CAPÍTULO 23: «La orden de evacuación»
Octubre de 1938.
Los soldados llegaron a Yangcheng a mediodía, cuando el sol quemaba sin piedad y el pueblo estaba sumido en un letargo de calor y miedo.
Eran cinco hombres, todos a caballo, todos con uniformes de la República de China que habían visto mejores días. El oficial que los comandaba era un hombre de unos cuarenta años, con los ojos de alguien que había tomado demasiadas decisiones imposibles y que estaba cansado de hacerlo.
Bajó de su caballo y fue directamente al albergue.
Gladys estaba en el patio, enseñando a los niños más pequeños a distinguir plantas comestibles de las que eran venenosas. Era un conocimiento que probablemente nunca necesitarían, pero en tiempos de guerra, uno nunca sabía.
—¿Eres Ai-Weh-Deh? —preguntó el oficial con voz cortante.
—Sí —respondió Gladys, levantándose del suelo.
—Tengo una orden —dijo el oficial, sin preámbulo—. Todos los civiles deben evacuar Yangcheng. Los japoneses llegarán dentro de tres días. Quizá cuatro. Si todavía estáis aquí cuando lleguen, estaréis muertos.
Gladys sintió como si el mundo se inclinara bajo sus pies.
—¿Evacuar a dónde?
—Al sur. Hacia Xi’an. Es la única dirección segura. Los japoneses avanzan desde el norte y el este. Xi’an aún está bajo control de la República. Si pueden llegar allá, pueden estar a salvo.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Tres días —repitió el oficial—. Quizá cuatro si tienen suerte. Pero no más.
Se dio la vuelta para marcharse, luego se detuvo.
—¿Cuántos niños tienes aquí? —preguntó, como una idea tardía.
—Noventa y cuatro —respondió Gladys.
El oficial cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, había algo diferente en su expresión. Algo que podría haber sido simpatía, o podría haber sido solo la aceptación de lo imposible.
—Noventa y cuatro —repitió—. Eso es... un número significativo. ¿Cómo piensas mover a noventa y cuatro niños a través de montañas de guerra?
—No lo sé —admitió Gladys—. Pero lo haré.
El oficial asintió, como si hubiera esperado exactamente esa respuesta.
—Eres valiente —dijo—. O estás loca. Probablemente ambas cosas. Que Dios te cuide.
Se fue.
Esa noche, Gladys reunió a los niños en la sala principal del albergue.
—Mañana —anunció—, nos vamos de aquí. Vamos a hacer un viaje. Un viaje largo.
Los niños miraron con ojos asustados. Algunos comenzaron a hablar entre ellos. Uno de los niños más pequeños preguntó:
—¿A dónde vamos?
—A un lugar seguro —respondió Gladys—. A un lugar donde los japoneses no pueden alcanzarnos.
—¿Y el albergue? —preguntó una niña.
Gladys miró alrededor de la sala. El albergue que había tardado años en reconstruir. El albergue que era su hogar, su obra, su vida.
—El albergue se quedará aquí —respondió calmadamente—. Pero todos nosotros nos iremos.
Esa noche, comenzó a prepararse.
Reunió toda la comida que podía encontrar. Pan. Arroz. Legumbres secas. Frutas secas que había guardado para emergencias. Todo fue empacado en bolsas pequeñas que pudieran ser cargadas por los niños mayores o por ella misma.
La señora Wang apareció en la puerta del albergue, como si hubiera sabido que Gladys la necesitaría.
—Voy contigo —anunció simplemente.
—No —respondió Gladys—. Eres demasiado vieja. Es demasiado peligroso.
La señora Wang entrecerró los ojos.
—¿Recuerdas cuando estuve enferma? —preguntó—. ¿Recuerdas cuando estaba muriendo y tú dormías en mi casa, cuidándome, sin esperar nada a cambio?
—Lo recuerdo —respondió Gladys.
—Entonces sabes que te debo mi vida —continuó la señora Wang—. Y ahora exijo pagar esa deuda. Yo voy contigo. No te dejaré sola. Y no hay argumento que puedas hacer que me cambie de opinión.
Gladys abrazó a la señora Wang.
No porque estuviera convencida. Sino porque sabía que lo que la señora Wang decía era verdadero. Que la deuda era real. Que no podía negar a esta mujer lo que le estaba pidiendo.
Así que cuando amaneció el día siguiente, la señora Wang estaba de pie, con su palo de caminata, lista para comenzar.
Editado: 14.02.2026