Salvó a 94 Niños

Capítulo 1

CAPÍTULO 1: Ceniza y té

Londres, octubre de 1920.
Gladys Aylward tenía dieciocho años y ya conocía bien el olor a la ceniza, el hollín de carbones quemados, el fantasma del calor. Era la esencia de su trabajo, la definición de sus días.
Estaba de rodillas sobre el tapete persa de la señora Hensworth —una pieza costosa— cuando sus dedos encontraron el vidrio.
No supo de dónde había venido. Quizá de una copa rota meses atrás, un accidente que nadie limpió bien. Quizá siempre había estado allí, esperándola. Gladys sintió el corte agudo, más una sorpresa que un dolor, y retiró la mano. Sangre. Sucia, roja, real.
Miró sus dedos por un momento. Pequeños dedos de mujer pequeña, ahora manchados. Se los llevó a la boca instintivamente, chupó la sangre —un gesto que aprendió de niña, como una forma de tragarse el dolor o lo malo que pudiera ocurrirle—. Ahora tenía dieciocho años y los rasguños parecían metáforas de algo más grande, algo que no podía nombrar pero que sentía ardiendo en su pecho cada vez que respiraba hollín.

—¿Señorita Aylward?

Gladys se giró. La señora Hensworth estaba de pie en la puerta del salón, su silueta recortada contra la luz de la tarde que entraba por las ventanas de la habitación contigua. Llevaba un vestido de seda azul pálido que nunca se ensuciaría, nunca se desgarraría, nunca sangraría.

—Sí, señora.

—¿Está herida?

Gladys miró sus dedos de nuevo con un brillo de saliva todavía.

—No, señora. Solo un pequeño corte. Continuaré con la chimenea.

La señora Hensworth asintió, insatisfecha pero no lo suficientemente interesada como para investigar más. Desapareció tan silenciosamente como había llegado.
Gladys volvió al trabajo. Los dedos dolían ahora, pero era un dolor limpio, simple. Mucho más fácil de entender que la sensación de ahogo que sentía en el pecho, ese peso sordo que se había instalado en ella meses atrás y que no parecía dispuesto a marcharse.
Mientras raspaba la ceniza, sus ojos se posaron en algo sobre la repisa de la chimenea. Una revista. Probablemente la señora Hensworth la había dejado caer, olvidándola como se olvida la ropa sucia o las cosas que no importan. The Missionary Herald, decía la portada en letras doradas. Gladys sabía que no debería estar mirándola. No era su lugar. Pero los dedos punzantes la levantaron de todos modos.
La imagen en la contraportada era lo que la detuvo.
Una fotografía de misioneros en una tierra lejana. Hombres y mujeres, algunos en ropa occidental, otros en ropa que no reconocía. Todos sonriendo. Todos con los ojos brillantes de forma que ella nunca había visto brillar a los ojos de nadie en Londres. Y detrás de ellos, montañas que parecían tocar el cielo mismo. Montañas que parecían prometer algo. Algo que no era hollín. Algo que no era la señora Hensworth. Algo que no era… esto.
La leyenda bajo la fotografía decía: «Misioneros en la provincia de Shanxi, China, 1918. Predicando el Evangelio donde nadie ha llegado antes».
Gladys leyó las palabras en silencio, una, dos, tres veces. Donde nadie ha llegado antes. No sabía exactamente qué significaba eso, pero parecía importante. Parecía significar que existían lugares donde lo que habías hecho antes no importaba. Donde el hollín y la ceniza no podían alcanzarte.
Un sonido la sobresaltó. Pasos en el pasillo. Rápidamente, metió la revista de vuelta donde la había encontrado y volvió a arrodillarse frente a la chimenea. Sus dedos sangrantes continuaron rasguñando el hollín.
Pero algo había cambiado.
En el silencio de la habitación, mientras el polvo negro caía y la sangre se secaba en sus dedos, Gladys Aylward escuchó una voz. No venía del pasillo. No venía de la señora Hensworth. Venía de algún lugar dentro de ella, en un lugar que no sabía que existía.
«Esto no es todo lo que eres».
Las palabras eran tan claras que miró alrededor, esperando encontrar a alguien de pie detrás de ella. Pero estaba sola. Solo la chimenea, la ceniza, la sangre y esa voz que parecía venir de un futuro que aún no existía.
Gladys se preguntó si se estaba volviendo loca.
Pero no paró de trabajar. Simplemente continuó, con las manos temblando ligeramente, consciente de que algo se había roto dentro de ella, de la misma manera que el vidrio se había roto en la chimenea. Y como el vidrio, una vez roto, nunca volvería a estar entero.
Esa noche, en la pequeña habitación que compartía con otra sirvienta en el ático de la casa Hensworth, Gladys no durmió. Permaneció despierta, mirando la oscuridad, sintiendo ese peso en su pecho transformarse en algo más. Algo que parecía tener alas.
Esa voz en su cabeza no se fue.
«Esto no es todo lo que eres.».



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En el texto hay: misterio, drama, accion

Editado: 11.02.2026

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