CAPÍTULO 2: El avivamiento
La Iglesia Metodista de Bow Road era un edificio de piedra gris que se alzaba entre las casas más pobres del East End de Londres como un acto de fe desafiante. No era grande ni hermosa, pero tenía algo en sus muros de ladrillo que parecía absorber luz incluso en los días más nublados.
Era sábado por la noche cuando Gladys entró.
Había venido con su compañera de trabajo, May, quien le había susurrado durante la comida de la tarde: «Hay un predicador especial mañana. Dicen que hace milagros». Gladys había ignorado el comentario al principio, pero la voz en su cabeza —la que la había visitado desde la noche de la chimenea— parecía estar empujándola hacia allá.
«Ven», parecía decir. «Ven y escucha».
Así que aquí estaba.
La iglesia estaba abarrotada. Cientos de personas, quizá más de mil. Gladys nunca había visto tanta gente reunida en un espacio tan pequeño. Había obreros con sus mejores ropas, arrugadas y gastadas. Había mujeres que, como ella, trabajaban como sirvientas en casas de gente rica, ahora sin sus uniformes, casi irreconocibles. Había niños, ancianos, gente del barrio que probablemente nunca había entrado en una iglesia en sus vidas.
El aire era sofocante. El calor de tantos cuerpos, la tensión de tanta expectativa.
Subió al púlpito un hombre de unos cincuenta años, con el cabello gris y los ojos que parecían haber visto cosas que la mayoría de la gente solo podía imaginar. Su nombre era Arthur Wilfred Granger, un evangelista que había pasado años en el extranjero y había regresado a Inglaterra con historias de conversiones, sanidades, vidas transformadas.
Abrió la Biblia.
No recitó un pasaje. No leyó una prédica estudiada y ensayada. Simplemente comenzó a hablar, como si estuviera teniendo una conversación con cada persona en la habitación, mirándola directamente a los ojos.
—¿Cuántos de ustedes —preguntó— creen que su vida ya está decidida? ¿Que fueron nacidos en el lugar equivocado, en la familia equivocada, en la pobreza equivocada? ¿Que Dios los olvidó antes de que siquiera llegaran a existir?
El silencio fue ensordecedor.
Gladys sintió como si el hombre la estuviera mirando directamente a ella. Como si supiera sobre la ceniza, sobre los dedos sangrantes, sobre esa voz interior que no la dejaba en paz.
El predicador continuó.
—Les digo que es una mentira. El demonio es el padre de la mentira, y su mentira más grande es que ustedes no importan. Que sus sueños son demasiado grandes, sus vidas demasiado pequeñas, su fe demasiado débil para que Dios se fije en ustedes.
Hizo una pausa. Miró alrededor de la iglesia.
—Pero Dios se fija. Y más aún, Dios ama. Ama a los pequeños. Ama a los rechazados. Ama a los que creen que no tienen nada que ofrecer. Porque la verdad, amigos míos, es que Dios no necesita nuestras capacidades. Necesita nuestro corazón. Necesita nuestra disposición a decir “sí” a Su llamado, sin importar el costo.
Gladys sintió que algo se rompía dentro de ella. No era un sonido. No era dolor físico. Era como si algo que había estado sostenido por cadenas las más frágiles de repente fuera liberado.
Alrededor de ella, otras mujeres comenzaban a llorar. Una anciana se tocaba el pecho, murmurando palabras que Gladys no podía escuchar. Una joven no mayor que ella sollozaba silenciosamente, sus hombros temblando.
El predicador levantó su Biblia.
—He venido esta noche para decirles que Dios está buscando obreros. Está buscando gente dispuesta a ir donde otros no irán, a decir lo que otros no dirán, a creer lo que otros no creerán. Si sienten ese llamado en su corazón, si escuchan la voz de Dios diciéndoles “ven”, los invito a que pasen al frente. Díganle a Dios “sí”. Díganle al mundo “aquí estoy”. Dejen que sus vidas sean transformadas.
Nadie se movió al principio.
Luego, un hombre viejo, alguien a quien Gladys no había notado antes, se levantó con dificultad y caminó hacia adelante. Sus pasos eran lentos, su espalda encorvada, pero sus ojos brillaban.
Otros comenzaron a seguirlo. Una mujer. Otro hombre. Una pareja joven de mano en mano.
Gladys permaneció sentada, paralizada.
May le susurró:
—¿No vas?
Ella no respondió. No podía. Porque sabía que si se levantaba, si caminaba hacia adelante, algo en ella cambiaría para siempre. No sería sirvienta de la casa Hensworth. No sería la chica que limpiaba chimeneas. No sería la que aceptaba su vida tal como era, pequeña y gris y llena de ceniza.
Sería alguien más.
Y no sabía si tenía el coraje de ser alguien más.
El predicador hablaba aún.
—Es un acto de fe simple. No tienen que entender todo. No tienen que tener todas las respuestas. Solo tienen que estar dispuestos a caminar en la oscuridad, confiando en que Dios los guía.
Gladys se levantó.
No había pensado hacerlo. Sus piernas simplemente se levantaron por sí solas, movidas por algo que era más fuerte que su miedo. Caminó hacia adelante, sus pequeños pies en sus zapatos gastados moviéndose entre las filas de gente, hacia el frente de la iglesia.
Cuando llegó al púlpito, el predicador sonrió. No era una sonrisa condescendiente. Era la sonrisa de alguien que ha visto esto antes, que sabe lo que cuesta, que entiende el peso de ese momento.
—¿Cuál es tu nombre, hija? —preguntó.
—Gladys —susurró ella—. Gladys Aylward.
—Y, Gladys Aylward, ¿qué le dirías a Dios en este momento?
Ella levantó la vista. Toda la iglesia la estaba mirando. Cien, doscientos, mil ojos. Pero lo único que podía oír era la voz. La voz que le había hablado en la oscuridad del ático de la casa Hensworth.
—Yo iré.
No supo de dónde vinieron las palabras. No las había ensayado. Simplemente aparecieron, desde lo más profundo de ella, llevadas por algo que era más grande que ella misma.
—Iré donde sea que me llames —dijo, su voz más fuerte ahora—. Iré a los lugares que otros no irán. Haré lo que otros no harán. No sé cómo. No sé dónde. Pero estoy dispuesta. Aquí estoy. Úsame.
Editado: 11.02.2026