Sana Desde Tu Interior

CAPÍTULO 1 LA HERIDA QUE NADIE VE

Hay heridas que no dejan cicatrices en la piel.

No sangran.
No necesitan vendas.
No aparecen en una radiografía.
No se pueden señalar con el dedo.

Y, sin embargo, pueden doler durante años.

A veces una persona puede caminar por la calle, saludar a sus vecinos, cumplir con su trabajo, preparar la comida, responder mensajes, reírse de un chiste y decir que está bien, mientras dentro de ella existe una parte que lleva demasiado tiempo pidiendo auxilio.

Nadie lo sabe.

O quizás nadie lo imagina.

Porque aprendimos a esconder determinadas heridas con una habilidad sorprendente.

Aprendimos a sonreír cuando queríamos llorar.

A decir “no pasa nada” cuando algo dentro de nosotros estaba quebrándose.

A contestar “estoy bien” porque explicar lo que realmente sucedía parecía demasiado complicado.

Aprendimos incluso a continuar.

Y continuar, muchas veces, fue nuestra manera de sobrevivir.

Pero existe una diferencia enorme entre sobrevivir y vivir.

Esta historia comienza con una mujer llamada Elena.

Aunque, en realidad, podría comenzar contigo.

O conmigo.

O con cualquiera de esas personas que alguna vez se miraron al espejo y pensaron:

“¿Por qué me siento así si aparentemente todo está bien?”

Elena tenía cincuenta y ocho años.

Vivía en una ciudad tranquila, en una casa pequeña con un patio lleno de plantas que cuidaba con una dedicación casi religiosa. Tenía dos hijos adultos, tres nietos y una vida que, desde afuera, parecía ordenada.

Había trabajado durante muchos años.

Había sido hija.

Esposa.

Madre.

Hermana.

Amiga.

Había cuidado a otros cuando estaban enfermos.

Había acompañado a familiares durante momentos difíciles.

Había preparado comidas cuando alguien no tenía ganas de cocinar.

Había prestado dinero cuando podía.

Había escuchado problemas ajenos durante horas.

Había estado disponible para casi todos.

Y, curiosamente, cuando ella necesitaba hablar, casi nunca encontraba el momento.

—Después —se decía.

Siempre había un después.

Después de terminar esto.

Después de resolver aquello.

Después de que los chicos estuvieran bien.

Después de que mamá mejorara.

Después de pagar las cuentas.

Después de las vacaciones.

Después del cumpleaños.

Después de Navidad.

Después de que pasara el problema.

Después.

Después.

Después.

Hasta que un día se dio cuenta de algo que la dejó en silencio:

había pasado muchos años esperando el momento adecuado para empezar a ocuparse de sí misma.

Y ese momento nunca había llegado.

Aquella mañana se despertó antes de que sonara el despertador.

Abrió los ojos y permaneció inmóvil.

El techo estaba oscuro.

A través de la ventana entraba una luz tenue.

No sabía exactamente qué hora era.

Tampoco tenía ganas de levantarse.

No estaba enferma.

No tenía fiebre.

No sentía un dolor físico concreto.

Simplemente estaba cansada.

Pero no era el cansancio que desaparece después de dormir.

Era otro.

Uno más profundo.

Un cansancio que parecía instalado detrás de los ojos.

Un cansancio del alma.

Se incorporó lentamente en la cama y apoyó los pies sobre el piso frío.

Miró sus manos.

Las observó durante unos segundos.

Pensó en todo lo que esas manos habían hecho durante su vida.

Habían sostenido bebés.

Habían acariciado rostros.

Habían lavado platos.

Habían escrito cartas.

Habían firmado documentos.

Habían preparado comidas.

Habían limpiado lágrimas.

Habían abrazado personas.

Habían cerrado puertas.

Habían abierto otras.

Y de repente se preguntó:

“¿Cuándo fue la última vez que alguien tomó mis manos y me preguntó cómo estaba?”

La pregunta la sorprendió.

No porque fuera complicada.

Sino porque no encontró una respuesta inmediata.

Se levantó.

Fue hasta la cocina.

Preparó café.

Encendió la radio.

Escuchó una canción antigua.

Una de esas canciones que parecen conocer lugares de nuestra memoria a los que nosotros mismos ya no entramos.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Elena comenzó a llorar.

No sabía exactamente por qué.

Intentó detenerse.

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

Respiró profundamente.

Miró alrededor.

La cocina estaba igual que siempre.

La taza.

La cafetera.

La mesa.

Las plantas junto a la ventana.

El reloj.

Todo estaba en su sitio.

Pero ella no.

Algo dentro de ella se había movido.

Algo que llevaba años quieto.

Algo que había permanecido escondido detrás de todas las responsabilidades.

Y por primera vez en mucho tiempo no intentó explicar las lágrimas.

Simplemente dejó que estuvieran allí.

Tal vez sanar comienza precisamente así.

No cuando tenemos todas las respuestas.

No cuando comprendemos cada acontecimiento de nuestra vida.

No cuando dejamos de sentir dolor.

Tal vez sanar comienza cuando dejamos de huir de lo que sentimos.

Porque aquello que negamos no desaparece.

A veces solamente aprende a hablar más bajo.

Se convierte en irritabilidad.

En insomnio.

En agotamiento.

En miedo.

En necesidad de controlarlo todo.

En dificultad para disfrutar.

En una tristeza que no sabemos explicar.

En la sensación de estar viviendo para cumplir obligaciones.

En la incapacidad de decir “no”.

En el hábito de pedir perdón por existir.

En la necesidad constante de demostrar nuestro valor.

En una sonrisa que se utiliza como máscara.

La herida cambia de forma.

Pero continúa pidiendo ser escuchada.

Aquel día Elena salió a caminar.




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