CAPÍTULO 27: «La canción y la llegada»
La conversación con Mei-Li la reavivó de alguna manera.
No de una forma que la hiciera más fuerte. No de una forma que la hiciera más capaz de caminar kilómetros con el cuerpo en carne viva y la fiebre ardiendo.
Pero de una forma que la hizo más dispuesta a intentarlo.
A la mañana siguiente, cuando se levantaron para continuar, Gladys estaba casi sin voz. La garganta le quemaba. El cuerpo le dolía en lugares que no sabía que podían doler. Sus pies estaban tan dañados que cada paso era una agonía.
Pero se levantó.
Y comenzó a cantar.
Fue débil. Fue casi inaudible. Fue la canción de una mujer al borde de la muerte cantando como si tuviera toda la vida del mundo.
Fue un himno de la iglesia metodista de Bow Road, una canción sobre fe cuando todo parecía imposible. Una canción que su madre le había cantado cuando era niña, cuando el mundo era seguro, cuando todo lo que tenía que hacer era vivir.
Los niños, al principio, simplemente caminaron en silencio.
Luego, uno de ellos comenzó a cantar junto a ella.
Luego otro.
Luego otro.
Pronto, noventa y cuatro niños en las montañas de Shanxi estaban cantando una canción en inglés que no comprendían completamente, sobre un Dios en el que no siempre creían, sobre una fe que estaban aprendiendo a tener.
Sus voces pequeñas, a menudo desafinadas, a menudo inseguras, pero unidas, parecían llenar los pasillos entre las montañas.
La señora Wang, caminando detrás de ellos, escuchó lo que parecía ser las voces de los ángeles.
Las pruebas no cesaron. Más ataques aéreos, más noches heladas, más kilómetros que parecían no acabar. Pero algo había cambiado. Ya no era solo la voluntad de Gladys la que los movía; era la fe colectiva de los noventa y cuatro niños que caminaban tras ella, su coro de esperanza resonando en las montañas.
Finalmente, después de semanas que parecieron una eternidad, el paisaje cambió. Vieron los primeros signos de civilización. Un día, mientras dormía en un estado entre la vida y la muerte, fue transportada. Cuando abrió los ojos, estaba en una cama de verdad, con cobijas. La señora Wang, rejuvenecida por el alivio, le dijo:
—Hemos llegado. Es Xi’an. Estamos a salvo.
Editado: 14.02.2026