Capítulo Treinta Y Seis: " Normalidad "
LYRA KINGAHAN
El departamento se había llenado de una tranquilidad que meses atrás me habría parecido imposible.
No era un silencio absoluto. Estaba acompañado por el suave zumbido de la calefacción, el sonido lejano del tráfico filtrándose por las ventanas y las pequeñas respiraciones de dos bebés que sin proponérselo habían cambiado por completo el ritmo de nuestras vidas.
Nora y Elara dormían y despertaban con una calma que todavía me sorprendía. Apenas lloraban. Bastaba con cargarlas unos minutos, hablarles en voz baja o acariciarles la espalda para que volvieran a relajarse. Incluso sonreían con una facilidad que hacía imposible no devolverles el gesto.
Tenía a Nora acomodada contra mi pecho. Su diminuto cuerpo descansaba sobre mi brazo mientras una de sus pequeñas manos sujetaba distraídamente la tela de mi suéter. Sentía su respiración tibia rozar mi cuello y de vez en cuando soltaba algún balbuceo que conseguía robarme una sonrisa sin siquiera darme cuenta.
Apenas había pasado un mes desde que llegaron al mundo y todavía me costaba creer que aquellas dos personitas fueran mis hijas.
Mis hijas.
Cada vez que lo pensaba sentía algo cálido expandirse lentamente dentro de mi pecho.
Sebastián no se había separado de mí prácticamente en todo el día.
Ni el anterior.
Ni el anterior a ese.
Estaba sentado a mi lado en el sofá con un brazo rodeando mi cintura mientras la otra mano descansaba sobre mi muslo. De vez en cuando apoyaba la barbilla sobre mi hombro solo para besar mi mejilla o rozar mi cabello con la nariz, como si necesitara comprobar una y otra vez que realmente seguía ahí.
Desde que regresamos del hospital parecía decidido a recuperar cada segundo que el embarazo se había mantenido lejos. No importaba si yo iba a la cocina, al dormitorio o simplemente me levantaba por un vaso de agua. Siempre terminaba siguiéndome con cualquier excusa.
No me molestaba.
Después de todo... entendía perfectamente por qué lo hacía.
Frente a nosotros, Natacha reía desde el comedor mientras acomodaba unas cajas de ropa para las niñas. Su largo cabello negro caía en ondas sobre su espalda y sus ojos verdes brillaban cada vez que encontraba alguna prenda diminuta que le parecía demasiado bonita para existir.
A su lado estaba Darice. Su hija, o mejor dicho, la hija que había elegido con el corazón.
Con sus diecinueve años notándosele cada vez más en las facciones, el cabello color chocolate cayéndole sobre los hombros y aquellos ojos café llenos de curiosidad, sostenía entre las manos un pequeño mameluco rosa con una concentración casi enternecedora.
-No entiendo cómo alguien puede ser tan pequeño -murmuró comparando la prenda con sus propias manos.
Natacha soltó una risa baja.
-Y eso que ya crecieron un poco.
Darice negó con una sonrisa.
-Siguen pareciendo muñecas.
No pude evitar reír por lo bajo.
Era cierto.
A veces seguía mirándolas mientras dormían solo para asegurarme de que respiraban.
Mi vista vagó distraídamente por la sala hasta detenerse en el reloj de pared, las agujas avanzaban con esa lentitud propia de las tardes tranquilas, debajo, el calendario marcaba con claridad la fecha.
21 de febrero de 2027.
Me quedé observándola unos segundos.
Un mes.
Solo había pasado un mes desde que nuestras vidas cambiaron para siempre cuando muestras hijas llegaron al mundo.
Parecía mucho más.
Bajé la mirada hacia Nora. Sus pestañas apenas temblaron mientras dormía profundamente contra mi pecho. Con muchísimo cuidado acaricié su diminuta mejilla con el dorso de un dedo.
-Eres tan hermosa... -susurré casi para mí misma. Sentí entonces los labios de Sebastián rozar mi sien.
-Las tres lo son.
Giré apenas la cabeza para encontrarme con su sonrisa cansada pero completamente sincera.
Me acomodé un poco mejor a Nora entre mis brazos y levanté la vista hacia Sebastián. Seguía abrazándome por la cintura con una necesidad casi infantil, como si apartarse más de un par de centímetros fuera suficiente para que volviera a desaparecer.
No hacía falta preguntarle cómo estaba.
Las ojeras bajo sus ojos hablaban por él.
Su cabello negro estaba ligeramente despeinado, como ocurría cada vez que pasaba horas pasándose una mano entre él sin darse cuenta. Sin embargo, lo que más llamaba mi atención eran sus ojos. Ese azul oscuro que tanto me había enamorado seguía brillando igual que siempre, aunque el cansancio se hubiera instalado en ellos desde hacía semanas.
Dormía poco entre las niñas, el trabajo que seguía atendiendo desde casa cuando podía y el miedo constante de perderme que a veces lo despertaba con pesadillas por la madrugada, apenas se daba permiso para descansar.
Llevé una mano libre hasta su mejilla y acaricié la ligera sombra de barba que comenzaba a notarse.
-Necesitas dormir.
Él soltó una risa baja por la nariz.
-Ya dormiré.
Fruncí el ceño.
-Sebastián...
-Estoy bien.
Lo miré unos segundos sin creerle absolutamente nada.
-Esa respuesta funciona mejor cuando no pareces un muerto viviente.- me queje. Darice soltó una risita desde el comedor.
-Tengo que darle la razón a Lyra.
Natacha levantó la vista de la pequeña montaña de ropa que estaba doblando.
-Yo también voto porque duermas unas veinte horas seguidas.
Sebastián resopló con resignación mientras apoyaba la cabeza sobre mi hombro.
-Qué bonito... Tres contra uno.
-Cuatro -corrigió Darice con una sonrisa divertida, Sebastián arqueó una ceja.
-¿Cuatro?
La joven señaló a Nora, todavía acurrucada sobre mi pecho.
-Ella también parece preocupada.
Como si hubiera entendido la conversación, Nora abrió lentamente sus grandes ojos azul grisáceos y después de parpadear un par de veces, estiró una diminuta mano hasta tocar distraídamente el mentón de Sebastián a duras penas estirándose a él.
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Editado: 20.07.2026