Salto De Fe (#2)

Capitulo 30

Capitulo Treinta: " Quédatelo. "

KENJI HILXMAN

Al fin me dejaron pasar a la habitación con Fabiola.

La luz era tenue, apenas filtrada por las persianas cerradas. Un monitor marcaba el ritmo de su corazón, constante y parejo. Eso me tranquilizó un poco. Seguía inconsciente, con una palidez que no era la suya y los labios partidos, como si toda su fuerza se hubiese drenado en el intento de traer a nuestro hijo al mundo a pesar de que fue una cesárea.

Mi garganta ardía. Apreté los puños con rabia muda. Ella estaba allí, quieta… y yo no podía hacer nada más que mirar.

Me dijeron que todos se habían ido ya a la habitación de Lyra. Que ella misma había ido a ver a sus hijas a los cuneros. Y me pregunté si yo debía hacer lo mismo… si debía ir a ver a Nicklas. Si podía.

Tuve miedo. Miedo real.

Pero el miedo no debía ganarme.

Dejé que tomaran mi muestra de sangre. No pregunté más. No discutí. Solo quería regresar junto a ella. Si despertaba, quería que me viera. Que supiera que yo estuve aquí todo el tiempo. Que no la dejé sola.

Me senté a su lado y tomé su mano. Estaba tibia, cálida, suave…

Eso era lo único que importaba.

Durante un rato, solo me quedé ahí. No pensaba en Mikaelis. No pensaba en las pruebas ni en los malditos resultados. Pensaba en ella… en cómo se veía dormida, como si por fin estuviera en paz, después de una batalla imposible.

Y entonces no aguanté más. Me obligué a ir.

Pregunté dónde estaba Nicklas. Me indicaron los cuneros. Caminé hasta allí como si el mundo se balanceara bajo mis pies, como si estuviera caminando sobre una cuerda floja.

Y cuando lo vi… cuando lo vi a través del vidrio… casi me arrodillo.

Era hermoso.

Perfecto.

Estaba en una de esas cunas térmicas, rodeado de pequeños monitores que decían que todo estaba bien. Que él estaba bien.

Era un poco más grande de lo que imaginaba para un bebé adelantado. Tenía la piel sonrosada y las manos arrugadas, con deditos diminutos que se cerraban y abrían suavemente, como si intentara sujetar el mundo por primera vez.

No tenía cabello, no en verdad… pero un par de mechoncitos rizados, castaños, suaves como el aire, coronaban su cabeza como si fueran un secreto compartido entre él y el universo.

Y sus pestañas…

Sus pestañas eran largas, absurdamente largas para alguien tan pequeño. Como las de su madre.

Un nudo me apretó la garganta. Me apoyé contra el vidrio y contuve la respiración.

Mi hijo.

No un error, no un resultado, no una prueba de ADN.

Mi hijo.

Nicklas.

Y, por un instante el mundo dejó de pesar tanto. Por un instante todo el miedo y la rabia, la desesperación se silenció. Solo quedaba él. Y yo. Y una certeza que no necesitaba confirmación: él era mío.

Aunque me arrancaran la sangre, la piel, el alma…

Nicklas era mío.

Volví a la habitación de Fabiola con el corazón temblando, cargando en silencio un amor tan brutal que me dolía en los huesos.

Me senté a su lado de nuevo, le acaricié la frente con la yema de los dedos y susurré muy bajo, casi para mí que para ella.

—Está bien, Fabi… nuestro bebé está bien. Es hermoso. Como tú. Así que tienes que estar bien para verlo...

Y entonces me quedé allí, velando por ella, con la tortura del pasar del tiempo, de la espera.

(...)

No era mío…
Era de Mikaelis.

El nombre aparecía allí, en esa hoja cruel y desalmada, como una sentencia.

“Compatibilidad genética: Mikaelis Hilxman 99.99%”.

Lo leí varias veces, esperando que la tinta se borrara, que las letras cambiaran, que alguien me dijera que era una mala broma, un error del laboratorio… pero no. Era real. Irrefutable.

Mikaelis era el padre biológico de Nicklas.

Todo dentro de mí se sacudió. Todo se quebró. Todo se derrumbó.

Mis manos temblaban mientras sostenía el maldito papel. Sentía el corazón golpeando con furia en mis costillas, como si quisiera huir de ese cuerpo que ya no sabía si tenía fuerzas para sostenerse.

Frente a mí, Mikaelis soltó una maldición ahogada, un “mierda” apenas audible, como si aquella revelación fuera una carga insoportable. Como si ser padre de ese niño tan perfecto, tan inocente, fuera un castigo del que no podía huir.

Lo miré. Con rabia. Con fuego. Con desprecio.

¿Cómo se atrevía a verse tan frustrado?
¿Cómo podía estar molesto?
¿Cómo podía quejarse siquiera, cuando el universo acababa de regalarle el privilegio de ser padre de esa preciosa criatura?

Mi mirada se desvió hacia los otros. Jordan y Aiden intercambiaban miradas, con ese aire de alivio que me hizo querer gritar. Ellos no eran los padres… y eso parecía bastarles. Yo, en cambio, me estaba desangrando en vida.

Porque mi mundo… Mi pequeño, frágil y hermoso mundo… Se estaba cayendo a pedazos. Otra vez.

Me sentía como si estuviera parado sobre un suelo de cristal, y alguien hubiera arrojado una piedra justo en el centro. Las grietas se expandían con rapidez, y yo, inútil, solo podía mirar cómo todo se rompía bajo mis pies.

El dolor era físico. Lo sentía en el pecho, en el estómago, en los ojos que ardían sin que me diera cuenta. Un agujero negro se abría dentro de mí, tragándome pedazo a pedazo, arrancándome las certezas, las esperanzas, los sueños que ya había empezado a construir.

Nicklas

Ese pequeño ser frágil, divino, tan inmensamente bello…

Yo lo había visto. Lo había buscado en los cuneros mientras Fabiola dormía, porque no podía soportar no saber cómo estaba.
Lo vi, envuelto en su manta blanca, durmiendo tranquilo.
Un bebé grande, a pesar del parto adelantado.
Sus pestañas largas rozaban sus mejillas redondas.
Tenía la piel clarita, unos dedos perfectos, la boquita pequeña y rosada.
Estaba pelón, pero con un par de mechoncitos rizados en la coronilla, castaños como la miel.
Era tan hermoso… tan él… tan mío.




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