Salvaje.

Donde termina el sol empieza la luna.

Una vez, hace mucho tiempo, oí una frase dicha en alguna película que dice así:
"Un minuto es demasiado tiempo para perder".

En memoria de Mirtha Cristal Klassen.
Gracias por tanto y perdón por tan poco, mamá.

En la casa de los Salvatore, a las tres de la madrugada de un miércoles 28 de enero de 1994, luego de luchas interminables para Margaret, al fin da a luz a una niña de ojos castaños, regordeta y silenciosa. La pequeña y dulce bebé es puesta en sus brazos aun sin cortar el cordón umbilical. Margaret toma a su hija en brazos.

Rato después del cese de los constantes gemidos que reflejaron aquel dolor de la madre al dar a luz, un silencio desborda los rincones de mármol, hasta que un llanto melodioso pero molesto se extiende a través de los prados y el inmenso campo abierto que rodea la casa, convirtiendo el silencio en música. Las mujeres de la familia, tomadas de las manos, dan saltos de felicidad; la menor de las tres hermanas ha llegado al mundo.

En cuanto el doctor cortó el cordón umbilical, la bebé al fin rompió en llanto.

El nacimiento genera sentimientos conmovedores en los más allegados a la familia, quienes, pese al devastador abandono de los padres de las tres niñas meses antes, ahora ríen felices por la llegada de la dulce Athenea. El doctor, junto con las enfermeras, da sus felicitaciones y luego parten dejando atrás la pequeña finca.

Margaret no puede creer el suceso. Aun con la dulce bebé en brazos, sonríe y la mira como si en ella encontrase un consuelo inmenso, una dulce bienvenida a otro destello de luz. Las dos hijas, Stela y Aba, extienden sus manos hacia los brazos rellenitos de su ahora hermana menor, acariciándola con tal delicadeza, como si temieran romper un valioso diamante en bruto.

Las mujeres de la familia Salvatore no lograron conciliar el sueño esa noche, consumidas por la felicidad. Las cuatro quedan al pendiente, observando los gorjeos babeantes entre sueños que soltaba constantemente la recién llegada.

—Mamá, ¿Qué haremos si no logramos mantener la finca? —pregunta Aba con un tono que refleja su inocente preocupación. Desde la muerte del señor Salvatore la mujer se vio envuelta en más y más problemas financieros pues mantener una finca y a dos hijas embarazada y viuda era un completo desafío.

—Cierto, mami, ¿y si nos quitan la finca? ¿Cómo vamos a comer y comprar ropa para la bebé? —apoya Stela. Sus palabras salen en un tono bajo, igual de inocente y preocupado.

—No se preocupen por eso, mis niñas, encontraremos una solución. Lo prometo —responde Margaret con una voz dulce que la caracteriza, buscando consolar a sus hijas, aunque quizá ella misma no sepa qué le depare el futuro. Solo desea ser consolada por el cálido gorjeo de su bebé y los latidos unísonos y suaves de los cuatro corazones en la habitación.

¿Será cruel el destino, la vida o Dios? ¿Cuál será el inmenso sacrificio que hemos de pagar por el precio de la felicidad? ¿Existirá algún consuelo, algún apoyo para quienes están al borde de colapsar? Quizá alguien escuche esas plegarias en susurros perdidos al viento, en sollozos rogantes de apoyo o paz.




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