Salvó a 94 Niños

Capítulo 6

CAPÍTULO 6: «A través de Siberia»

El tren que la llevaría desde Londres a través de Siberia hacia Pekín era un vagón de carga reconvertido, tan incómodo como sugería su aspecto. Gladys compartía el compartimento con otras personas: refugiados de Rusia, comerciantes judíos huyendo de la intolerancia, un policía que nunca explicó para quién trabajaba y una madre con tres niños pequeños.

Nadie era amable.

El viaje duró tres semanas. Tres semanas sin poder lavarse apropiadamente, durmiendo sentada y comiendo alimentos que su madre había preparado hacía días y que ahora sabían rancios y escazos. Vio el mundo pasar a través de la ventana sucia: las colinas de Inglaterra, los puertos del norte, el Mar del Norte, Francia, Europa Central.

Y luego, Siberia.

Siberia era la respuesta que Dios daba a la pregunta: «¿Dónde está el infierno?». Era infinita. Era blanca. Hacía un frío que dolía al respirar, como si inhalara agujas. Fue al tercer día en Siberia cuando el bandido subió al tren.

Gladys no supo que lo era hasta que sus manos tomaron su bolsa. Estaban en una estación, uno de los puntos de parada donde los pasajeros bajaban a estirar las piernas. Ella estaba en su asiento, aferrada a la bolsa que contenía su dinero y su pasaje, cuando el hombre se la arrebató. No fue violento; Fue rápido, como una ráfaga de viento.

Gladys se levantó. Otros pasajeros hicieron lo mismo, pero nadie se movió para ayudar. En viajes como aquel, involucrarse en problemas ajenos era una sentencia de muerte. El bandido intentaba abrir la ventana para saltar cuando Gladys lo alcanzó. Ella no era fuerte; Estaba debilitada por semanas de mal viaje, pero algo dentro de ella simplemente no podía permitir que aquel hombre se llevara su sueño.

—Espera —dijo ella.

El bandido se giró. Era un hombre de unos treinta y cinco años, con cicatrices que contaban historias que Gladys preferiría no escuchar.

—¿Qué? —gruñó él. —Por favor, no te lleves mi bolsa —dijo Gladys—. No tengo mucho, pero lo poco que tengo es para ir a China. Es para hacer el trabajo de Dios.

El hombre la miró como si hablara en un idioma desconocido.

—¿Trabajo de Dios? —repitió. —Soy misionera —dijo Gladys—. Voy a China a predicar el Evangelio.

El bandido soltó una carcajada. No era una risa agradable, sino la de alguien que ha visto tanta miseria que la esperanza le resultó ridícula.

—¿Una misionera? —dijo—. ¿Una cosita como tú va a predicar a los chinos? —Sí —respondió Gladys—, aunque sea lo último que haga.

Se hizo el silencio en el vagón. Entonces, el bandido bajó la bolsa. La miró con algo que podría haber sido respeto o piedad. Quizás comprendió que había conocido a alguien cuya fe era tan grande que no podía ser saqueada.

—Toma tu bolsa —dijo—. Y que tu Dios te cuide mejor de lo que me ha cuidado a mí.

Se dio la vuelta y abandonó el compartimento. Gladys se quedó de pie, temblando. Esa noche, el miedo la abrumó. Estaba sola y lejos de todo.

—Soy una ilusa? —se preguntó—. ¿Qué estoy haciendo aquí?

Se preguntó si el señor Stam tenía razón. ¿Y si era demasiado pequeña y ordinaria? Pero, entre las dudas, la voz familiar sonó de nuevo: «Continúa. Continúa. Continúa» . No era una orden; era el conocimiento tranquilo de que el único camino hacia la seguridad era seguir adelante.



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En el texto hay: misterio, drama, accion

Editado: 11.02.2026

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