Salto De Fe (#2)

Capitulo 28

Capitulo Veintiocho: " Tormenta Interoceánica "

KENJI HILXMAN

El hospital olía a desinfectante, y por primera vez en todos mis años trabajando y estando tanto tiempo en uno, sentí ese aroma miedo y desesperación y desesperanza.

Estaba sentado en una de esas sillas frías del área de maternidad mientras ella estaba siendo procesada para hacer una cesárea, con las manos temblorosas aferradas a la tela de mi camisa.

No recordaba en qué momento la había arrugado tanto. Sentía la garganta apretada como si tuviera una cuerda invisible tirando de cada palabra, cada respiración. Los latidos de mi corazón parecían eco de una guerra que no pedí llevar.

—Respira, Kenji —murmuró Hatson a mi lado, con una mano firme sobre mi hombro—. Ella está en manos de los mejores médicos del hospital. Tus colegas... Respira.

Apenas podía escucharlo. Mi mente estaba atrapada en el instante en que Fabiola resbaló.

—No debió levantarse de la cama… —balbuceé con los ojos nublados—. Solo quería salir un rato, comprarle algo lindo al bebé. Dijo que se estaba volviendo loca encerrada en casa, y tenía razón. Pero… maldita sea, Hatson, no debí haber salido con ella.

Lo vi fruncir el ceño, con esa expresión de rabia contenida y compasión que solo él podía manejar.

—Esto no es tu culpa. No digas eso —me dijo con firmeza frotando mi espalda.

Negué, El nudo en mi pecho se hizo más pesado.

—Fabi estaba en su octavo mes. Se le hinchaban los tobillos, le dolía la espalda… ¡yo lo sabía! Pero aun así… aun así, salimos. Solo quería ir a la tienda del centro, a por unas mantas suaves para el bebé, una pijama con orejitas que vio en internet. Lo dijo con una sonrisa, como si fuera algo indispensable. Y ahora… ahora está allá dentro con una contusión en la cabeza, una costilla rota y… y el bebé aún no está listo para salir.

Hatson bajó la mirada un segundo, tragando saliva.

—Sé que esto da miedo, Kenji. Pero van a hacer todo lo posible para salvarlos a ambos. Ya lo están haciendo.

Me llevé ambas manos a la cara, presionando los ojos. El miedo no era una sombra, era un monstruo gigante que se sentaba sobre mi pecho.

Entonces, escuché pasos apresurados. Levanté la vista con esperanza de que fuera la enfermera diciéndome que todo estaba bien aunque sabía que era imposible, apenas habíamos entrado al hospital, apenas se la habían llevado a quirófano.

Sebastián y Lyra venían directo hacia nosotros. Él llevaba una chaqueta sobre el pijama, su rostro era puro terror. Lyra, con el suero a un costado, caminaba junto a él, decidida, aunque visiblemente cansada.

—¿Dónde están? —preguntó Sebastián sin rodeos. Su voz fue como un ancla en medio de mi tormenta.

—En quirófano —contestó Hatson mientras se levantaba—. Fabiola entró a cesárea de emergencia al caer. La golpeada en la cabeza no fue muy grave, y el bebé está en riesgo por la fractura. Pudo haberle perforado la placenta, así que los médicos decidieron intervenir.

Lyra se acercó a mí y, sin decir nada, me abrazó con fuerza. No sabía cuánto necesitaba ese abrazo hasta que sentí el calor de sus brazos y el perfume dulce de su cabello.

—Ella es fuerte —susurró, frotando mi espalda, mi cuerpo tembló y las lágrimas cayeron aún más por mis Mejías, amargas, sentía como si quemarán mis pómulos—. Y ese bebé también lo es. Lo vas a ver, Kenji. Van a salir de esto.

Sebastián se arrodilló frente a mí, con la mirada firme.

—Tú eres fuerte también. Lo estás haciendo bien. Aguanta un poco más, ¿sí? Estamos contigo.— intento consolar, lo sentí irónico. Yacía unos semanas atrás era él el que se estaba volviendo loco por Lyra.

Yo solo asentí. No podía hablar. Mis labios se movieron pero no salió sonido alguno. Las palabras se me habían atorado en la garganta, el miedo seguía ahí, como un tambor retumbando en mi pecho.

Hatson se acercó con un par de botellas de agua que había conseguido de una máquina expendedora seguramente quién sabe en qué momento.

—Toma —me dijo mientras me extendía una—. Tienes que mantenerte hidratado.

Tomé la botella sin procesar realmente el gesto. El hospital seguía oliendo a miedo, pero el dolor era más llevadero con ellos cerca. Con el aroma a miel y tulipanes del cabello de Lyra que no sabía cómo conservaba aún estando aquí en el hospital.

Las luces del quirófano seguían encendidas.

Y yo seguía esperando.

Esperando un llanto.

Esperando una señal de que no los perdería.

Esperando lo único que en ese momento me importaba: que Fabiola y nuestro bebé siguieran respirando.

Porque estar con ella al fin había vuelto a sentirse natural. Había vuelto a encantarme.
Porque por fin ella estaba regresando en sí misma, dejando atrás aquella estúpida y absurda idea de que mis hermanos se interponían en nuestra relación. Porque al fin estaba recuperando su luz… ese brillo tan suyo, tan único, que la hacía caminar por la vida con una seguridad que me desarmaba y me idiotizaba con cada paso que daba.

Y justo cuando parecía que las cosas volvían a estar bien, la vida me volvió a poner de rodillas de la manera más cruel y asquerosa que pudo, con esa jugada tan sucia.

No supe cuánto tiempo había pasado desde que la vi desaparecer tras esas puertas dobles, inconsciente, frágil, ensangrentada. Las enfermeras iban y venían frente a mí como sombras borrosas, pero ninguna se detenía a decirme algo. Solo veía sus batas moverse, sus voces mezclarse con los pitidos de las máquinas, y supe que la cesárea había comenzado… sin mí. No me habían dejado pasar. No podía estar allí con ella porque su cuerpo no respondía, porque aún estaba inconsciente y necesitaban estabilizarla mientras extraían a nuestro hijo.

Mi hijo.
Era la primera vez que lo pensaba tan claramente: mi hijo.

¿Y si nacía sin respirar?
¿Y si no lograba abrir los ojos?
¿Y si Fabiola no despertaba para verlo?




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