Salvó 94 Niños

Capítulo 26

CAPÍTULO 26: «Ni siquiera puedo continuar»

Día once.
Gladys estaba destrozada.
No era destrozada de una manera externa. Aún podía caminar. Aún podía hablar. Aún podía dar órdenes.
Pero por dentro, algo se había roto.
El campamento esa noche fue en una pequeña depresión entre las montañas, un lugar donde al menos estaban protegidos del viento. Los niños comieron lo que quedaba de su comida. No era mucho. Quizá medio día de comida completa para todos ellos.
Cuando los niños durmieron, Gladys se alejó del grupo.
Se sentó en una piedra, sola, y permitió que la verdad la hiciera dudar.
—No puedo —susurró a la noche—. No puedo hacer esto. Estoy muriendo. Estos niños merecen a alguien más fuerte. Merecen a alguien que no esté herido, no esté enfermo, no esté aterrado.
Su voz se volvió más fuerte, más desesperada.
—¿Dónde estás? —gritó a Dios—. ¿Dónde estás en esto? ¿Cómo se supone que debo cruzar más de cien kilómetros con noventa y cuatro niños? ¿Cómo...?
Su voz se quebró.
Se dejó caer, sollozando en la montaña, permitiendo que todo saliera. Toda la presión, todo el miedo, toda la duda.
Se quedó allí durante horas, simplemente llorando, sin creer en nada, esperando que alguien viniera a detenerla.
Nadie vino.
Simplemente estaba sola con su desesperación.
Fue una voz pequeña la que la trajo de vuelta.
—¿Ai-Weh-Deh?
Gladys levantó la vista. Era Mei-Li, una de las niñas más pequeñas, de apenas siete años. Estaba de pie en la noche, descalza, en su ropa delgada, mirando a Gladys con los ojos de alguien que era demasiado joven para sentir miedo pero lo sentía de todos modos.
—Vuelve a la cama —ordenó Gladys, tratando de componer su voz.
—Estás triste —dijo Mei-Li simplemente—. ¿Por qué estás triste?
Gladys no supo qué decir. Así que simplemente respondió la verdad.
—Porque no creo que pueda continuar. Creo que soy demasiado débil. Creo que fracasaremos.
Mei-Li se sentó a su lado. Tomó su mano con sus dedos pequeños.
—¿Recuerdas la historia que contaste? —preguntó—. Sobre el hombre que cruzó el mar?
—Moisés —respondió Gladys.
—Sí —dijo Mei-Li—. ¿Qué hizo cuando el mar estaba frente a él?
—Fue a través —respondió Gladys, recitando la historia.
—Pero Moisés fue un hombre grande —dijo Mei-Li—. Fue un líder poderoso. Fue elegido por Dios porque era especial.
—Sí —respondió Gladys.
—Pero tú no eres un hombre grande —continuó Mei-Li—. Eres pequeña. Eres débil. Eres una mujer que hace lo que puede.
Gladys quiso protestar. Quiso decir que Mei-Li tenía razón, que era débil, que no era suficiente.
—Pero Dios sigue siendo Dios —dijo Mei-Li.
Y en esa frase, simple, pronunciada por los labios de una niña de siete años en una montaña china, Gladys encontró lo que necesitaba.
No fe en ella misma. Eso había sido aplastado bajo el peso de la realidad.
Pero fe en algo más grande. Fe en que incluso si fallaba, incluso si era débil, incluso si era completamente inadecuada, Dios no lo era.



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En el texto hay: misterio, drama, accion

Editado: 14.02.2026

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