Sana Desde Tu Interior

CAPÍTULO 6 CUANDO APRENDISTE A HACERTE COMPAÑÍA

Hay una soledad que ocurre cuando no hay nadie.

Y existe otra, mucho más silenciosa, que ocurre cuando hay demasiada gente alrededor y, sin embargo, sentimos que nadie realmente nos ve.

Puedes estar sentado a la mesa con tu familia y sentirte lejos.

Puedes recibir mensajes durante todo el día y sentir que nadie te conoce de verdad.

Puedes tener cientos de contactos y no encontrar a quién llamar cuando necesitas decir:

“Hoy no estoy bien.”

Puedes sonreír.

Conversar.

Trabajar.

Cumplir.

Responder.

Ayudar.

Escuchar.

Incluso puedes ser aquella persona a la que todos llaman cuando necesitan algo.

Y aun así llegar a casa, cerrar la puerta y sentir un silencio enorme.

A veces la soledad no es la ausencia de personas.

Es la ausencia de conexión.

Con los demás.

Pero, sobre todo, con nosotros mismos.

Hay personas que pasan tantos años ocupándose de todos que un día descubren algo desconcertante:

ya no saben cómo estar consigo mismas.

Necesitan ruido.

Televisión encendida.

Teléfono en la mano.

Mensajes.

Noticias.

Redes sociales.

Trabajo.

Tareas.

Visitas.

Conversaciones.

Cualquier cosa que impida que aparezca el silencio.

Porque en el silencio pueden aparecer preguntas.

Y algunas preguntas llevan años esperando.

¿Estoy bien?

¿Soy feliz?

¿Qué necesito?

¿Qué me duele?

¿Qué estoy evitando?

¿Qué quiero realmente?

¿Quién soy cuando nadie necesita nada de mí?

Esta es la historia de Isabel.

Tenía cincuenta y nueve años.

Había pasado buena parte de su vida cuidando de los demás.

Y cuando finalmente llegó el momento de quedarse sola consigo misma, descubrió que aquella soledad que tanto temía podía convertirse en el lugar donde volviera a encontrarse.

1. LA CASA DEMASIADO GRANDE

La primera noche Isabel escuchó el reloj.

No recordaba que hiciera tanto ruido.

Tac.

Tac.

Tac.

Cada segundo parecía atravesar el living.

Se levantó del sillón.

Fue hasta la cocina.

Abrió la heladera.

No tenía hambre.

La cerró.

Volvió al living.

Encendió la televisión.

No quería verla.

Solo quería escuchar voces.

Dejó el volumen bajo.

Una presentadora hablaba sobre algo que no le interesaba.

Isabel tomó el teléfono.

Abrió una aplicación.

Miró algunas fotografías.

Deslizó.

Otra.

Otra.

Otra.

No estaba buscando nada.

Solo estaba evitando el silencio.

Aquella casa había sido diferente unos meses atrás.

Había ruido.

Puertas que se abrían.

Pasos.

Risas.

Platos.

Conversaciones.

Preguntas.

“¿Mamá, dónde está…?”

“Isabel, ¿viste mis llaves?”

“¿Qué vamos a cenar?”

“Después hablamos.”

“¿Podés ayudarme?”

Y ella había respondido durante años.

Sí.

Claro.

Ahora no había nadie preguntando.

Sus dos hijos ya vivían en otras ciudades.

Su esposo había fallecido tres años atrás.

Su madre había muerto hacía tiempo.

Sus amigas tenían sus propias familias, sus trabajos, sus problemas.

Isabel no estaba completamente sola.

Pero aquella noche comprendió que estaba sola en una manera que nunca había experimentado.

Se quedó mirando la habitación.

—Qué grande está la casa —dijo en voz alta.

Nadie respondió.

Y eso fue lo que más le dolió.

2. LA MUJER QUE SIEMPRE ESTABA OCUPADA

Isabel había sido una mujer ocupada toda su vida.

Desde joven había aprendido que estar ocupada era casi una virtud.

Si alguien necesitaba ayuda, ella estaba.

Si había que organizar algo, ella lo hacía.

Si alguien estaba enfermo, aparecía.

Si una amiga tenía problemas, escuchaba.

Si sus hijos necesitaban algo, dejaba lo que estuviera haciendo.

Incluso cuando estaba cansada, decía:

—No importa.

Y continuaba.

Durante años había confundido amor con disponibilidad permanente.

Pensaba:

“Si puedo ayudar, debo hacerlo.”

Pero nadie le había enseñado una cosa fundamental:

ayudar a todos no significa abandonarte a ti misma.

Y ella se había abandonado muchas veces.

No de manera dramática.

De maneras pequeñas.

Tan pequeñas que casi no se notaban.

No descansaba porque alguien necesitaba algo.

No salía porque tenía tareas.

No decía que no porque temía decepcionar.

No hablaba de sus preocupaciones porque consideraba que había problemas más importantes.

No preguntaba qué quería porque estaba demasiado ocupada preguntando qué necesitaban los demás.

Y así fueron pasando los años.

Hasta que un día los demás dejaron de necesitarla de la misma manera.

Y entonces apareció una pregunta para la que no estaba preparada:

“¿Qué hago conmigo?”

3. EL DOMINGO

Los domingos eran los peores.

Durante la semana podía distraerse.

Hacer compras.

Ordenar.

Salir.

Hacer trámites.

Visitar a alguien.

Pero el domingo tenía algo diferente.

Parecía más largo.

Más lento.

Más silencioso.

Una mañana preparó café para dos.

Colocó dos tazas sobre la mesa.

Se quedó inmóvil.

Miró la segunda.

La tomó.

La guardó.

Después se sentó.

No lloró.

Todavía.

Simplemente permaneció allí.

Mirando el café.

Recordó que durante muchos años su esposo había tomado el café demasiado caliente.

Siempre decía:

—No sé por qué lo tomás así.

Él respondía:

—Porque tengo paciencia.

Ella se reía.

Ahora esa conversación ya no existía.




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