado, con manos pacientes y ojos que la veían como si fuera el universo entero.

Cuando se metió al agua, suspiró. Cerró los ojos un momento y me pidió que me quedara. Me senté a su lado, con la cabeza recostada en el borde de la tina mientras ella descansaba. Le acaricié los brazos y le hablé en voz baja, de cosas simples: del color que quería para el cuarto de Nick, de los nombres ridículos que pensaba para su peluche favorito, de lo bonita que se veía con el cabello mojado.

Y entonces llegó una patadita fuerte. Ella hizo una mueca de dolor y se llevó la mano al vientre. Después otra, y otra. Se cubrió los ojos y soltó un quejido bajito, Su barbilla tembló.

—Ya pasó —le dije, acercándome—. Estoy aquí, amor. Tranquila.

—Me duele… —susurró, con lágrimas cayendo al agua.

—Lo sé, lo sé… —Me metí en la tina con todo y ropa, sin pensar. Solo quería abrazarla.

Ella se recostó sobre mi pecho. Tenía los ojos cerrados, respirando hondo, mientras yo le susurraba palabras suaves, besándole la frente.

—Gracias —me dijo de pronto, en un hilo de voz—. Por quedarte… por no soltarme cuando más fea estoy.

—¿Fea? —sonreí—. Estás más hermosa que nunca. Tenés a nuestro hijo dentro. Estás siendo todo. Estás siendo mamá. Y eso, Fabi… eso te hace brillar.

Ella sonrió entre lágrimas. Se giró un poco y apoyó su frente contra la mía.

—Te amo, Kenji. No sé cómo hice para merecerte.

—Y yo no sé cómo hice para tener la suerte de vivir esto con vos.

Nos quedamos así, en silencio, entre burbujas, dolor y ternura. Aferrados uno al otro.

Como siempre debió ser.
Solo ella y yo.

La ayudé a darse un largo baño de agua fría, recibiendo algunas patadas desde el interior de su vientre en el proceso. Lloró un poco dentro de la tina por el dolor de las patadas de Nicklas, y me limité a sentarme en el suelo del baño, a su lado, con la toalla lista entre mis manos, esperando en silencio.

No necesitaba decir nada.
Solo estar ahí.

Cuando sus lágrimas cesaron, alzó la mirada y me regaló una de esas sonrisas que me rompían y curaban al mismo tiempo. Estaba cansada, lo sabía. Cansada de su cuerpo cambiante, de las emociones que la desbordaban, de los dolores que a veces no sabía ni cómo explicar. Pero aun así, seguía intentando, resistiendo con esa fuerza silenciosa que la volvía la mujer más valiente que conocía.

—Perdón por llorar tanto —murmuró, en voz baja, mientras apoyaba la cabeza en el borde de la tina—. Sé que a veces solo lloro porque sí...

—No tienes que disculparte por sentir —le respondí enseguida, dejando la toalla a un lado para poder tomar su mano húmeda—. Estás creando vida, Fabi. Tienes todo el derecho del mundo a sentirlo todo… y a llorarlo todo también. Yo estoy aquí. No solo para las partes lindas.

Ella cerró los ojos, y durante unos segundos, lo único que se escuchó fue el sonido del agua corriendo entre sus dedos. Me incliné y le besé la frente con suavidad, deseando poder absorber parte de su dolor con ese simple gesto.

Después del baño, la envolví con la toalla como si fuera un cristal delicado, y la llevé hasta la cama con cuidado. Se acurrucó contra mi pecho como una niña pequeña, buscando el calor de un abrazo que no necesitaba palabras para consolar.




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