Salvó 94 Niños

Capítulo 11

CAPÍTULO 11: «Historias en la sombra»

El mulero que había llegado la primera noche se llamaba Chen. Era un hombre robusto de cuarenta y cinco años, con cicatrices en las manos que contaban historias de años de trabajo duro transportando mercancías por montañas peligrosas. Regresó al albergue tres días después, esta vez con cinco amigos.

Jeannie preparó comida y Gladys sirvió. Nadie hablaba mucho. Los muleros comían, descansaban y se marchaban. Parecía un fracaso, aunque menos pronunciado que la primera noche. Pero una noche, mientras limpiaban, Chen preguntó:

—¿Qué hacen ustedes aquí? ¿Solo dan comida? —Damos comida —respondió Jeannie— y contamos historias. —Historias? —preguntó Chen, como si fuera una palabra extraña. —Historias —confirmó Jeannie—. Historias de coraje. De fe. De hombres que hicieron cosas imposibles. —¿Historias reales? —preguntó otro mulero, uno más joven. —Historias verdaderas —respondió Jeannie—. ¿Quieres escuchar una?

Los muleros se sentaron. Jeannie comenzó a hablar sobre Jesús, aunque no lo llamó así explícitamente. Habló de un maestro que sanaba enfermedades, que alimentaba a los hambrientos y desafiaba a los poderosos. Los muleros escuchaban, fascinados y escépticos a la vez. Pero Gladys notó algo: cuando Jeannie contaba historias en chino puro, los hombres parecían cerrarse. Parecían estar esperando un sermón, una obligación religiosa. Estaban en guardia. Así que una noche, tímidamente, Gladys pidió:

—¿Puedo contar una?

Jeannie levantó una ceja, pero se acercó. Gladys no sabía mucho chino aún, pero conocía los nombres de los personajes y los números. Y sabía dibujar. Con un palo en la tierra, comenzó a trazar un triángulo pequeño y luego un círculo grande.

—Un hombre pequeño —dijo en mandarín, señalando el triángulo—. Un gigante grande —señaló el círculo.

Los muleros se inclinaron hacia delante, curiosos. Con gestos, Gladys contó la historia de David y Goliat. No mencioné a Dios; solo narró la historia de un hombre pequeño que enfrentó a alguien mucho más grande y ganó. Habló sobre el valor y la fe en uno mismo. Cuando terminó, se hizo el silencio.

—Eso es verdad? ¿Realmente sucedió? —preguntó Chen. —Sí —respondió Gladys—. Sucedió. Es una historia antigua, de un lugar muy lejano. Pero sucedió. —¿Y el hombre pequeño ganó? —preguntó el mulero joven. —Ganó —confirmó Gladys.

Chen se recostó en su silla.

—Cuéntame otra —pidió.

Y así comenzó todo. Cada noche, Gladys contaba historias. No relatos religiosos dogmáticos, sino crónicas sobre personas ordinarias que hacían cosas extraordinarias. Historias dibujadas en la tierra con un palo, contadas con gestos y las pocas palabras de un idioma que aprendía lentamente. Al final de la primera semana, Chen regresó con quince amigos. A la segunda, casi treinta muleros se sentaban cada noche alrededor de Gladys.

—La Misión tenía razón al rechazarme —dijo Jeannie una noche, casi para sí misma, mientras observaba a Gladys limpiar—. No necesitaban tu mente ni tu educación. Necesitaban tu alma. Necesitaban lo que tienes aquí.

Señaló el corazón de Gladys.

— ¿Qué tengo aquí? —preguntó ella. —La capacidad de traducir el Evangelio al idioma que la gente realmente habla —respondió Jeannie—. No el de los libros, sino el lenguaje del corazón. Es un don raro. Y quizás provenga de tu falta de instrucción formal.



#1619 en Otros
#291 en Novela histórica
#120 en Aventura

En el texto hay: misterio, drama, accion

Editado: 13.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.