Salvó 94 Niños

Capítulo 15

CAPÍTULO 15: «Ai-Weh-Deh: La Virtuosa»

El vendado de pies era una tradición que había durado mil años. Gladys no entendía completamente la historia detrás de ella —algo sobre belleza, estatus y la capacidad de controlar a las mujeres manteniéndolas literalmente inmovilizadas—. Lo que sí entendía era el resultado. Lo que veía cuando entraba en las aldeas remotas y pedía que le mostraran las prácticas locales eran niñas pequeñas sufriendo bajo apretadas vendas de lino que habían roto sus pies, deformándolos en lo que se llamaba «lirios de loto».

Lo que veía era dolor. Infección. Gusanos. Pérdida de dedos. Gangrena.

Lo que veía era a madres que no querían parar porque sus hijas nunca conseguirían maridos sin los pies vendados. Lo que veía era un sistema de esclavitud que se había disfrazado de amor.

Su autoridad como inspectora oficial significaba que podía entrar en cualquier hogar. Podía examinar los pies de cualquier niña y podía ordenar que las vendas fueran removidas. Lo que significaba que hacía exactamente eso. Aldea tras aldea, casa tras casa, niña tras niña. Gladys desarrolló un protocolo: primero hablaba con la madre, explicaba los peligros médicos y que sus hijas tendrían más oportunidades si podían caminar libremente; les decía que el mundo estaba cambiando y que pronto nadie buscaría pies vendados.

A veces las madres escuchaban. A veces, no. Cuando no lo hacían, Gladys simplemente utilizaba su autoridad.

—Voy a remover las vendas —anunciaba—. Porque es mi trabajo. Y si intenta detenerme, tendrá consecuencias oficiales.

Era una manipulación la mayoría de las veces, pero funcionaba. Lo que no funcionaba era el dolor de las niñas cuando se retiraban las vendas. Años de compresión significaban que los pies se habían adaptado de forma traumática. Remover las vendas causaba un dolor insoportable; las niñas gritaban y algunas perdían el conocimiento. Los pies sangraban y la infección era casi garantizada.

Pero Gladys continuaba.

Una niña en particular, una niña de ocho años llamada Mei-Lin, tenía gangrena severa en uno de sus pies vendados. Cuando Gladys examinó el pie, supo que solo había dos opciones: amputar el miembro o permitir que la infección progresara hasta extenderse por todo el cuerpo. Sabía lo que un médico occidental recomendaría y lo que la caridad moderna cirugía, pero Gladys había aprendido en los últimos años que, a veces, el sacrificio a corto plazo era la única forma de redención a largo plazo.

—Voy a sanar este pie —anunció—. Pero va a doler. Mucho. ¿Está tu madre de acuerdo?

La madre de Mei-Lin, una mujer dura con ojos que había visto demasiado sufrimiento, se acercaba.

—Si vuelve a caminar —dijo—, habrá valido la pena tanto dolor.

Gladys pasó tres semanas curando. Cada día limpiaba la herida, aplicaba hierbas y cantaba para Mei-Lin mientras la niña lloraba. Dormía en el suelo al lado de su cama, alerta por si la fiebre regresaba. La madre de Mei-Lin observaba, a menudo en silencio, a veces murmurando lo que parecían ser maldiciones.

Un día, cuando Mei-Lin finalmente pudo poner el pie en el suelo sin gritar, la madre se acercó a Gladys.

—Eres una demonia —dijo—. Vienes a nuestros hogares y nos quitas nuestras tradiciones. Arrebatas a nuestras hijas de sus destinos. Eres un mal.

Gladys no discutió. Solo continuó trabajando. Tres semanas después, cuando Mei-Lin pudo caminar sin vendas, cuando el pie estaba cicatrizado pero sano, la madre regresó. Traía flores.

—Gracias —dijo, llorando—. Ella puede caminar sin dolor. Ella puede correr... ella puede ser libre. Eres un ángel, no una demonia. Perdóname.

Gladys abrazó a la madre. Y allí, en una pequeña casa en una aldea remota, dos mujeres que se habían visto como enemigas lloraron juntas, comprendiendo finalmente que habían estado equivocado todo el tiempo.

Así, aldea tras aldea, Gladys se convirtió en leyenda. Los aldeanos comenzaron a referirse a ella no por su nombre inglés, sino por su nuevo nombre: «Ai-Weh-Deh». La Virtuosa. La que cura. La que libera.

Y aunque nunca predicó directamente sobre Dios, aunque a menudo los aldeanos no entendían que su motivación era religiosa, lo que predicaba era la redención. Era la creencia de que incluso lo más roto podía ser sano. Que incluso lo más perdido podía ser encontrado. Que incluso lo más oscuro podía ser iluminado. En otras palabras, predicaba el Evangelio de manera práctica.



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En el texto hay: misterio, drama, accion

Editado: 13.02.2026

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