Capítulo Veintisiete: " Tic, Tac. Tic, Tac "
SEBASTIÁN HILXMAN
Ayudé a Lyra a sentarse con cuidado sobre la camilla. Ya llevábamos días en el hospital desde el parto. Días que me habían parecido una eternidad, pero también una especie de pausa sagrada. Las niñas estaban bien, eran dos pequeñas gemelas hermosas y sanas. Al verlas, no podía evitar pensar en todo lo que habíamos pasado para llegar hasta aquí. Había momentos en los que me costaba creer que ya estuvieran con nosotros… reales, frágiles, respirando.
Lyra, a pesar del agotamiento y el dolor, se estaba recuperando con una fortaleza que solo ella podía tener. La admiraba profundamente. Aun cuando se quejaba en voz baja, o cuando sus ojos se nublaban un instante por las molestias físicas, siempre tenía una sonrisa para las bebés o una palabra amable para los que la rodeaban. Me preguntaba cómo alguien podía ser tan fuerte y tan tierna al mismo tiempo.
Mis hermanos habían pasado a vernos. Conocieron a las niñas y, por supuesto, fueron a ver a Lyra. Jordan fue el primero en abrazarla. Ella apenas y correspondió al gesto, como si no pudiera aceptar del todo el afecto. Su mirada estaba fija en Hatson, que se encontraba junto al cunero, observando en silencio a nuestras hijas.
Fue una escena que me conmovió más de lo que debería. Ese silencio de Lyra a veces me preocupaba, no sabía cómo estaba internamente lejos de los que nos decía a nosotros, y su forma de buscar con los ojos a las niñas y a cualquiera de nosotros Dos aunque no nos llamara, aunque no dijera nada… yo lo notaba. Era una especie de terror que aún no superaba del todo.
Mikaelis también vino. Se quedó un rato en un rincón, sin decir mucho. Solo la observó con atención, como si intentara leer algo en ella. Lo noté incómodo, pero no se acercó. Cuando Aiden entró, fue aún más frío. No se dirigió a Lyra en ningún momento. Se limitó a estar junto a la cuna, mirando a las niñas con una especie de reverencia silenciosa, como si fueran demasiado puras para romper el momento con palabras. No sé qué pasaba por su mente, pero se notaba que estaba en conflicto. Cómo con cualquiera de ellos.
De Kenji no supimos nada desde que se fue a casa, lo cual no me sorprendía. Él procesaba las cosas de otra forma, y quizá el caos que rodeaba todo esto lo había abrumado más de lo que necesitaba, más ahora que sabía que Fabiola también estaba a punto de dar a luz a su hijo.
Eduardo, por otro lado, se mantenía cerca de Lyra todo el tiempo que podía. Siempre le hablaba sobre los trillizos, sobre cómo estaba manejando las cosas en casa, sobre sus rutinas con ellos, como si al compartirle sus días, le aligerara un poco los de ella. Se notaba que lo hacía con cariño, con genuino deseo de verla bien. Al final del día, Andrew llegaba puntual por él, como si fuera un reloj humano. Esa escena cotidiana me sacaba una sonrisa. En medio de tanto, ellos habían encontrado un ritmo.
Hatson... él era un torbellino constante. Iba y venía de casa al trabajo, del trabajo al hospital. Se hacía cargo de un millón de cosas. Era impresionante cómo encontraba energía para estar en todas partes. Pero cada vez que entraba por esa puerta, su atención solo estaba en Lyra y en las niñas. No había espacio para más. La forma en que se agachaba para hablarles, o cómo tomaba la mano de Lyra con una delicadeza casi sagrada... me encantaba tanto y al mismo tiempo me dolía porque no podía reprocharselo. Hatson era parte de esto tanto como yo.
Incluso, se lo merecía más que yo luego de todo lo que la hice pasar a ella en el embarazo por más que lo intentaba.
Y luego estaba Ellerin. Ese idiota... siempre llegaba como si no tuviera prisa, como si su única misión en la vida fuera sentarse a hablar con Lyra. No miraba a las gemelas. Nunca. Como si su existencia le fuera irrelevante o incómoda. En cambio, se aferraba a la mano de Lyra y le murmuraba cosas que no alcanzaba a oír. No sabía si hablaban ellos, de lo que había sido o de lo que no fue. Pero verla mirarlo con tanta calma, sin interrumpirlo, sin rechazarlo... también me dolía y me molestaba. Mucho.
Así fueron las últimas tres semanas. Una rutina silenciosa pero intensa. El doctor nos había dicho que quería mantener a Lyra y a las bebés en observación un poco más de lo habitual. Y si todo seguía como hasta ahora, en tres días podrían irse a casa. Yo vivía contando esas horas.
Lyra se quejaba a menudo del dolor en sus caderas, en su zona íntima. A veces su voz era apenas un susurro cansado, pero yo escuchaba cada palabra. La enfermera había explicado que su perineo se había rasgado durante el parto, y que el dolor era normal, esperable. Pero eso no hacía que se sintiera menos frustrante verla así. La ayudaba en todo lo que podía: a bañarse, a caminar por los pasillos cuando necesitaba despejarse, a ir a los cuneros Cuando tocaba darle pecho a las niñas y Lyra prefería ir hasta allá. No quería que se las trajeran, Decía que era mejor que no las movieran mucho y yo sabía que también lo hacía por poder pasar más tiempo viéndolas, sintiéndolas cerca.
Yo me quedaba cerca de ella. A veces en silencio, a veces hablándole sobre cualquier cosa con tal de verla sonreír. Mi corazón empezaba por fin a relajarse, después de tantos meses de tensión, incertidumbre y miedo. Empezaba a creer que íbamos a estar bien.
—¿Todo bien? —le pregunté en voz baja. Ella asintió con una sonrisa suave, aunque sus ojos estaban marcados por el cansancio. Eran oscuros, grandes, y brillaban incluso entre las ojeras. Me incliné y besé su frente con ternura.—Buena niña —le dije, casi sin pensar. Era algo que le decía desde hace tiempo, y verla reír levemente y negar con la cabeza me hizo sentir cálido por dentro.
—Aunque tengo hambre —murmuró con un puchero mientras sus labios se fruncían en una expresión tierna y exagerada. Ladeó la cabeza con fingida desesperación, como si estuviera dramatizando para hacerme reír—. Mataría por un poco de cerdo a la plancha —añadió, con ese tono soñador y ese pequeño gemido que soltaba cada vez que hablaba de comida que realmente amaba.
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Editado: 20.07.2026