Capítulo Treinta y Uno: " Lo Prometo "
LYRA KINGAHAN
—¿Cuánto tiempo ha pasado? He perdido la noción… —tarareé en voz baja, con una sonrisa tenue, mientras acomodaba con cuidado a mi pequeña para que pudiera tomar el pecho con tranquilidad.
La luz del atardecer se colaba por la ventana de la habitación del hospital, tiñendo las paredes de un color anaranjado cálido. Afuera se oía el distante ruido de autos, voces apagadas en el pasillo, y el ocasional pitido de una máquina monitora. Pero todo eso se desvanecía cuando miraba a mi bebé aferrarse a mí con sus manitas diminutas, tan delicadas, tan suaves.
Sebastián alzó la vista desde su computadora portátil. Hizo una expresión pensativa, como si también hubiera perdido la cuenta del tiempo, y luego me miró con ternura.
—Cinco semanas —dijo al fin, aunque su tono revelaba que no estaba del todo seguro.
Asentí lentamente. Mi mano rozó la mejilla redonda de nuestra bebé, regordeta y cálida como el pan recién horneado. Incliné el rostro y besé su frente con delicadeza.
—¿Cómo está? —pregunté con cautela, sin mirarlo de inmediato. Supe que entendía a quién me refería, porque su ceño se frunció apenas. Aun así, insistí, con un murmullo suave, casi infantil—. Sé que prometí no inmiscuirme, pero no puedo evitar preguntar, cariño…
Sus ojos se entrecerraron un poco, estudiándome. Luego dejó escapar un suspiro, resignado. La bebé, mientras tanto, seguía succionando con fuerza, aferrada a mí como si supiera que yo necesitaba sentirme útil, ser refugio, mientras el caos de allá afuera se hacía pedazos.
—Está estable. Despertó esta mañana —dijo con tono neutro.
No pude contener la sonrisa que me llenó el rostro. Un alivio profundo me recorrió, como si un peso que llevaba semanas oprimiéndome los hombros finalmente comenzara a desvanecerse. Fabiola había despertado. Eso significaba que había superado lo peor.
Fabiola… aquella mujer con la que había tenido tantas diferencias, tantas reservas. Pero no podía desearle mal. No después de ver como Kenji la adoraba de sobremanera.
—Y… ¿Kenji? —pregunté, con cuidado, casi en un susurro.
Sebastián soltó una risa breve, más bien amarga. No pude evitar encogerme un poco. Era obvio que había tocado una fibra sensible. Pero… ¿cómo no preguntar? ¿Cómo no preocuparme por él?
Desde que aquella noche lo vi derrumbarse frente al quirófano, sosteniéndose solo porque no le quedaba otra opción, algo en mí no podía alejarse. Me dolía pensar en él solo, encerrado en su tormenta.
Ni Sebastián ni Hatson dijeron nada cuando regresaron esa noche a la habitación, pero sus rostros lo decían todo. Había algo que no querían contarme. Lo noté en ese matiz de tensión, de incomodidad, de rabia contenida. ¿Había hecho mal en apoyarlo? Yo no lo sentí así.
Aunque su rechazo después… me dolió. Lo admito. Me dolió más de lo que me atrevería a decir en voz alta. Pero no podía culparlo. Su dolor era demasiado grande. Su relación con sus hermanos, con Fabiola, con el niño… todo estaba enredado en un nudo que no podían desatar y que parecía estarlo ahogando.
El odio en su mirada me heló la sangre esa noche. Una mirada que no era para mí realmente pero me atravesó igual.
Sabía que algo no estaba bien… no solo con él, sino con todo. Me preocupaba el bebé. Nicklas. Ese pequeño inocente en medio de una tormenta que no le pertenecía.
Kenji estaba en medio de un campo de batalla emocional. Lo sabía. Y sabía también que haría lo que fuera por proteger a ese bebé. Pero sentía, cada vez más, que estábamos al borde de un precipicio con tantas cosas acumuladas, tantos problemas.
Sebastián se acercó, notando el silencio que se extendía como una sombra entre nosotros. Cerró su computadora con suavidad y dejó escapar otro suspiro.
—Él está bien —dijo al fin.
Sentí mis hombros relajarse levemente. A veces eso bastaba.
Sebastián se acercó aún más, dejando sus manos sobre mis hombros con gentileza. Yo me perdí en el balbuceo torpe de la pequeña, que dejó de succionar y metió su manita en la boca, mirando al vacío con su mirada color azul cielo completamente curiosa, como si su mundo fuera inmenso e inofensivo.
Acomodé la camiseta de Hatson que llevaba puesta. La bata del hospital me hacía sentir desnuda e incómoda.
—No quiero que te involucres, mi amor… —murmuró Sebastián, su voz casi un ruego.
Lo miré con sorpresa. Él rara vez pedía algo de esa manera. La pequeña soltó otro balbuceo, ajena a todo, mientras yo me debatía entre obedecer o seguir a mi corazón.
—No puedes pedirme eso…
—Lyra —su tono me hizo estremecer.
Aparté la mirada por instinto. No era un regaño. No era enojo. Era algo mucho peor: duda, confusión.
Miré hacia el cunero, donde nuestra otra pequeña dormía profundamente, acurrucada en su mantita como un suspiro de vida, tan diminuta e indefensa. Mordí mi labio inferior con suavidad, mientras fruncía el ceño, sintiendo que el corazón me pesaba en el pecho.
—Lo siento… —murmuré, sin tener realmente las palabras adecuadas.
No podía decirle que ver a Kenji así, roto, me seguía desgarrando por dentro.
Tampoco podía confesar que verlo hundido por ella —por Fabiola— me hacía doler el alma como si algo dentro de mí se resquebrajara una y otra vez.
Mucho menos podía admitir que la incertidumbre me estaba carcomiendo, que había noches en las que cerraba los ojos y no sabía qué sentía exactamente.
Ni siquiera yo comprendía del todo lo que pasaba por mi mente… o lo que pesaba en mi corazón.
Kenji.
Jordan.
Aiden.
Mikaelis.
Sebastián.
Hatson.
Ellerin…
Cada uno de ellos ocupaba un rincón de mi alma, con sus historias, sus heridas, sus promesas. Todo era tan complicado… tan enredado. Y sin embargo, no quería lastimar a nadie. Especialmente no a ellos, a mis compañeros, mis pilares.
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Editado: 20.07.2026