Capítulo Treinta Y Cinco: " Lo Odio. "
KENJI HILXMAN
—Está todo bien, gatita, ¿sí?— Ella ni siquiera me miraba. Sostenía a Nicklas entre sus brazos como si fuese lo más preciado de su existencia, como si el mundo entero pudiera desmoronarse mientras él siguiera respirando contra su pecho. Su mirada seguía notándose tan atormentada, perdida en algún lugar al que yo no podía llegar. Habían pasado, creo, una semana desde que ella había despertado. Los días se habían mezclado en mi cabeza entre desvelos, silencios incómodos y el constante pitido de los monitores del hospital.
No entendía el porqué de su desesperación. Intenté preguntar qué ocurría, intenté entender el motivo de su actitud tan arisca y distante, pero ella simplemente negaba mientras sostenía su cabeza y lloraba como si alguien hubiese muerto. Y cada vez que lo hacía algo en mi pecho se encogía con fuerza.
La luz blanca del hospital hacía que todo se viera más frío de lo que ya era. Las cortinas apenas se movían con el aire acondicionado y el olor a desinfectante me llenaba los pulmones recordándome que todavía no podíamos irnos a casa. Que seguíamos atrapados en ese limbo entre el miedo y la esperanza.
Ella acarició la mejilla regordeta de nuestro hijo mientras tarareaba una canción de cuna en voz muy baja, casi temerosa de romper el silencio. Sus dedos temblaban apenas, pero su expresión se suavizaba cuando lo miraba. Sonreí con discreción, dejándola en paz. El doctor me había dicho que podía tratarse de estrés postparto. Que todo estaba bien en los exámenes de sangre y que ella solo había pasado por un momento demasiado difícil y estresante. Quería creer en eso con todas mis fuerzas. Necesitaba creerlo.
Confiaba en que realmente fuera eso lo que la tenía tan desconectada, tan ausente. Que no fuera algo más profundo. Que no hubiera algo que ella no quisiera contarme. Que no me estuviera alejando sin darme cuenta.
Me acerqué despacio y acaricié sus cabellos con ternura, dejando que mis dedos se deslizaran con cuidado, como si pudiera transmitirle calma a través del contacto. Solo tenía que darle tiempo. Sí, eso era. Tiempo. Paciencia. Amor. Todo volvería a la normalidad.
Besé su mejilla con suavidad y me separé con cuidado de ella. En cuanto lo hice, se tensó apenas y elevó la mirada, como si temiera que desapareciera.
—¿Te vas? —murmuró en un hilo de voz.
Una enorme sensación de alivio me recorrió el cuerpo. Era lo primero que decía para mí, con sentido, con presencia real. No era un murmullo perdido ni una reacción automática. Me estaba mirando.
Tomé su mano con cuidado y besé su palma, sintiendo el leve temblor en sus dedos. Ella sostuvo mi mirada unos segundos que parecieron eternos y luego apretó suavemente mi nariz entre sus dedos, un gesto tan suyo que me hizo sonreír sin darme cuenta. Por un instante, todo pareció normal otra vez.
—Iré por algo para comer, no tardo mucho —le prometí.
Asintió lentamente aunque sus ojos no se apartaron de mí hasta que me alejé un paso.
Me separé de ella dejándola con nuestro hijo. Observé la escena unos segundos más desde la distancia. Fabiola mecía a Nicklas con movimientos suaves, pero su mirada seguía perdida, como si su mente estuviera en otro lugar. Esa imagen me dejó un peso en el pecho difícil de ignorar.
La amargura de aquella verdad seguía calándome los huesos como un maldito parásito que devora desde dentro sin dejar nada intacto. Intentaba convencerme de que nada había cambiado, de que Nicklas era mío porque yo lo había amado desde antes de nacer. Porque yo había estado allí en cada momento difícil. Pero había noches en las que la duda se filtraba como veneno lento.
No iba a permitir que el bastardo de Mikaelis se acercara más de lo necesario. No después de todo. No después de ver cómo Fabiola se rompía poco a poco.
Mi teléfono vibró en el bolsillo y el sonido me arrancó de mis pensamientos. Lo saqué y leí el mensaje. Una calma fría se extendió desde el centro de mi pecho hacia mis extremidades.
Mikaelis
"Ya están los documentos, ven a recepción a firmar."
09:18 AM
Apreté la mandíbula sin darme cuenta. Guardé el teléfono en el bolsillo y respiré hondo. Me quedaba de paso del comedor y además, no podía ni quería seguir posponiéndolo. Cada día que pasaba sin resolver eso era un recordatorio constante de que no tenía el control total sobre mi propia vida.
Nicklas era mi hijo. No de él. No lo parecía. Era yo quien había pasado toda esa odisea con Fabiola. Yo quien había sostenido su mano cuando gritaba de dolor. Yo quien había llorado en silencio en los pasillos del hospital. No iba a permitir que me arrebataran eso también.
No iba a ceder más solo porque eran mis hermanos.
Mientras caminaba por el pasillo el sonido de mis pasos retumbaba contra las paredes blancas. Sentía una presión constante en el pecho. No me importaba nada más, Solo quería proteger lo poco que aún sentía mío. A Fabiola. A Nicklas. A esta pequeña familia que se sostenía con hilos frágiles pero que era lo único que me mantenía en pie.
Y no pensaba perder a mí familia, otra vez.
Entré al ascensor y toqué el primer piso. Las puertas se cerraron con ese sonido metálico que siempre me había parecido indiferente, pero que ahora se sentía como el cierre de algo mucho más grande. Me apoyé en el espejo del ascensor, observando mi reflejo con detenimiento. Tenía ojeras marcadas, la mandíbula tensa y los labios resecos. Pasé mi mano por mi rostro como si pudiera borrar el cansancio acumulado, como si pudiera quitarme también el peso que llevaba dentro del pecho.
De vez en cuando pensaba en Lyra. En su mirada herida cuando la aparté de mí egoístamente luego de horas usándola como mi bastón de soporte. En cómo sus dedos se quedaron suspendidos en el aire, dudando si tocarme o no. Me dio arrepentimiento después. Mucho. Pero no podía confiarme.
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Editado: 20.07.2026