CAPÍTULO 24: «La partida»
El amanecer en Yangcheng fue un amanecer que Gladys nunca olvidaría.
Los noventa y cuatro niños se alineaban en la calle principal del pueblo. Algunos tenían apenas tres años, demasiado pequeños para entender lo que estaba sucediendo. Algunos tenían dieciséis, lo suficientemente mayores como para saber que el viaje que estaban a punto de hacer probablemente los mataría.
La mayoría nunca había caminado más de cinco kilómetros de Yangcheng. Nunca había salido de las montañas que los rodeaban. Nunca había visto nada excepto lo que sus ojos podían captar desde la aldea.
Ahora marchaban hacia lo desconocido.
Gladys estaba de pie al frente, con una bolsa en la espalda que pesaba casi tanto como ella misma. Tenía treinta y seis años, pero se veía de cincuenta. Los años en las montañas de Shanxi, la falta de comida adecuada, el trabajo incesante, todo había tomado su costo. Su cabello había comenzado a ponerse gris. Su cuerpo estaba delgado, exhausto.
Pero sus ojos brillaban con algo que parecía inmortal.
—Vamos a hacer un viaje juntos —anunció a los niños—. Es un viaje largo. Va a ser difícil. Muchas veces querrás rendirte. Muchas veces creerás que no puedes continuar.
Miró a cada niño, asegurándose de que la escuchaban.
—Pero continuarás —continuó—. Porque eres más fuerte de lo que crees. Porque tienes hermanos y hermanas aquí que dependen de ti. Y porque Dios está con nosotros.
Luego comenzó a cantar.
Fue una canción que aprendió siendo niña en la iglesia metodista de Bow Road, una canción que su madre le había enseñado, una canción de fe y esperanza en tiempos oscuros.
Los niños, al principio inseguros, lentamente comenzaron a unirse. Sus pequeñas voces, algunas afinadas, otras completamente fuera de tono, pero todas unidas, crearon un sonido que parecía llenar los mismos pasillos de las montañas.
Cuando la canción terminó, Gladys se dio la vuelta.
—Ahora vamos —dijo.
Y el grupo comenzó a moverse.
Miraron hacia atrás una sola vez.
Yangcheng ardía.
No fue un ataque aéreo. No fue un bombardeo específico. Fue simplemente el resultado de la guerra: el pueblo que los había acogido, que había proporcionado un hogar a una mujer inglesa loca que contaba historias con un palo, que había permitido que un albergue floreciera en sus calles, fue consumido por las llamas.
Gladys vio el humo elevarse desde la aldea que había sido su hogar durante ocho años. Vio el albergue, el edificio que ella y Jeannie habían reconstruido, siendo devorado por el fuego.
Su hogar se estaba desvaneciendo.
Pero los niños no se detuvieron. Porque Gladys no se detuvo. Porque ella entendía que la nostalgia era un lujo que no podían permitirse. Que mirar hacia atrás era permitir que la parálisis los tomara.
Editado: 14.02.2026