CAPÍTULO 7: «En los márgenes»
La frontera rusa era un lugar de fantasmas. Era una estación pequeña, apenas una cabaña de madera en medio de una extensión infinita de nieve y árboles desnudos bajo un cielo gris pálido.
Los soldados subieron al tren de repente. Eran cinco, con uniformes rojos y fusiles que manejaban como extensiones de sus cuerpos. El jefe era un hombre de unos cuarenta años con ojos de haber visto demasiada muerte.
—Papeles —anunció—. Todos. Ahora.
Gladys entregó su documento cuando llegó su turno. El soldado lo leyó con detención.
—Ciudadanía británica —dijo mirándola—. Religiosa. —Soy misionera —respondió ella—. Voy a China. —¿Una China? ¿Es consciente de que los rojos controlan el medio país y Japón ocupa la otra mitad? —Sí, lo sé. —¿Y va de todos modos? -Si.
El soldado hizo una pausa larga.
—¿Por qué? —preguntó finalmente.
Gladys decidió decir la verdad.
—Porque Dios me ha llamado. Porque soy pequeña e inadecuada, pero Dios elige hacer cosas grandes con cosas pequeñas.
El soldado miró a sus compañeros y luego le entregó el documento a Gladys.
—Esta pasó —ordenó—. A los demás, revísenlos con más cuidado.
Mientras se movían, un soldado joven le susurró:
—Fue inteligente. Cuando les hablas de Dios, no saben qué hacer. Los asustas. Vete antes de que el jefe cambie de opinión.
Gladys observó cómo otra mujer era obligada a bajar del tren con sus hijos. El tren reanudó la marcha sin ellos. Gladys nunca supo qué fue de esa familia. Solo supo que, en este mundo, la suerte parecía arbitraria, pero una voz en su interior le dijo: «Tú pasaste por una razón» .
Editado: 13.02.2026