Capítulo Treinta y Dos: " Necesario "
LYRA KINGAHAN
—¿Tenemos todo? —tarareó Hatson, mirándonos desde la puerta. Su voz sonó ligera, pero llevaba ese tono práctico que siempre lo caracterizaba cuando quería asegurarse de que nada faltara como una mamá preparando a su hijo para un viaje.
Sonreí y asentí con calma, sintiendo cómo esa calidez que tanto había extrañado me inundaba el pecho. Verlos a los dos moverse por la habitación, tan atentos, tan pendientes de mí y de nuestras niñas, me hacía sentir segura... a pesar de la incomodidad que me producía seguir aquí, entre paredes blancas y olores a desinfectante que me oprimían el pecho.
—Aquí están los cuneros —entró Sebastián, empujando un cunero portátil doble. La imagen fue tan tierna que solté una risilla suave.
—Te dije que podía llevarlas en brazos —murmuré divertida, acomodando mi ropa mientras guardaba mi seno al notar que la bebé ya no quería más leche.
—El doctor dijo que tienes que descansar, evitar sobreesfuerzos y trabajos que exijan demasiado de ti —se quejó Sebastián con esa mezcla de seriedad y dulzura, acercándose de inmediato para tomar a la pequeña en brazos.
—Vale, vale. Entiendo, mi amor —dije con una sonrisa tierna, poniéndome en pie. Él se apresuró a acercarse más, como si temiera que me tambaleara, y yo solté una ligera risa sin poder evitarlo.
—A ver... ¿cómo era? —murmuró para sí mismo, moviendo las manos con torpeza a mi alrededor, como si ensayara mentalmente el modo correcto de sostener a la bebé. Me quedé observándolo, sintiendo cómo mi corazón se derretía de amor al verlo tan inseguro y tan cuidadoso a la vez.
Hatson soltó un bufidito divertido.
—A ver, quítate —se quejó con una palmada suave en la espalda de Sebastián, pasando delante de él. Se inclinó hacia mí y tomó a la bebé en brazos con suma delicadeza—. ¿Acaba de tomar pecho? —preguntó en voz baja.
Asentí. Él correspondió con un leve gesto de cabeza y la acomodó sobre su pecho, empezando a palmear con suavidad su espalda. El sonido rítmico de los golpecitos llenó el silencio, y la escena me pareció tan cotidiana y perfecta que casi olvidé que aún estábamos dentro de un hospital.
—Ya tenemos todo listo —agregó Hatson, meciéndola despacio para mantenerla dormida mientras le ayudaba a sacar los gases.
—Completamente —dije con emoción, sintiendo cómo mis ojos se llenaban de un brillo ansioso—. Por favor, sáquenme de aquí. Vamos a casa —prácticamente rogué, mirándolos con insistencia.
No podía evitarlo. Seguía odiando los hospitales con todo mi ser. Las luces blancas y frías, el sonido distante de los pasos en los pasillos, los pitidos de las máquinas en otras habitaciones, el olor penetrante del cloro y del látex... todo me resultaba insoportable. Lo había tolerado hasta ahora por ellas, por ellos... pero cada minuto aquí me parecía un recordatorio de todo lo que había ocurrido antes en mi vida, esos años de habitaciones frías y solas mientras me suministraban medicamentos para poder dormirme y evitar que me obligará a sacar de mi estómago lo que recién había comido...
Sebastián dejó escapar una risa suave, como si intentara aligerar mi angustia, y guardó su computadora en el maletín. Se notaba cansado, llevaba noches durmiendo mal en esa silla incómoda, pero aun así estaba aquí, atento a cada cosa.
Me apoyé unos segundos en el borde de la cama, mirando el cunero portátil. Dos mantitas rosadas se movían apenas con las respiraciones de mis pequeñas, y esa imagen bastó para arrancarme un suspiro profundo.
Por fin.
Por fin iba a cruzar esas puertas y llevar a mis hijas a casa. Nuestro hogar. No más batas frías, no más revisiones constantes, no más miedo cada vez que una enfermera entraba con expresión preocupada.
Solo nosotros.
Nuestra familia.
Me estremecí de pura emoción. Y mientras Hatson acomodaba a la bebé contra su pecho y Sebastián me tendía la mano con ternura para ayudarme a caminar, juré en silencio que no importaba lo que pasara alrededor, no importaban las guerras, ni los rencores, ni las sombras que aún nos rodeaban y que sabía perfectamente en cualquier momento podrían lanzarse sobre nosotros e intentar devorarnos.
A partir de ahora, lo único que importaba era proteger lo que teníamos.
A nuestras hijas.
A nuestra familia.
Y sabía perfectamente de quién tenía que protegerlos. Fabiola seguía siendo una amenaza... aún no olvidaba su mirada fría, esa chispa cruel en sus ojos justo antes de empujarme por el balcón de las escaleras en la fiesta de cumpleaños de los chicos.
Ese instante se había quedado grabado en mi piel como una cicatriz invisible, imposible de borrar. No lo olvidaría jamás. No podía. Tenía que repetírmelo una y otra vez para no bajar la guardia, para no engañarme con falsas ilusiones de cambio aunque me alegraba honestamente que ella estuviera bien luego de tan complicado parto.
Ella era un peligro.
Ahora no solo para mí, sino también para mis hijas.
Un escalofrío recorrió mi espalda al pensarlo. Suspiré apenas, con una mueca de ironía amarga. Y pensar que yo no quería una niña. Me parecía demasiado complicado, demasiado vulnerable, demasiado difícil... pero el destino, con esa forma retorcida de jugar sus cartas, me dio no una, sino dos.
Una jugada maestra que al principio me pareció cruel, y que ahora la sentía como la mayor bendición de mi vida.
Porque aunque no lo hubiera planeado, aunque al inicio me negara a aceptarlo, las amaba con cada fibra de mi ser. Eran mis preciosas niñas.
Nora Ekaterina Hilxman Kingahan y Elara Vasilisa Hilxman Kingahan.
Los nombres me parecieron un susurro de pureza y de amor, como si pronunciarlos fuera un rezo. Mis dos pedacitos de cielo, tan frágiles que necesitaban de mi cuidado y de mi protección a toda costa.
Me incliné un poco sobre el cunero, observando sus manitas diminutas moverse de manera inconsciente, sus pestañas largas descansando sobre sus mejillas redondeadas. Eran perfectas. Demasiado perfectas para el mundo cruel que las esperaba.
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Editado: 20.07.2026