CAPÍTULO 5: «Despedidas»
La casa de sus padres en Edith Road era tan pequeña que Gladys se preguntó cómo había cabido en ella durante sus años formativos. Dos habitaciones en la planta baja, dos en la planta alta y una cocina apenas más grande que un armario. Pero era el hogar. El único hogar que había tenido.
Su padre, Thomas Aylward, la esperaba en la puerta cuando Gladys llegó. Tenía sesenta años, el cabello completamente blanco y las manos endurecidas por años de reparto de cartas. Pero sus ojos eran los mismos que recordaba: azules, atentos y llenos de preguntas que nunca formulaba.
—Hola, papá —dijo Gladys.
Él simplemente asintió, la abrazó brevemente y la hizo entrar. Su madre estaba en la cocina preparando té. Florence había envejecido más desde su última visita. Su cabello, que había sido castaño oscuro, ahora era gris. Sus manos temblaban mientras vertía agua caliente en la tetera.
—Gladys —dijo, sin girarse para mirar—. Viniste. —Sí, mamá.
Su padre y ella se sentaron en la diminuta sala de estar. Las ventanas daban a la calle, donde los niños del barrio jugaban y los adultos caminaban apresuradamente. La vida ordinaria continuaba como siempre. Su madre trajo té. Nadie habló. Finalmente, su padre carraspeó.
—Tu madre dice que te vas —afirmó. —En una semana —confirmó Gladys—. Una China.
Su madre emitía un sonido, mitad sollozo, mitad suspiro. Dejó su taza de té en la mesa con tanta fuerza que el líquido se derramó.
—Así, ¿sin más? —preguntó—. ¿Una semana? ¿Para decir adiós a las personas que te dieron la vida? —He tenido diez años para despedirme, mamá —respondió Gladys con voz tierna pero firme—. Sabías que esto llegaría. —Sabía que lo decías —replicó su madre—. No sabía que realmente iría. Pensé que cuando alcanzaras la edad adulta, cuando tuvieras otras responsabilidades, otras consideraciones, cambiarías de opinión.
Gladys miró a su madre a los ojos.
— ¿Alguna vez consideraste cambiar de opinión sobre las cosas que importan?
Su madre no respondió. Su padre, tras un largo silencio, se levantó. Salió de la habitación sin decir nada y, cuando regresó minutos después, llevaba algo en las manos: un reloj de bolsillo de plata, desgastado por el tiempo, con sus iniciales grabadas en la tapa.
—Este reloj pertenecía a tu abuelo —dijo su padre, colocándolo en las manos de Gladys—. Y a su padre antes que él. Lo llevó durante treinta años. Ahora es tuyo.
Gladys lo tomó con cuidado. El metal estaba cálido, como si tuviera su propio corazón latiendo dentro.
—Papá, no puedo... —comenzó ella. —Sí, puedes —interrumpió su padre—. Quiero que lo tengas. Para que no pierdas la hora de Dios.
Gladys abrazó a su padre y, por una vez, él no se tensó. Simplemente la sostuvo, con la mano en su cabello, como lo había hecho cuando era niña. Su madre, observando desde la cocina, se dio la vuelta para que Gladys no pudiera ver sus lágrimas.
Esa noche, después de una cena que nadie comió realmente, su madre fue al dormitorio de Gladys. La encontró empacando su bolsa de viaje: ropa modesta, un peine, un libro de salmos en inglés y sus ahorros de diez años en un sobre.
—Gladys —dijo su madre desde la puerta.
Ella se giró. Su madre entró en la habitación y cerró la puerta. Luego, haciendo algo que Gladys nunca la había visto hacer en público, lloró. No fueron sollozos dramáticos, sino lágrimas silenciosas que corrieron por sus mejillas.
—No quiero que te vayas —dijo simplemente—. Tengo miedo de perder a mi hija.
Gladys la abrazó.
—No me perderás —susurró—. Simplemente estaré en otro lugar. Pero siempre seré tu hija.
Su madre la sostuvo durante mucho tiempo. Luego, cuando se separaron, abrió una pequeña bolsa que había traído consigo.
—He estado preparando comida para tu viaje —dijo—. Pan, queso, manzanas. Pequeñas cosas que se conservarán durante el trayecto.
Gladys miró la comida. Sabía lo que significaba: de alguna forma, su madre estaba aceptando su partida. No entendía por qué Gladys tenía que ir; Quizás nunca lo entendería, pero sabía que era lo correcto.
—Gracias, mamá —dijo Gladys, besando la mejilla de su madre.
Esa noche, Gladys escribió una carta a sus padres y la dejó en su cama para que la encontraran después de su partida.
«Queridos mamá y papá:
No sé cómo decir adiós. Nunca he sido buena con las palabras, pero necesito que entiendan por qué me voy. Hace diez años escuché una voz. Algunos dirían que fue imaginación; otros, que fue fanatismo. Pero yo sé que fue Dios. Y esa voz me dijo que tenía un propósito. Que mi vida no era un accidente de pobreza y limitación, sino que fui hecha para algo. Algo grande. Algo que cambia el mundo.
No sé cómo terminaré. Quizás muera en las montañas de China. Quizás descubra que Dios se equivocó conmigo (aunque no creo que sea posible). Pero tengo que ir. Tengo que intentarlo. Porque la alternativa, vivir con el arrepentimiento de haber sido cobarde, es insoportable.
Espero que algún día entiendan. Espero que sepan que los amo más de lo que puedo expresar. Pero también amo a Dios. Y Dios me ha llamado a China.
Con todo mi amor, Gladys».
La mañana de la partida llegó demasiado rápida. Fue un martes gris, con el cielo de Londres pesado por una lluvia inminente. Gladys llevaba su mejor vestido; no era una ocasión especial, era simplemente el día en que se iba. Sus padres la acompañaron a la estación de King's Cross. Caminaron en silencio por las calles hacia el lugar donde los trenes la llevarían lejos.
En la estación, mientras Gladys subía a su compartimento, su padre la tomó del brazo.
— ¿Qué dijiste? —preguntó Gladys.
Su padre con una sonrisa tímida que ella no había visto en años.
—Que serás más fuerte de lo que crees —respondió.
El tren comenzó a moverse. Gladys miró por la ventana y vio a sus padres hacerse más pequeños con la distancia. Su madre levantó la mano. Su padre no; solo se quedó de pie viéndola partir, con esa pequeña sonrisa. Gladys presionó su mano contra el cristal y, en ese gesto, dijo todo lo que no podía expresar con palabras.
Editado: 11.02.2026