Hay una fotografía de ti que probablemente no te guste mirar.
Quizás estás más joven.
Quizás tienes menos arrugas.
Quizás tu cabello era diferente.
Quizás tu cuerpo tenía otra forma.
Quizás sonreías de una manera que ya no reconoces.
Tal vez miras esa fotografía y piensas:
“Qué lindo era entonces.”
Y quizá, sin darte cuenta, agregas:
“Qué diferente estoy ahora.”
Como si el paso del tiempo hubiera sido una deuda.
Como si cada arruga fuera una derrota.
Como si cada cabello blanco fuera una señal de que algo se perdió.
Como si tu cuerpo actual fuera una versión defectuosa del cuerpo que alguna vez tuviste.
Vivimos en una época que nos enseña constantemente a corregirnos.
Crema para ocultar.
Ropa para disimular.
Dietas para cambiar.
Ejercicios para modificar.
Tratamientos para retrasar.
Fotografías para retocar.
Filtros para borrar.
Y poco a poco podemos terminar mirando nuestro propio cuerpo como si fuera un enemigo que debemos controlar.
Pero hay algo que olvidamos.
Ese cuerpo que criticamos…
es el mismo cuerpo que nos sostuvo durante toda nuestra vida.
Las piernas que ahora quizá duelen fueron las que corrieron detrás de nuestros hijos.
Las manos que hoy tienen manchas fueron las que cocinaron, trabajaron, acariciaron, construyeron y sostuvieron.
Los brazos que ya no tienen la misma firmeza fueron los que abrazaron a quienes amábamos.
Los ojos que necesitan más luz fueron los que contemplaron nuestros primeros amaneceres.
La espalda que ahora pide descanso cargó durante años responsabilidades que nadie vio.
El corazón que alguna vez se rompió…
siguió latiendo.
Incluso después de pérdidas.
Después de decepciones.
Después de noches interminables.
Después de enfermedades.
Después de despedidas.
Después de miedo.
Después de cansancio.
Tu cuerpo no te abandonó.
Tal vez tú sí lo abandonaste algunas veces.
Lo criticaste.
Lo comparaste.
Lo castigaste.
Lo ignoraste.
Le exigiste más.
Pero él siguió allí.
Esperándote.
Esta es la historia de Marta.
Tenía sesenta y tres años.
Durante mucho tiempo creyó que necesitaba recuperar el cuerpo que había tenido.
Hasta que descubrió algo mucho más profundo:
no necesitaba recuperar su cuerpo de antes. Necesitaba hacer las paces con el cuerpo que la había acompañado hasta allí.
1. LA FOTOGRAFÍA
Marta encontró la fotografía un martes por la tarde.
Estaba limpiando un cajón.
Había decidido ordenar algunos papeles viejos.
Encontró documentos.
Recibos.
Cartas.
Una libreta.
Y debajo de todo apareció un sobre.
Lo abrió.
Había varias fotografías.
Una de ellas llamó inmediatamente su atención.
Era ella.
Tenía veintisiete años.
Llevaba un vestido sencillo.
El cabello largo.
Una sonrisa enorme.
Estaba sentada en el borde de una fuente.
Detrás aparecía un grupo de amigos.
Marta tomó la fotografía.
Sonrió.
—Qué joven era…
La observó nuevamente.
Y entonces apareció el pensamiento.
“Qué delgada estaba.”
Después otro:
“Qué linda piel tenía.”
Después:
“Qué cintura.”
Y finalmente:
“¿En qué momento cambié tanto?”
La sonrisa desapareció.
Marta dejó la fotografía sobre la mesa.
Se miró las manos.
Observó su piel.
Después miró sus piernas.
Y sintió algo que conocía demasiado bien:
vergüenza.
No porque su cuerpo estuviera enfermo.
No porque alguien le hubiera dicho algo.
Sino porque ella misma había aprendido a juzgarse.
Durante décadas había guardado dentro de sí una especie de tribunal.
Un juez permanente.
Un juez que decía:
“Estás más gorda.”
“Estás más vieja.”
“Ya no eres atractiva.”
“Antes eras mejor.”
“Antes podías hacer más.”
“Antes tenías más energía.”
“Antes…”
Siempre antes.
Marta volvió a mirar la fotografía.
Y pensó algo que nunca se había preguntado:
¿Qué habría pensado aquella mujer de veintisiete años si hubiera sabido que algún día tendría sesenta y tres?
Quizá habría sentido miedo.
Quizá habría querido detener el tiempo.
Quizá habría mirado su futuro cuerpo con compasión.
Quizá habría pensado:
“Qué hermoso sería llegar hasta allí.”
Marta se quedó en silencio.
Porque comprendió una cosa.
Ella había pasado años deseando llegar a cierta edad.
Y ahora que había llegado…
estaba deseando regresar.
2. LA MUJER QUE NUNCA SE MIRABA
Marta evitaba los espejos.
No completamente.
Era imposible.
Se arreglaba.
Se peinaba.
Se vestía.
Pero evitaba observarse demasiado.
Cuando pasaba frente a un espejo grande, miraba rápidamente.
No quería detenerse.
No quería analizar.
No quería encontrar algo que pudiera criticar.
Había aprendido una extraña manera de vivir dentro de su propio cuerpo:
estar presente sin mirarse.
Podía cuidar a los demás.
Podía preparar comida.
Podía limpiar.
Podía caminar.
Podía trabajar.
Pero no podía simplemente contemplarse con ternura.
Un día su nieta le preguntó:
—Abuela, ¿por qué no te gusta tu pelo?
Marta se sorprendió.
—¿Quién dijo que no me gusta?
La niña señaló su cabeza.
—Siempre decís que está feo.
Marta sonrió.
—Es que tengo muchas canas.
La niña respondió:
—A mí me gustan.
—¿Por qué?
—Porque parecen brillantes.
Marta se rio.