CAPÍTULO 4: «El rechazo»
La oficina de la China Inland Mission estaba en una tranquila calle de Londres, en un edificio de piedra arenisca que parecía no haber cambiado en trescientos años. Gladys permaneció de pie frente a la puerta durante cinco minutos, incapaz de entrar. No era la primera vez que visitaba ese lugar. Había estado aquí hace cinco años, cuando tenía veintitrés años y aún creía que la Misión recibiría con los brazos abiertos a una joven entusiasta con fe y voluntad.
Estaba equivocada.
Pero había algo diferente esta vez. Entonces era una suplicante. Entonces era alguien que buscaba permiso. Ahora, a los veintiocho años, con treinta y cinco libras en un sobre en su bolsillo, era algo más. No sabía exactamente qué. Pero sabía que había sido transformada de alguna manera por los años de espera, los años de negación y los años de escuchar esa voz interior que le decía que continuara.
Empujó la puerta.
El interior de la oficina era exactamente como lo recordaba: oscuro, alfombrado, con el olor a madera vieja y responsabilidad. Un joven empleado estaba detrás de un escritorio, rodeado de expedientes.
— ¿Puedo ayudarla? —preguntó, mirándola por encima de sus gafas. —Necesito hablar con el señor Stam —respondió Gladys—. Es sobre mi solicitud anterior.
El joven frunció el ceño.
—¿Su solicitud fue rechazada? -Si. —Entonces no hay nada de qué hablar. Las decisiones de la Misión son finales.
Gladys no se movió.
—Por favor. Solo necesito diez minutos.
Algo en su tono, algo en su insistencia, hizo que el joven se levantara con un suspiro y desapareciera tras una puerta trasera. Cinco minutos después, salió.
—El señor Stam la recibirá, pero solo brevemente. Tiene una reunión importante.
La oficina del señor Stam era más grande de lo que Gladys esperaba, pero no menos opresiva. El hombre mismo estaba sentado tras un escritorio de caoba, leyendo documentos. Tenía sesenta y dos años, cabello gris y unas gafas que reflejaban la luz de la ventana de una manera que hacía imposible ver sus ojos.
—Señorita Aylward —dijo, sin levantar la vista—. Veo que su solicitud anterior fue rechazada. ¿Esperaba que reconsideráramos? —Sí —respondió Gladys—. Creo que cometieron un error.
Ahora el señor Stam levantó la vista. Durante un momento, simplemente la miró. Gladys estaba de pie, pequeña, con las manos juntas y el cabello recogido en un moño apretado. No era hermosa en el sentido en que Hollywood entendería la hermosura. Era ordinaria, casi nada digno de observación.
—Señorita Aylward —comenzó el señor Stam, quitándose las gafas—, nuestra razón para su rechazo fue clara. Ya tiene veintiocho años. Ya es demasiado mayor para comenzar el aprendizaje del idioma mandarín; si a los veintitrés la consideramos fuera de tiempo, imagínese ahora. Además, su educación formal es limitada. No tiene formación en medicina, teología o lingüística. ¿Qué cree que podría contribuir a nuestra obra?
Gladys había ensayado su respuesta durante años. Pero en el momento en que abrió la boca, se dio cuenta de que toda la respuesta ensayada era equivocada. Así que simplemente dijo la verdad.
—No lo sé —dijo—. No sé si puedo contribuir. No sé si aprenderé el idioma. No sé si tendré éxito. Pero sé que Dios me ha llamado a ir. Y sé que si no voy, pasaré el resto de mi vida preguntándome por qué no tuve el coraje de intentarlo.
El señor Stam se inclinó ligeramente la cabeza, como si considerara sus palabras.
—He visto a muchos jóvenes con una devoción similar —dijo—. Todas desaparecen en menos de dos años. Se sienten solas. Quieren regresar a casa. Descubren que el trabajo es más duro de lo que imaginaron. ¿Por qué debería creer que usted sería diferente? —Porque —respondió Gladys— no tengo un hogar al que regresar. He estado preparándome para esto durante diez años. He ahorrado cada penique que he ganado. He aprendido todo lo que puedo sobre China sin jamás dejar Inglaterra. Estoy lista. Y voy a ir.
Hubo un largo silencio. El señor Stam se puso las gafas de nuevo.
—Va a ir? —preguntó—. ¿Con o sin el apoyo de esta Misión? —Con o sin —confirmó Gladys—, pero preferiría con. —Entonces —dijo el señor Stam— lamento decirle que esto es una imposibilidad. No podemos respaldar lo que sería, muy probablemente, un fracaso. Sería imprudente de nuestra parte. Además, estoy seguro de que las autoridades chinas no le permitirían entrar sin credenciales misioneras adecuadas. —Entonces iré de todos modos —dijo Gladys—. Encontraré una manera.
El señor Stam la miró durante un largo momento. Luego hizo algo que Gladys nunca olvidaría. Se levantó y le extendió la mano.
—Señorita Aylward —dijo—, tiene más coraje que la mayoría de los hombres que conozco. Pero el coraje sin preparación es solo temeridad. Mi recomendación es que aceptes una vida aquí. Quizás, después de todo, el servicio al Señor puede tomar muchas formas.
Gladys no estrechó su mano.
—Mi recomendación —respondió— es que confie en Dios más de lo que confía en sus propios juicios. Pero está claro que no lo hará.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.
—Señorita Aylward —llamó el señor Stam tras ella.
Se giró.
—Cuando... si alguna vez llega a China —continuó él—, se dará cuenta de que tiene razón sobre nosotros. Somos prudentes cuando deberíamos ser osados. Somos cautelosos cuando deberíamos creer. Es la razón por la cual Dios no la eligió a través de nosotros. La eligió directamente. Que Dios la cuide.
Gladys no supo qué decir. Así que simplemente ascendió y salió. Fuera de la oficina de la Misión, en las calles de Londres, Gladys permaneció parada durante varios minutos, permitiendo que la lluvia le mojara la cara. Lloró una sola lágrima, apenas visible entre el agua de la lluvia. Luego respiró profundamente.
—Entonces iré sola —susurró a la lluvia, a la calle, a Dios.
Y esa misma tarde, compró su boleto de tren. No había vuelta atrás.
Editado: 11.02.2026