CAPÍTULO 18: «Miedo nocturno»
Estaba sola en el albergue. Era medianoche, la hora más profunda, cuando incluso el sonido del viento parece una amenaza. Gladys estaba en su cama, tendida en la oscuridad total, incapaz de conciliar el sueño.
Su mente no parecía reconocer que su cuerpo necesitaba descanso. Se aceleraba, saltando de un pensamiento a otro, cada uno más sombrío que el anterior.
«¿Por qué estoy sola?» , se preguntó. «¿Por qué Dios me envía sola a este lugar? ¿Dónde está Él en la soledad? ¿Está aquí, en esta habitación oscura, en esta montaña?» .
«¿Por qué abandonaste a tu familia?» , insistía en su mente. «¿Por qué dejaste tu hogar? ¿Eres solo una loca que imaginó que Dios la había elegido?» .
Las preguntas llegaban una tras otra, cada cual más peligrosa. Luego vino el miedo. No era un temor a cosas externas; Era miedo de sí misma. Miedo de su propia insuficiencia. Miedo de haber cometido el mayor error de su vida. Pavor al pensar que, cuando sus padres murieran —y ese día debía de estar cerca—, ella estaría en China, lejos, sin poder despedirse.
En la oscuridad, creyó ver formas. Primero sombras fuerons inofensivas que luego se transformaron. Se convirtió en demonios, en acusadores, en sus propias dudas cobrando forma física. Una voz —la suya propia o una externa?— comenzó a susurrar:
—Eres ordinaria. Eres débil. Eres insignificante. ¿Cómo pudiste pensar que harías algo importante? ¿Cómo pudiste creer que Dios se fijaría en ti?
Gladys se levantó de la cama. Se mantuvo firme y cerró los ojos con fuerza. Entonces, comenzó a cantar. No fue una melodía hermosa; su voz estaba rota y ronca por el miedo, pero era honesta. Era real.
Era un himno que había aprendido en la iglesia metodista de Bow Road, el lugar donde todo había comenzado. Y mientras cantaba, en la penumbra de aquel albergue en una montaña china, algo cambió. Las sombras retrocedieron. El miedo no desapareció por completo, pero se volvió manejable, se volvió humano.
Y entonces escuchó una voz. No fuera de ella, sino dentro. Una voz suave pero firme:
—Estoy aquí.
Solo eso. No hubo visiones ni apariciones; fue simplemente una presencia. La certeza de que no estaba completamente sola. De que, incluso en la oscuridad más profunda, había alguien que la veía, que la conocía y que la amaba.
Se quedó dormida en el suelo, en medio de su canción inacabada, sin saber si aquello había sido un sueño o la realidad. Pero cuando despertó con la luz del amanecer, supo que algo se había transformado. Comprendió que incluso la soledad no es verdadera soledad si Dios está allí.
Continuaría porque no tenía otra opción. Porque su vida ya no le pertenece. Porque aquel pacto sellado en una iglesia hacía años todavía la sostenía. Continuaría porque la alternativa —una vida de arrepentimiento, una vida de «qué hubiera pasado si»— era sencillamente insoportable.
Editado: 13.02.2026