Salvó 94 Niños

Capítulo 16

CAPÍTULO 16: «Ciudadanía»

En 1936, después de seis años de vida en China, Gladys completó los trámites para convertirse en ciudadana china. Fue un proceso burocrático, lleno de documentos que no entendía, sellos que significaban más de lo que parecía y preguntas oficiales sobre su lealtad. En un momento, un funcionario le preguntó si renunciaría a su ciudadanía británica.

—Sí —respondió Gladys, sin vacilación.

El funcionario se sorprendió.

—¿No quiere pensarlo? —preguntó—. ¿No quiere tiempo? —No —respondió Gladys—. Dejé de ser británica hace años. Solo necesitaba que el papeleo lo reflejara.

Cuando finalmente recibió el certificado de ciudadanía, lo sostuvo en sus manos y lloró. No fueron lágrimas de arrepentimiento; fueron lágrimas de transformación. Porque en ese momento, mirando el documento con su nombre chino impreso oficialmente, Gladys Aylward comprendió que ya no era la misma.

No era la Gladys Aylward de Londres; Esa chica había muerto en Siberia, en un tren, bajo el peso de los bandidos y las dudas. Tampoco era completamente Ai-Weh-Deh, aunque así la llamaban ahora, porque una parte ineludible de ella recordaba la lluvia de Londres, el olor de la chimenea y la voz de su madre. Era algo entre ambas. Algo nuevo que no tenía un nombre en ningún idioma.

Esa noche escribió una carta a sus padres. No sabía si llegaría; Sabía que tardaría meses, pero escribió de todos los modos.

«Queridos mamá y papá:

Tomé una decisión importante. Me he convertido en ciudadana china. Ya no soy británica, oficialmente. Sé que esto puede causarles dolor y que tal vez lo entiendan como un acto de abandono. Pero es lo opuesto: es un acto de lealtad. Lealtad a la gente que ahora es mi pueblo. Lealtad a una causa que es más grande que la nacionalidad. Lealtad a Dios, que me llamó a ser un puente entre dos mundos.

Espero que un día comprendan. Espero que sepan que los amo, pero que tenía que hacer esto. Tenía que morir a lo que era para poder vivir lo que debo ser.

Con amor siempre, Ai-Weh-Deh».

Jeannie estaba muriendo. Gladys lo supo antes de que ella lo admitiera. Lo supo por la forma en que se movía más lentamente, por su necesidad de descanso y porque su tos se hacía más profundo cada mes. Jeannie lo negó durante un tiempo.

—Estoy bien —insistía—. Solo necesito más té de hierbas.

Pero a los ochenta y un años, con una vida de trabajo duro y sacrificio a sus espaldas, Jeannie simplemente se estaba desgastando. Una noche, llamó a Gladys a su cama.

—Voy a morir pronto —dijo sin preámbulos. —No —respondió Gladys—. Vivirás muchos años más. —Sé que voy a morir —continuó Jeannie, ignorando la negación de Gladys—. Y necesito que sepas algo antes de que me vaya. Necesito que entiendas que no he fallado. Veinte años aquí y solo dos conversiones reales. Pero ahora hay un albergue. Hay una mujer joven que predica sin predicar. Hay un cambio llegando a estas montañas; lento, pero es un cambio.

Jeannie extendió una mano débil y tomó a Gladys por la mandíbula, obligándola a mirarla a los ojos.

—El albergue ahora es tuyo —corrigió—. Tienes los papeles. Son tuyos. Haz con él lo que creas que Dios quiere. Yo ya no puedo, pero tú... tú apenas estás comenzando.

Gladys quiso protestar, pero comprendió que estaría mintiendo. Jeannie lo sabía. Lo único que la anciana necesitaba era un último acto de fe: creer que su trabajo continuaría cuando ella se hubiera ido.

Jeannie murió una noche de primavera de 1936. Estaba dormida cuando ocurrió. Fue como si simplemente hubiera decidido que su trabajo había terminado y se fuera tranquilamente, como una vela apagada por el viento. Gladys permaneció sentada a su lado durante horas, simplemente sosteniéndola, llorando. Por tristeza y por gratitud; por la comprensión de que había conocido a una mujer santa que había dado su vida por una causa que nunca vería triunfar.

El funeral de Jeannie fue una mezcla de ritos chinos y cristianos. Cientos de personas acudieron: muleros que había alimentado, prisioneros que había visitado, niñas cuyas vidas había tocado. Cuando bajaron el ataque a la tierra, una de las niñas a las que Jeannie había enseñado a leer años atrás colocó flores en la tumba.

—Ella nos salvó —dijo la niña en voz alta—. Al igual que Ai-Weh-Deh nos salva a nosotras. Siempre la recordaremos.



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En el texto hay: misterio, drama, accion

Editado: 13.02.2026

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