CAPÍTULO 10: «El Albergue de las Ocho Felicidades»
El primer mes fue el más difícil de sus vidas. No solo por el esfuerzo físico, sino porque era un trabajo realizado bajo el peso del fracaso aparente. Cada piedra que se movía y cada tabla que clavaban parecía una insignificancia comparada con lo que quedaba por hacer.
Jeannie trabajaba como una máquina. A los setenta y tres años, se movía con la determinación de alguien que no tenía nada que perder excepto el tiempo, y sabía que se le agotaba. Se levantaba antes del amanecer y trabajaba hasta que la oscuridad impedía ver; luego se sentaba con un libro de contabilidad a hacer cálculos a la luz de una vela.
Gladys trabajaba a su lado, aunque frecuentemente se detenía para toser, para limpiar la sangre de sus manos magulladas o para permitir que su pequeño cuerpo descansara.
—No pares —le ordenaba Jeannie—. Parar es permitir que la mente te derrote.
Mientras trabajaban, a veces hablaban.
—¿Por qué vino a China? —preguntó Gladys un día, mientras reparaban el techo de paja.
Jeannie guardó silencio durante un largo rato.
—Porque amé un hombre —respondió finalmente—. Un misionero. Se suponía que nos casaríamos y trabajaríamos juntos. Pero murió de fiebre tres meses después de que yo llegara. —Lo siento —dijo Gladys. —No lo sientas —replicó Jeannie—. He aprendido que la simpatía es un lujo que no podemos permitirnos. Él murió. Continúo. La vida sigue. —Todavía lo ama? —preguntó Gladys.
Jeannie clavó un clavo con más fuerza de la necesaria.
—Sí —dijo—. Y esa es la razón por la cual estaré aquí hasta el día de mi muerte. Porque dejé un pedazo de mi corazón aquí y no puedo marcharme sin él. Y porque, si me voy, su muerte habrá sido en vano. No puedo vivir con eso.
Gladys comprendió entonces que lo que parecía dureza en Jeannie era en realidad una cicatriz; una herida que nunca había sanado, solo endurecido. Bajo esa piel inflexible había una mujer que lo había sacrificado todo: su juventud, su amor, su identidad. Todo había sido depositado en esa casa derruida, en ese pueblo que no la quería.
— ¿Ha convertido a alguien? —preguntó Gladys una noche. —A alguien a qué? —preguntó Jeannie. —Al cristianismo. En veinte años, ¿se ha convertido en alguien? —A dos —respondió Jeannie—. Un viejo vendedor de té y una mujer que probablemente solo quería medicina para su hijo enfermo. En veinte años, dos personas. No es un gran legado. —Tal vez el legado no es a quién convertimos —sugirió Gladys—. Tal vez es que seguimos intentándolo.
Jeannie la miró de una manera que sugería que estaba considerando si golpearla o dejarla vivir.
—Eres demasiado joven para ser tan sabia —dijo finalmente— y demasiado ingenua para ser útil. Pero quizás eso es lo que Dios quería. Quizás necesitaba que alguien creyera cuando yo había dejado de hacerlo.
A los dos meses, la casa estaba lo suficientemente reparada para ser habitable. No era hermosa, pero era un refugio. Era un hogar. Jeannie la llamó «El Albergue de las Ocho Felicidades». No estaba claro por qué «ocho». Jeannie dijo que era un número auspicioso en China que significaba prosperidad. Gladys no preguntó más; ya estaba aprendiendo que, en China, las cosas significaban lo que la gente creía que significaban.
La noche de la apertura, Jeannie colgó una vela en la ventana. Era la señal de bienvenida. Preparó arroz con caldo, verduras y té. Jeannie se peinó; Incluso Gladys se puso su mejor vestido, aunque ya era consciente de que siempre estaría fuera de lugar allí.
Las horas pasaron. Nadie llegó. A las nueve de la noche, Jeannie apagó la vela.
—Fracaso —dijo simplemente, sentándose a la mesa frente a la comida intacta—. Como esperaba. ¿Por qué vendría alguien a un albergue administrado por dos extranjeros? ¿Por qué confiarían en nosotras?
Gladys no sabía qué decir, así que comió su arroz en silencio. «¿Cometió un error?» , se preguntó. «¿He viajado tanto para fracasar así?» . Pero entonces escuchó algo: un sonido de pasos, de voces que se acercaban a la puerta. Jeannie levantó la vista, sorprendida.
La puerta se abrió. Un hombre entró; era un mulero, un arriero cargado con sacos de mercancía. Miró alrededor con sospecha, evaluando la seguridad del lugar.
—Hay comida? —preguntó en el dialecto local. —Sí —respondió Jeannie, levantándose rápidamente—. Entra. Siéntate.
El hombre se sentó. Comió en silencio y, cuando terminó, se marchó. Pero al día siguiente regresó. Y trajo amigos.
Editado: 13.02.2026